6
Ethel se apresuró a cruzar el jardín delantero del instituto. El frío de mediados de octubre la hizo tiritar. El viento soplaba hojas caídas aquí y allá.
Al entrar al vestíbulo cometió el error de levantar la cabeza hacia el balcón de la primera planta y se topó con los ojos violeta de Nox Harker. La observaba.
Para ser Ebonwick un lugar que no recibía muy bien los cambios o a los forasteros, lo habían acogido con agrado. Él ya tenía un grupo de amigos.
Ethel bajó la cabeza deprisa.
A veces, sentía cierta envidia de Nox.
Subió la escalera a la primera planta tratando de esquivar a todos los estudiantes. Ethel no era corpulenta, pero siempre se esforzaba por hacerse lo más pequeña posible; le habría gustado ser un punto diminuto, alguien incapaz de llamar la atención, de molestar a otros.
No era posible. La gente la miraba, hablaba de ella, de su apellido. Era una novedad en un pueblo en el que nunca pasaba nada, a pesar de haber llegado hacía ya tres semanas.
Al pasar junto a Nox y su grupo, levantó los ojos con disimulo en su dirección. La exasperaba la curiosidad que él le provocaba, allí donde estuviese Nox, iban sus ojos.
—Ashbourne —la saludó Silas Holloway, el hijo del alcalde, poniéndole un brazo sobre los hombros.
—Buenos días —le devolvió el saludo, apartándose con delicadeza.
Sus ojos se desviaron de nuevo hacia Nox, que hacía un momento se reía mientras hablaba con Ivy Whitmore y James Korrigan, pero que ahora la miraba a ella con una cierta intensidad.
Ethel giró la cabeza deprisa. Después de lo ocurrido con Quill en el rosal, sus interacciones con Nox se habían limitado a lo que sucedía en las clases que compartían.
Aunque ella no había sido capaz de dejar de observarlo, de estudiarlo, quizá porque admiraba un poco la facilidad con la que se desenvolvía, la naturalidad con la que parecía manejar las cosas del día a día.
Y Nox, de vez en cuando, la pillaba mirándolo. Había algo en los ojos del chico que Ethel no sabía describir. Una parte de ella pensaba que era curiosidad, pero no la clase de curiosidad que mostraban sus compañeros. Era una sensación distinta...
Resopló y alejó la caja de material para que no le manchase el uniforme de polvo. El profesor de Ciencias le había pedido que la llevara al almacén de mantenimiento, al final del ala norte.
—¿Quieres que te ayude? —La voz de Nox llegó por detrás y ella dio un respingo.
Se giró. Caminaba a su lado con las manos en los bolsillos y esa sonrisa ladeada y encantadora que lo caracterizaba. Justo la expresión contraria con la que la había mirado esa mañana, cuando se habían cruzado en la primera planta.
—No hace falta —respondió rápido, apretando la caja contra el pecho.
¿Por qué se ofrecía a ayudarla?
—Ya, pero me apetece hacerlo. —Se acercó y, sin pedir permiso, le quitó la caja de las manos como si fuera una bolsa de papel—. ¿Dónde va?
Ethel vaciló. ¿Por qué era amable con ella?
Pero no tuvo el valor de negarse y, de todas formas, él ya cargaba con la caja.
—Al almacén, al final del pasillo. —Le indicó—. Pero, de verdad, puedo yo sola.
Nox no le contestó, se paró frente a la puerta del almacén y esperó a que ella la abriese. El silencio se estiró, mientras Ethel buscaba la pequeña escalera de metal para alzarse hasta la parte alta de la estantería, en la que le habían indicado que iba la caja.
—¿Te estás adaptando bien? En realidad, mejor de lo que había esperado al principio.
La pregunta la tomó por sorpresa.
—Sí, no puedo quejarme —respondió escueta.
—¿De verdad nunca habías interactuado con nadie de Ebonwick antes?
Ethel encontró la escalera.
—No me acuerdo mucho, pero creo que con Silas Holloway había hablado alguna vez de pequeña. Supongo que por eso él ha sido el más abierto conmigo —explicó mientras colocaba la escalera.
Él ladeó la cabeza.
—¿Silas?
—Sí, podría decir que ha sido el más acogedor.
Nox subió la escalera con la caja y la miró de reojo.
—Ah... ¿Sí?
Ethel lo miró. Claro, Nox debía de tener una experiencia similar. Él también había llegado nuevo y se había hecho amigo de Silas al instante.
—Sí, ya sabes cómo es... Es fácil hablar con él.
—Mmm... —Nox movió unas cajas para hacer hueco para la que traían.
—Parece una buena persona —añadió pensativa, al menos era de los pocos que parecían contentos con su presencia allí.
Nox bajó la mirada hasta ella, endureciendo el gesto. Luego volvió a mirar hacia arriba y los músculos de su cuello se tensaron.
—Seguro que es un gran amigo. A mí me gustaría ser más... Lo que quiero decir es que las personas como él son de gran ayuda cuando llegas nuevo a un sitio y...
Le pareció oír que Nox resoplaba. Dejó la caja en su sitio y bajó la escalera con un salto ágil.
—Oye... —comenzó Ethel. Quería preguntarle si había hecho algo para molestarle, a veces lo notaba observándola y casi le parecía furioso. La duda llevaba rondándole la cabeza durante esas casi dos semanas que habían pasado desde que la llamó «triste».
—He recordado que tengo algo que hacer, acaba tú —le indicó Nox, dirigiéndose a la puerta.
Ethel se tragó lo que quería decirle.
—Ah, claro. Gracias por la ayuda.
Al día siguiente, Ethel salió del instituto abrochándose el abrigo.
Octubre había traído tormentas y la de aquel día era especialmente agresiva.
Unos rayos color púrpura iluminaban el cielo prácticamente negro.
Sus zapatos repiquetearon en el porche haciendo eco.
Casi todos se habían marchado a casa, pero a ella se le había hecho tarde.
Desde el incidente en el bosque esperaba a ser de las últimas en salir, así se aseguraba de que, en caso de que volviese a tener un episodio como aquel, no la viera nadie.
Abrió el paraguas. Se disponía a bajar los escalones de la entrada principal cuando vio a alguien recostado en un banco. Estaba apoyado en su mochila con las piernas flexionadas, sosteniendo un libro en alto que le tapaba la cara. En cuanto vio las zapatillas Converse, supo de quién se trataba.
Nox Harker.
Se preguntó si no tendría paraguas y estaba esperando a que escampase.
Dudó. Él se había ofrecido a ayudarla el día anterior y hasta se había interesado por cómo le iban las cosas. Aunque se había marchado de forma abrupta...
Bajó un escalón, todavía dudando.
No, no podía ser siempre así, demasiado temerosa de todo. Le ofrecería ayuda y, si no la quería, al menos se marcharía a casa con la conciencia tranquila.
Cerró el paraguas.
El corazón le martilleó golpeándole las costillas. Estaba tan nerviosa que inconscientemente comenzó a frotarse los nudillos con la tela de la falda; el dolor de la fricción la calmó.
—Ho... —La voz se le rompió seca y tuvo que aclararse la garganta para seguir—. Hola.
Nox cerró el libro y lo bajó con expresión de fastidio, aunque el gesto desapareció tan veloz que quizá había sido imaginación suya.
Ethel se preguntó si quizá estaba allí porque lo deseaba y no porque no tuviese cómo marcharse.
—Si no tienes paraguas, podemos compartirlo. Te debo una —comentó.
Nox la observó con una ceja oscura arqueada. Sus inquietantes ojos violeta la estudiaron con calma antes de responder:
—No creo que cargarte desde el bosque a tu casa sea comparable a compartir un paraguas, Ethel. —Le dedicó una sonrisa descarada.
Ella dio un respingo. Vaya, ¿qué había sido esa sensación de vértigo?
—No, pero aun así... —dijo aclarándose la voz—. Si no te molesta.
Nox sonrió, apenas un gesto de los labios. Ethel fijó la vista en el pendiente que decoraba su boca evitando mirarlo directamente a los ojos.
—Por supuesto que no, Ethel. —Se levantó de un salto.
Su nombre en su boca le provocó un leve estremecimiento.
Nox bajó la mirada hasta las manos de Ethel y frunció el ceño. Ella las escondió detrás de su espalda.
El silencio se hizo pesado, pero no incómodo. Nox se metió las manos en los bolsillos mientras daba un paso en su dirección.
—Tranquila, no muerdo. —Lo dijo con un tono que sugería exactamente lo contrario.
Ethel alzó la cabeza y su mirada chocó con la de él.
Sacudió la cabeza y volvió en sí.
Avanzaron por el sendero empedrado que bordeaba el instituto, pero apenas llevaban unos metros cuando la lluvia arreció con fuerza. El viento les empujaba y el paraguas se doblaba peligrosamente.
Nox le agarró la mano con la que lo sostenía para ayudarla a mantenerlo firme. Ethel contuvo el aliento.
—Te estás empapando —le dijo muy cerca de su oído, y tiró de su hombro para acercarla a él—. No tienes que ser siempre tan complaciente, es tu puñetero paraguas, Ashbourne, no te salgas de él.
Ella levantó la mirada. Nox miraba al frente, tratando de discernir el camino a través de la cortina de agua. Unas gotas resbalaban por su cuello. Se fijó en su nuez.
—No vamos a llegar muy lejos así —comentó él, elevando la voz para superar el rugido de la tormenta.
Ethel pensó en su casa, en el trayecto abierto hasta llegar, y supo que acabarían empapados antes de dar la vuelta a la esquina.
Entonces, una idea irrumpió en su cabeza sin pedir permiso: la casa abandonada del bosque.
Después de aquella primera vez, había vuelto a caminar sonámbula en dos ocasiones más y había despertado allí.
No estaba lejos, y mucho más cerca que su casa, desde luego.
—Conozco un sitio —sugirió—. Está en el bosque.
Nox la miró con interés.
—Guíame.
La lluvia los empujó a correr. El barro les salpicaba hasta las rodillas, el aire olía a tierra revuelta y a hojas empapadas. Ethel sentía cómo la humedad le calaba el abrigo hasta la piel.
La mansión emergió entre los troncos de los árboles, con las ventanas medio tapiadas con tablones y la fachada cubierta de hiedra oscura. Parte del tejado estaba vencido, pero serviría.
Dentro, la penumbra era densa. El suelo estaba cubierto de polvo y hojas secas, y en algunas zonas goteaba agua.
Ethel se quitó el abrigo, escurriendo el agua. Nox se pasó las manos por el pelo mojado y pegado a la frente. La luz morada de un relámpago atravesó la estancia un instante, y el destello se reflejó en sus ojos, iluminándolos.
Ethel retuvo el aire en el pecho. Ya la primera vez que se vieron su aspecto le impactó, pero... joder, sí que era atractivo.
—Bonito escondite —murmuró Nox—. ¿Cómo lo has encontrado?
—Eh... Me perdí dando un paseo y lo vi. —Se abrazó temblando. Tenía la chaqueta mojada y había corrientes de aire frío por todas partes.
Nox se quitó la chaqueta, se sacó el jersey del uniforme y se lo tendió.
Ethel dudó.
—¿Quieres que...?
—Quiero que te lo pongas, Ethel.
Ella se sonrojó y lo aceptó con una pequeña sonrisa en los labios.
—Gracias —susurró.
Inspiró, olía a lluvia y al que debía de ser el olor de Nox, terroso, dulce y almizclado, como el ámbar gris.