7
Nox estaba apoyado en la barandilla de la planta superior del instituto cuando vio a Ethel Ashbourne por primera vez. En cuanto posó los ojos en ella, todo el ruido del vestíbulo se amortiguó; como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo por un segundo.
Era hermosa. Casi de una forma espeluznante. Tenía el aspecto de una muñeca de porcelana, preciosa e inquietante a partes iguales. Con el rostro blanco como la cal y el cabello larguísimo cayéndole como una cortina.
—¿Quién es esa? —había preguntado curioso, mientras la veía cruzar el espacio.
Silas, a su lado, se enderezó y silbó en voz baja.
—La nieta de la familia Ashbourne. Vaya espectáculo, ¿eh? —exclamó, inclinándose en la barandilla—. Vive en la ciudad con sus padres y alguna que otra vez vienen por el pueblo. Pero he oído que este curso va a estudiar aquí.
—Algo ha debido de ocurrir para que llegue casi tres semanas tarde —conjeturó Ivy, que estaba apoyada a la izquierda de Nox.
—Parece un fantasma. Si me la encuentro por la noche, me da un ataque —rio James.
—Aunque hay que admitir que es muy guapa —añadió Silas—. Tiene algo como..., no sé, frágil... Pero es rara, nunca se mezcla con la gente del pueblo.
—Está fuera de tu alcance, Holloway —dijo James.
Nox dejó de prestarles atención. Se había quedado con esa palabra: frágil .
No. No era fragilidad lo que había visto en ella. Era contención .
—Esas mujeres me ponen los pelos de punta. Sobre todo, Seraphine Ashbourne. Mi padre dice que es la encarnación del diablo —intervino Ivy, la hija del pastor, arrugando la nariz con desagrado.
—Ya sabes lo que se dice de ellas —rio Silas, dándole un codazo en las costillas—. Que tienen tratos con el diablo.
Ivy le dio un manotazo para apartarlo.
—¿Qué te ha pasado este verano? Has vuelto más idiota.
Nox ya había oído hablar de las Ashbourne. Todo el mundo conocía su apellido, su casa. Eran una de las familias más ricas y antiguas del pueblo. Tenían un laboratorio de farmacia y una misteriosa reputación.
Ethel no alzó la vista, parecía querer desaparecer, hacerse pequeña e invisible. Curioso, porque nadie podía dejar de mirarla.
—Apostaría a que no aguanta ni una semana aquí —dijo James.
En la monótona y aburrida vida de Ebonwick, la llegada de Nox había sido todo un acontecimiento; pocas veces tenían nuevos integrantes en su comunidad.
Nox se había convertido al instante en la comidilla del pueblo y del instituto. Todos querían conocerle, saber su historia, ser su amigo... o algo más.
Al contrario de lo que había provocado la llegada de Ethel, la de Nox había suscitado admiración, y muy pronto se había ganado el favor de todos. De primeras, su aspecto resultaba intimidante: los dos piercings , el corte de pelo y los tatuajes...
Pero sabía ser encantador, formaba parte de su naturaleza. Sin embargo, Ethel se comportaba como si se estuviese disculpando por existir. ¿Y por qué cojones sonreía todo el rato cuando la gente era tan hostil con ella?
Le parecía casi triste la forma en la que se replegaba, como si llevara escrito en la frente que no valía nada... Y, a la vez, a todos les resultaba de lo más interesante porque desde que había llegado no hablaban de otra cosa.
También para ti. No habrías notado todos esos detalles si no te inspirase curiosidad.
Le señaló su voz interior. Y él, que no lo había notado hasta ese momento, se removió irritado.
Al observarla colarse su jersey por la cabeza y colocarse el pelo tras las orejas, volvió a sentir esa contención que emanaba de ella, justo como la primera vez que la vio. Quizá eso era lo que le inspiraba tanta curiosidad, lo que se escondía bajo la superficie.
¿Recreándote en su aspecto?
«No. Solo siento curiosidad por su forma de comportarse y siempre nos atormenta lo que no conseguimos entender».
Se dirigió al sofá, uno de los pocos muebles que seguía en pie, y se dejó caer estirando las piernas.
Cerró los ojos un momento y los volvió a abrir.
Despacio, giró la cabeza en dirección a Ethel.
Siguió cada uno de sus movimientos: remangarse el jersey, apartarse el pelo, mordisquearse el labio.
Era como si no supiera qué hacer con su propia existencia.
Se fijó en que tenía una herida sobre la ceja derecha que parecía reciente y se preguntó si se la habría hecho en el almacén.
—Siento haberme ido tan rápido ayer —dijo, tratando de ser conciliador.
Lo cierto, es que sus halagos a Silias lo habían exasperado.
Él no se había acercado a ellos de forma desinteresada; era listo y trataba de acaparar la novedad.
Usaba la atención que ellos recibían para su beneficio, porque le gustaba destacar y tener el control
Ella se giró.
—¿Eh? Ah, no pasa nada. —Ethel le dedicó una sonrisa dulce.
Nox frunció el ceño, contrariado.
—Vamos, siéntate, Ethel. Estás tan incómoda que me molesta —suspiró.
Ella lo miró preocupada.
—Es que no quería incomodarte. —Se dejó caer en la punta más alejada del sofá, que de todas formas no era muy grande—. Me da la sensación de que quizá no te caigo muy bien. No sé si he hecho algo que...
—¿Por qué piensas que eres tú la que ha hecho algo mal?
—Después de todo, tú has sido muy amable conmigo.
Nox dejó escapar una risa baja.
—Ethel, eso es una gilipollez, una mala persona también puede tener gestos amables —dijo, ladeando la cabeza. El flequillo le rozó los ojos y se lo apartó distraído.
Ethel siguió el movimiento. Agachó la cabeza y sonrió para sí misma, aunque sus ojos estaban profundamente tristes. El pelo le cayó hacia delante tapándole parte del rostro.
Nox estiró la mano para apartárselo.
Ella abrió la boca para tomar aire.
El interior de Nox ronroneó como un gato. Dejó la mano ahí más de lo necesario y, cuando notó que seguía tocándola, se apresuró a bajarla.
—La verdad es que sí que hay algo de ti que me molesta —reconoció Nox, colocándose los brazos detrás de la cabeza. Ethel levantó las cejas—. Es... no entiendo por qué eres tan blanda. Especialmente cuando la gente es gilipollas contigo.
Ethel sonrió, descolocándolo.
—La verdad es que solo lo estoy intentando.
—¿El qué?
—Encajar, supongo. O más bien, no desentonar demasiado. Solo quiero que sea un año tranquilo.
Nox estrechó los ojos.
—Además —continuó ella—, no me gustaría perder la esperanza del todo. No quiero rendirme.
—¿Sobre qué?
—Me gustaría pensar que hay gente que puede tratarme bien..., que yo también puedo ser...
No oyó bien lo que dijo al final de la frase, pero sonó a «amada».
Nox la miró sorprendido y ella se mostró incómoda, como si hubiese dicho algo que no pretendía.
El sonido de un trueno hizo temblar las paredes de la casa y Ethel levantó la mirada a la zona en la que el techo estaba roto.
—¿Te dan miedo las tormentas?
—No, de hecho, me gustan. Me gusta la lluvia.
El relámpago iluminó la habitación, tiñéndola de blanco durante un segundo. Los ojos de Ethel atraparon la luz y se volvieron de un color imposible, casi sobrenatural.
Nox no podía dejar de mirarla.
—¿Y a ti? —Su voz lo sacó de su ensimismamiento.
—No. Hay pocas cosas que me den miedo —presumió.
Ethel soltó una risita. Se abrazó. Aunque el frío seguía colándose por las paredes, dentro de aquel jersey, y bajo la mirada de Nox sentía calor.
—Para mí es justo lo contrario —confesó casi sin pretenderlo.
Nox se giró hasta quedar sentado de lado, con el brazo apoyado en el respaldo, de modo que pudiese mirarla de frente. El movimiento había hecho que sus cuerpos quedasen más cerca.
—¿Qué es lo que más te asusta?
Ethel se apretó las piernas más fuerte con los brazos. De pronto el jersey le picaba y le sobraba.
Tenía demasiadas respuestas para esa pregunta, pero no quería estropear el ambiente, no quería resultar cargante o abrumadora. No quería enrarecer las cosas. Aunque flotaba cierta intimidad entre ellos que la invitaba a compartir más de lo que debía.
Sonrió mientras se tocaba la sien con suavidad y se echaba el pelo hacia atrás. Nox se recolocó y su rodilla la rozó. Ethel no se movió. Ni para apartarse ni para acercarse. Se quedó así, atrapada en esa cercanía tranquila.
Él tampoco se movió ni un milímetro.
—Si me lo dices, te contaré un secreto sobre mí. —Su voz sonó grave, casi un susurro; tentadora.
Otro trueno volvió a estremecer la casa.
Ethel alzó la vista. Juraría que los ojos de Nox refulgían. Un peso extraño y cálido se instaló en su ombligo. Tragó pesadamente y apartó la mirada. No es que no le apeteciese abrirse, es que temía que saliese mal, como tantas otras veces.
Aun así, decidió correr el riesgo.
—Temo lo que podría ser, temo ser algo por naturaleza y no ser capaz de cambiarlo, no poder luchar contra ello. Temo no poder elegir quién soy porque ya esté marcado.
Nox la observó un momento más, como si intentara leerle el pensamiento. Sus palabras parecían haberlo dejado mudo. De hecho, su expresión se tensó y se llenó de algo oscuro.
«Ya la he fastidiado», se reprendió Ethel.
Él se inclinó hacia atrás, apoyando un brazo sobre el respaldo del sofá, en un gesto que parecía despreocupado...
—¿Cuál es tu secreto? —le preguntó ella.
Nox se puso de pie rápido, se desperezó y miró hacia la ventana.
Había dejado de llover.
—Te lo contaré cuando estés lista —dijo con una sonrisa torcida.
Ethel giró la manzana que tenía en la mano antes de darle un mordisco. Había ido a la biblioteca de la mansión en busca de papel de carta para escribir a sus padres.
La luz de la tarde atravesaba los ventanales polvorientos, dibujando formas irregulares sobre el suelo.
Abrió el cristal dejando que los últimos rayos de sol de la tarde se colaran dentro y disfrutó por un momento de la cálida sensación sobre la piel del rostro. Pronto el tiempo cambiaría. Nada era tan fantástico como la suave temperatura del otoño.
Arrastró los dedos por los lomos de los libros mientras se movía por el espacio, los tenía llenos de tiritas con las que había intentado ocultar las heridas a su familia.
Se estremeció recordando la mirada que Nox Harker le había dedicado al darse cuenta de lo que hacía. Las manos le temblaron. Al despertarse esa mañana, le había parecido que la tarde anterior había sido un sueño.
Pero su uniforme estaba lavándose porque había llegado llena de barro. De hecho, Daphne había chillado al verla aparecer y le había prohibido dar un paso dentro de la casa antes de quitárselo todo.
Y Ethel, todavía un poco en trance, se había desnudado, con las mejillas ardiendo y el cuerpo erizado.
Tía Daphne le puso una mano en la frente, para tomarle la temperatura.
—¿Tienes fiebre? ¡Sera, ven aquí, Ethel tiene fiebre! —Su grito la había hecho volver en sí.
Seraphine había entrado derrapando desde el pasillo y se había carcajeado al ver su aspecto.
—Eres un monstruo, hacer que la pobre se desnude solo por un poco de barro cuando se puede quitar con... —Tosió—. Ya sabes.
Y el indicio más claro de que la tarde anterior había ocurrido de verdad es que tenía el jersey de Nox.
Lo había dejado en la silla de su escritorio al volver, y al despertarse por la mañana lo había visto ahí, cerciorándose de que no lo había soñado.
Sus dedos habían tocado la manga de lana suave, y el olor... No se puede soñar un olor.
Distraída como estaba repasando la tarde anterior, golpeó uno de los sillones de lectura de la biblioteca con el pie y, sin querer, tiró una pila de libros, que se desparramó por el suelo. Se apresuró a recogerlos y a apilarlos de nuevo cuando unas líneas llamaron su atención.
De aspecto frágil. Era hermosa, tan hermosa que nadie era capaz de capturar la esencia de su belleza. Aunque muchos lo intentaron. Por eso la apodaron la dama sin piedad.
Algunos decían que era un ángel. Otros, los que lo habían perdido todo por su culpa, la llamaban demonio...
—Madre. —La voz de su tía Daphne se coló por la ventana abierta.
—Vendrá. He intentado disuadirla, pero ya la conoces. Esa vieja bruja...
Ethel soltó el libro y se irguió sorprendida por el tono de su abuela. Se acercó a la ventana despacio.
—La encerrarán... —La oyó Ethel murmurar, y se estremeció—. Debemos tener cuidado.
—¿Cuándo? —preguntó Daphne.
—El sábado.