Flor de sangre (Flores malditas 1) 4
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Ethel despertó sobresaltada, jadeando.

El papel pintado de las paredes de la mansión la envolvía, como si el mundo hubiera cambiado sin su permiso. Todo estaba en silencio, salvo por el golpeteo de su corazón y el crujido de la chimenea encendida.

—¿Ethel? —La voz de tía Daphne la sacó del trance. Entró en la habitación con una bandeja humeante y el ceño fruncido de preocupación—. Por la diosa, nos has dado un susto de muerte.

Ethel intentó incorporarse, se sentía débil y mareada.

—¿Qué... qué ha pasado?

—Te encontraron desmayada cerca del bosque. Un chico te trajo a casa —respondió su tía mientras dejaba la bandeja sobre la mesita.

—¿Un chico?

Ethel se apoyó sobre los codos y se encontró de nuevo con los ojos violetas de Nox Harker. Dejó escapar un pequeño jadeo y se levantó del todo, con tanta rapidez que la cabeza le dio vueltas.

—Hola —saludó él como si nada.

Llevaba un cortavientos del club de remo del instituto y un pantalón de chándal a juego. Estaba sentado en un sillón, recostado cómodamente, comiéndose una galleta con pepitas de chocolate.

—Salía de entrenar cuando te vi —confirmó con aquella voz pausada que tenía y una sonrisa ladeada.

—Ah... —contestó ella, todavía desconcertada. Sus ojos se detuvieron un instante en la curva de la boca de Nox mientras masticaba. Era tan extraño que aquel chico estuviese comiendo galletas en su casa que le estaba costando procesarlo.

Nox pescó la última que quedaba en el plato.

—Gracias, están de muerte —le dijo a Daphne con una sonrisa arrebatadora y un tono de voz tan encantador que habría desarmado a cualquiera.

Ethel estaba tan aturdida que la cotidianidad del momento solo la descolocó aún más.

Daphne le dejó al chico una taza de té en la mesita auxiliar y le tendió otra a Ethel.

—Bébete la tisana, te sentirás mejor. —Dándole la espalda a Nox, le hizo un gesto a su sobrina mientras decía en silencio «es guapo».

Ethel meneó la cabeza y tomó la taza con manos temblorosas. El líquido humeante olía a lavanda, a raíz de valeriana y a un leve rastro de anís. Se esforzó en no mirar a Nox, aunque sus ojos no dejaban de dirigirse hacia él. Era un punto de fuga en el salón, todo se inclinaba en su dirección.

Él observaba el espacio con curiosidad, relajado.

—¿Recuerdas qué te ha ocurrido? —preguntó Daphne con voz suave, sentándose junto a su sobrina.

Las imágenes acudieron a su mente como destellos fugaces. Apretó la taza con más fuerza e inclinó la cabeza hacia un lado, como si le doliese.

—No... no mucho. Creo que me mareé —murmuró, fingiendo una sonrisa débil.

Nox arqueó una ceja, juraría que parecía incrédulo. ¿Habría visto lo que pasó? Aquello la mortificó.

Daphne la observó con detenimiento, como si intuyera que no le estaba contando todo.

—Traeré más galletas, te vendrá bien tomar algo dulce.

Ethel esperó a que su tía saliese del salón para dirigirse a Nox. ¿Qué había visto exactamente?

—Gracias por traerme a casa.

—No ha sido nada.

—¿Cuándo... cómo... me encontraste? —Le costó formular la pregunta sin que sonase sospechoso.

Él se inclinó un poco hacia delante.

—Deberías mirar a la gente cuando le hablas, Ethel.

Ella levantó la vista.

Se recolocó tratando de mostrarse más segura.

—Solo quería saber cómo me encontraste. Ha sido muy amable que me hayas traído todo el camino a casa —afirmó.

—Me marchaba y te vi a lo lejos en el suelo. Cuando me acerqué vi que estabas sin conocimiento. No soy de aquí, pero todo el mundo conoce tu casa. Fascinante, por cierto —comentó, paseando la mirada por el salón con interés perezoso y postura elegante.

Ethel asintió más tranquila, ahora que sabía que no había visto lo que había ocurrido.

—Cargarme hasta aquí ha debido de ser...

—Cualquiera habría hecho lo mismo —contestó como si tal cosa.

—Bueno..., no estoy tan segura.

Nox giró el rostro hacia ella y esbozó una sonrisa casi imperceptible.

—¿Ah, no?

—No, bueno, quiero decir, no lo sé... —Ethel le dio un sorbo al té—. Pero de verdad, gracias, si en cualquier momento puedo hacer algo por ti...

Sus ojos se iluminaron un instante, como si aquello le divirtiera.

—Vaya, así que me debes un favor..., Ethel.

Ella parpadeó.

—Sí, supongo que sí —contestó.

Nox se estiró y miró por encima de su hombro; había oído un ruido. Seguramente, su tía trasteando en la cocina.

—Tengo que irme, es tarde. Ha sido un rato interesante. Dile a tu tía que ha sido un placer. Las galletas, un diez.

Se levantó y se dirigió hacia el vestíbulo. Ethel se dio prisa en seguirlo hasta la puerta.

—Ah, y no deberías caminar sola por el bosque. Es peligroso —le aconsejó Nox.

Ethel asintió.

—Lo sé...

Nox se acercó un paso hacia ella. No estaban tan cerca como para que resultase abrumador, pero, aun así, se quedó muy quieta, reteniendo el aire en los pulmones. Él estiró el brazo y le pasó el pulgar cerca del labio superior, quitándole una mancha. Ethel recordó que había sangrado por la nariz.

—Nos vemos —se despidió Nox.

Ethel cerró los párpados.

Se quedó allí, respirando con dificultad, con las palabras enredadas en la lengua deseando salir. Sus pies se movieron hacia delante.

«¿Qué ha sido eso?».

—¿Qué haces ahí parada? —Se sobresaltó al oír la voz de su tía—. ¿Ya se ha marchado? Un chico curioso, tengo entendido que se mudó aquí a finales de verano.

Más tarde, mientras se duchaba y cambiaba para bajar a cenar, su abuela y tía Seraphine llegaron a casa. Ethel no quería preocuparlas, no quería perturbar sus vidas ni ensombrecerlas. No deseaba ser una carga para ellas.

Le angustiaba no saber qué era real y qué no; qué cosas ocurrían solo en su cabeza y cuáles no. ¿Qué peor sentimiento puede haber que el de no ser capaz de confiar en una misma?

Se estremeció.

Recordaba el peso de la figura en la niebla, el susurro que la llamaba por su nombre... y la energía que había estallado en su interior. No había forma de explicarlo. ¿Cómo podía contarle algo así a su familia sin que pensaran que había recaído?

El hospital. Las habitaciones blancas, las miradas condescendientes, el aislamiento. La inquebrantable y asfixiante soledad.

Sintió las lágrimas que le picaban detrás de los ojos.

«No estás loca. No estás loca».

Aunque lo único que resonaba en su mente era: «¿Y si sí que lo estás?».

Daphne jugueteaba con sus cabellos trenzados, nerviosa. El olor de la bergamota y la mandarina inundó el espacio y automáticamente sus músculos se relajaron.

—Sera, no deberías hacer eso con Ethel en casa —reprendió a su hermana.

—Más la vas a asustar tú con esa cara de espanto que tienes.

—¿Y si alguien la vio? Isadora la trajo aquí como último recurso y porque madre tiene mano en las Trece, pero si algo así vuelve a ocurrir, se la llevarán.

Seraphine descorchó una botella de vino y se sirvió una copa hasta el borde.

—¿Me estás...? —comenzó Daphne, pero su hermana la cortó levantando una mano. Se llevó la copa a los labios y dio un larguísimo trago.

Daphne la observó negando con la cabeza.

—Eres un pájaro de mal agüero, Daphy.

—Ya, pero no enfrentarse a la realidad tampoco la cambia.

Seraphine arqueó una ceja pelirroja mientras observaba a su hermana, que acabó apartando la mirada.

—Si en algo son expertas las Ashbourne es en huir.

El sonido del teléfono sacudió la cocina como un trueno. Daphne dio un respingo en la silla. Las dos se giraron para mirar el aparato.

—Qué susto... —jadeó Daphne.

—Madre está en el despacho —fue todo lo que dijo Sera antes de llevarse lo que quedaba de vino a la boca y apurarlo.

Ethel se sentó en la escalera abrazándose las rodillas hasta hacerse un ovillo. La tisana la había hecho sentir mejor, pero ahora notaba un nudo de náuseas en el estómago. Al acercarse a la cocina había oído a medias la conversación de sus tías.

«Si algo así vuelve a ocurrir, se la llevarán».

Se limpió el rostro húmedo, pero sus lágrimas escapaban tan veloces que apenas tenía tiempo de atraparlas.

¿Qué era lo que estaba mal en su cabeza? ¿Por qué no podía ser como el resto? Ya desde niña aquellas dudas la habían comenzado a sobrevolar. ¿Quizá su mente era defectuosa? ¿Estaba acaso maldita?

Allá por donde iba atraía la mala suerte, incluso hacia sí misma. Y ahora la había llevado a la mansión Ashbourne, a sus tías y a su abuela.

«No debes pensar así», se regañó a sí misma, con esa voz que sonaba muy parecida a la de la psiquiatra.

Se obligó a apartarse de aquel pensamiento que subyacía bajo todas aquellas capas de culpa, desprecio y miedo. Ese monstruo que habitaba en lo más profundo de su cabeza.

Se levantó para ir a su habitación.

Como solía decir tía Sera, las Ashbourne eran expertas en huir. Pero lo que nadie te advertía era que, por más rápido que corrieras, no podías escapar de tu propia mente. El enemigo siempre iba contigo, porque vivía dentro de ti.

Esa fue la primera noche en la que ocurrió.

Había niebla.

Una niebla que no se movía, que flotaba inmóvil como una tela suspendida en el aire.

Caminó a través de ella, envuelta en su camisón blanco, como si flotara.

Sus pies descalzos casi no hacían ruido al posarse sobre el lecho del bosque.

Su mano, tan pálida bajo la luz crepuscular que se podía ver el tono azulado de las venas traspasar la piel, se posó sobre una puerta de madera vieja, que cedió invitándola a pasar.

Columnas cubiertas de musgo, paredes fracturadas, un techo desplomado por donde se colaban haces de luz. Como si la luna filtrara sus últimos suspiros a través de un vitral roto.

Cruzó el umbral, con los pies desnudos manchados de barro.

Su cuerpo cansado cedió y se dejó caer sobre una alfombra raída.

Supo que no estaba sola.

La presencia la rozó como una caricia sobre los hombros, un escalofrío que le subió por la espalda hasta colarse en su nuca. Levantó los ojos. Muy arriba, entre las vigas partidas del techo, algo la miraba.

Unos ojos.

Violeta. Brillantes.

Y detrás, alas. Enormes. Negras como brea.

Sintió que el suelo se alejaba, que el mundo se curvaba a su alrededor. Sintió un miedo antiguo, que le nacía en los huesos.

Quiso moverse, correr, gritar. Pero su cuerpo no respondió.

La criatura, medio en sombras, la miraba al acecho.

El tiempo se estiró.

Y, entonces, en un latido...

Despertó.

La luz dorada del amanecer se colaba por las ventanas rotas. Se incorporó desorientada y confusa mirando a su alrededor. ¿Dónde estaba y cómo había llegado allí? Se observó. Llevaba el camisón con el que se había ido a dormir pegado al cuerpo por el rocío, y tenía los pies sucios.

No recordaba haber salido de la cama.

Algo punzó en su subconsciente, una sensación de alerta. Giró la cabeza por encima del hombro, hacia las altas vigas del techo. No había nada.

Ethel se llevó una mano al pecho, inquieta. Sentía pegada al cuerpo esa desagradable sensación de acecho que le había provocado la pesadilla.