Flor de sangre (Flores malditas 1) 5
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Ethel bajó las escaleras a toda prisa ajustándose el uniforme. Había tenido que correr por el bosque para conseguir llegar antes de que el sol terminase de despuntar y que no notasen su ausencia.

Se pasó una mano por el pelo, arreglándoselo.

El aroma a pan recién horneado y a lavanda llenaba la cocina, iluminada por el dorado de la mañana que acariciaba la madera oscura de los muebles y el mantel de lino bordado de la mesa.

—¡Buenos días, bella durmiente! —canturreó Daphne sirviendo café en una taza desparejada con dibujos de lunas.

—¿Has dormido bien? Pareces cansada, fawnlet —preguntó Morgana, fijándose en las sombras púrpura bajo sus ojos. Le dio un beso en la sien mientras la estrechaba entre sus brazos.

Ethel le devolvió el abrazo y se sintió mejor automáticamente. Se pasó una mano por la frente y al tocarse la sien sus dedos se toparon con una ramita seca que estaba enganchada en el pelo. Se la guardó disimuladamente en el bolsillo de su chaqueta.

—Creo que no ha habido un solo día de mi vida en que no haya tenido el aspecto de no haber dormido en décadas, abuela —dijo Ethel, mientras se sentaba a la mesa y se servía un bollito con mermelada.

—Tienes... —dijo Seraphine señalando su pelo. Se levantó de la silla y, con manos suaves, le retiró otra ramita oculta entre los rizos—. Parece que hayas dormido en un rosal.

Ethel sonrió tímidamente.

—Sa... salí a dar un paseo por el jardín al despertarme.

Se sirvió leche caliente en una taza desportillada y se dispuso a untar el panecillo. De pronto, notó que Daphne se quedaba mirando algo a su espalda, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué...? —empezó a preguntar, girándose para mirar.

Pero en ese mismo instante, Seraphine comenzó a toser medio ahogada a su lado y derramó la tetera, lo que distrajo a Ethel.

—Tía Sera, ¿estás bien?

Se oyó un golpe seco y preciso a su espalda, justo donde Daphne miraba.

Ethel se volvió hacia atrás, pero solo encontró a su abuela abrillantando una vieja olla de latón.

—¿Qué ha sido eso?

—Nada. Es que... creí haber visto un ratoncillo —se excusó Daphne.

Ethel observó cómo Seraphine daba una suave patada por debajo de la mesa a su hermana melliza y le lanzaba una mirada extraña.

—¿Un ratón? —repitió Ethel, alzando una ceja.

—No te preocupes, ya no está —intervino Morgana rápidamente, dándole una palmadita al pan como si espantara la conversación—. En esta casa, los ratones saben que no son bienvenidos.

—Si no quieren acabar en el caldero —se carcajeó Seraphine por lo bajo.

A Ethel le pareció oír a Daphne llamarla «imbécil» por lo bajini, aunque a lo mejor lo había entendido mal.

—¿Qué?

—Nada, cariño. Un chiste tonto de tu tía.

Ethel las observó en silencio, notando esa ligera sensación de que algo se le escapaba, como si no estuvieran contándole algo que todas sabían. Como si no participase del todo en lo que estaba ocurriendo.

El cielo se había encapotado. Las nubes pesaban como si amenazaran con desplomarse sobre los tejados del instituto Ebonwick.

Ethel bordeó la parte trasera del edificio durante el descanso, buscando un sitio donde pudiera estar sola. Las miradas y los cuchicheos la perseguían allí adonde iba. Deseaba ser capaz de apagar su sonido, que era como el ruido estático de una radio no sintonizada.

El jardín trasero estaba casi vacío. Apenas había algunos grupos de alumnos sentados en bancos o bajo los árboles. Caminó entre los setos altos, siguiendo un sendero de grava que se adentraba entre rosales. Allí el silencio era más denso. Más íntimo.

Los alumnos del Ebonwick, aparte de conocerse todos entre sí, parecían estar a años luz de ella. En las clases se sentía torpe, fuera de lugar, como si corriera una carrera en la que había partido la última y con peso en las piernas.

Pasó la mano por las rosas de un precioso color marfil. Tan hermosas... Como buena Ashbourne, siempre le habían encantado las plantas. Se hirió un dedo y una gota de sangre cayó sobre las flores. Se llevó la yema a los labios, dolorida.

Ethel se quedó mirando la rosa manchada, la gota carmesí que resbalaba por uno de los pétalos, como una herida abierta.

Oyó el crujido de la grava detrás de ella.

Se giró, tensa. A su espalda apareció un chico alto. Lo había visto en el comedor y en algunas de sus clases. No recordaba su nombre.

Dio un paso hacia atrás, por instinto.

—Cuidado, chica Ashbourne, puedes hacerte daño —comentó el muchacho, arrastrando ligeramente las palabras, mientras señalaba la gota de sangre, que había resbalado hasta el suelo.

Ella le dedicó una sonrisa cortés, recordando las palabras de su padre. Si se mostraba amable con la gente, la gente sería menos hostil con ella, y seguro que causaría mejor impresión.

—Lo tendré en cuenta —aseguró.

—¿Puedo preguntar por qué has llegado con el curso empezado?

Ethel enmudeció. No tenía pensada una excusa clara para ello. ¿Qué iba a decirle? ¿Que había estado ingresada en un hospital psiquiátrico todo el verano y apenas le habían dado el alta unas semanas atrás?

—¿Es verdad eso que dicen de que te echaron de tu anterior instituto?

Los labios de Ethel temblaron y negó con la cabeza.

Él soltó una risa breve, sin alegría.

—Vamos, por algo habrás acabado en este pueblucho. Las chicas de ciudad no se mudan aquí porque sí.

—Mi familia vive aquí...

Aquella respuesta no pareció convencerlo.

Se acercó más y trató de agarrarla del brazo, pero ella retrocedió. «Que no piensen que les tienes miedo, eso suele enfurecer a la gente», se recordó.

—No puede ser simple casualidad. ¿Qué pasa, estás loca como dicen?

Ethel se tensó al oírlo. Fue como caer por un túnel oscuro. De pronto, ya no estaba en el jardín, sino en el gimnasio de su antiguo instituto. De pronto, ya no estaba frente a aquel chico, sino en un círculo rodeada por muchos más.

Fue como si todas las espinas de los rosales se le clavasen a la vez en la piel. Bloqueó el cuerpo. No quería volver a pasar por lo mismo.

—No lo estoy —dijo en voz baja.

El chico sonrió satisfecho.

—Eres un bicho raro, eso no puede negarse. Menudo desperdicio que tengas este aspecto de desquiciada.

Sus ojos brillaban. Parecía disfrutar del placer de asustarla.

A Ethel se le erizó la piel. El corazón se le desbocó.

—Por favor —se dijo a sí misma—. Para... —Sabía lo que pasaría si se ponía nerviosa.

El chico sonrió pensando que le hablaba a él.

—¿Qué dices? preguntó, y alargó la mano hasta agarrarla del brazo.

Ethel se encogió. La energía le recorrió las entrañas, bullendo, y esa parte de sí misma —la que siempre intentaba acallar— arañó por salir.

—Vamos, no te pongas así —susurró el muchacho—. Solo quería conocerte un poco. Soy Quill —se presentó.

Ethel cerró los ojos.

—Si te comportas así, ¿quién va a querer acercarse a ti? —Dio un paso hacia ella y la agarró del hombro—. Vamos, mírame.

«No, no, no...».

Oyó un golpe seco.

Cuando abrió los ojos lo encontró en el suelo con una expresión de dolor.

—¿Qué cojones...? —gruñó, furioso—. ¿Me has empujado?

Ethel ni siquiera había notado que lo tocara. Quill empezó a incorporarse. Alguien apareció de pronto y se detuvo, sorprendido, al verlos. Sus ojos recorrieron la escena —el chico en el suelo, ella de pie a unos pasos— y una sonrisa se dibujó en sus labios.

Sus ojos la atraparon, hipnóticos.

Ethel cerró las manos en puños.

—¿Te has caído, Quill? —preguntó Nox Harker, acercándose con las manos en los bolsillos.

El chico enrojeció y se apresuró a erguirse mientras se sacudía la hierba del pantalón.

—Ella...

Nox curvó las cejas y estudió a Ethel de arriba abajo.

—¿Te ha empujado Ashbourne?

Quill también la miró y luego resopló divertido.

—Pfff... no, claro que no. Con esos brazos no me movería ni un centímetro.

Le dedicó una última mirada furiosa a Ethel y se marchó deprisa.

Nox lo siguió con los ojos antes de girarse de nuevo hacia ella.

Ethel permaneció en silencio, todavía con el pánico latiéndole en el pecho.

Los ojos de Nox examinaron la mancha de sangre en el suelo, el leve temblor de sus labios, el miedo contenido en sus ojos enormes y cristalinos.

—¿Estás bien? —preguntó con voz baja y aterciopelada.

Ella bajó la mirada. Sintió que el calor le subía a las mejillas y asintió. ¿Por qué solo se encontraban en ese tipo de circunstancias?

—Sí.

Nox se colocó las manos en la nuca estirándose como un gato. La camisa, que llevaba fuera de los pantalones del uniforme, se le subió, y Ethel acertó a ver un trozo de su abdomen y las líneas oscuras de un tatuaje.

Apartó los ojos.

—No deberías ser tan blanda ni permitir que te acorralen —espetó—. Es triste...

Aquellas palabras la tomaron por sorpresa, empujándola. Al mirarlo, no había rastro del chico encantador de la tarde anterior, había algo oscuro en sus ojos.

Nox la observó un segundo más, le dedicó una sonrisa insolente y se giró sin decir nada más, alejándose.

Quizá se había equivocado juzgándolo. Nox Harker no era tan encantador como aparentaba.