Flor de sangre (Flores malditas 1) 3
5%

3

El primer día no había tenido la valentía de ir al comedor. Pero el segundo, viendo que la curiosidad y la ligera inquietud que despertaba en los demás no había dado paso a la hostilidad, trató de enfrentarse a sus miedos e ir.

La cafetería no se parecía en nada a las de sus antiguos colegios. En lugar de mesas de plástico alineadas en filas uniformes, aquí había mesas de madera oscura, talladas con filigranas y sillas a juego de aspecto elegante.

Las estrechas y alargadas ventanas dejaban entrar el mortecino resplandor del día, tamizado por las vidrieras emplomadas. En el extremo más alejado del salón había una chimenea de mármol negro con un fuego encendido.

Ethel avanzó con su bandeja, sintiéndose fuera de lugar, como una mancha de tinta en un pergamino impoluto. Los cuchicheos la seguían allá donde iba.

—¿La has visto?

—Shhh... ¿Quieres que te eche un mal de ojo? —rio alguien.

—Su casa está encantada...

—Ella misma tiene aspecto de fantasma —se carcajeó otro.

—Tuvo que hacer algo terrible en su instituto de Arven para haber acabado aquí...

—Ya sabes lo que dicen de su familia, que son...

Los dedos se le cerraron con fuerza en torno a la bandeja; la imagen de la comida le dio náuseas.

Se había vuelto para buscar una mesa alejada en la que sentarse y escapar de los cuchicheos, cuando una voz la interrumpió.

—Si os causa tanta curiosidad, ¿por qué no habláis directamente con ella?

Esto acalló la conversación.

Ethel alzó la mirada. El chico de los ojos violeta estaba de pie, imponente, unos pasos por detrás en la fila de la comida. Su expresión era tranquila, incluso un poco aburrida. De nuevo, su aspecto intimidante le sorprendió.

—Se cree demasiado especial para juntarse con la gente de Ebonwick, Nox. No ha intentado integrarse, al contrario que tú —le explicó Ivy Whitmore, la hija del pastor, en susurros lo suficientemente fuertes para que Ethel la oyese.

Nox. Así que, ese era su nombre.

Él giró la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Ethel, que se había quedado mirándolo fijamente. Su primera impresión había sido acertada, Nox era nuevo allí. Se preguntó cómo había acabado viviendo en Ebonwick.

Ethel recogió la bandeja y se marchó.

Delante de ella, una chica tropezó y se le cayó un llavero. Ethel se agachó con cuidado de no tirar la bandeja con la comida, lo recogió del suelo y se lo tendió dedicándole una sonrisa.

Quizá, si se esforzaba, sus compañeros cambiarían la opinión que tenían de ella.

El jueves el sol se estaba poniendo cuando salió del instituto, se le había hecho tarde poniéndose al día con las semanas que había perdido de curso.

El encanto del valle brillaba especialmente bajo la luz del atardecer, que resaltaba sus colores otoñales.

Todo estaba teñido de rojo, amarillo y naranja.

Parecía un lugar irreal, un escenario sacado de una fantasía.

Como si pasando las páginas de un antiguo cuento de pronto se hubiese visto sumergida en él y ahora caminase por esas calles.

Ethel frenó en seco al ver a un grupito de alumnos parado en mitad del camino principal. Decidió desviarse hacia el bosque para no cruzárselos.

El viento agitó las copas de los árboles, silbando entre las hojas secas, y una espesa niebla se enroscó entre los troncos tragándose poco a poco lo que había a su alrededor.

Sus pisadas crujieron sobre la hierba y le pareció oír algo detrás de ella. Volvió ligeramente la cabeza, pero no consiguió ver nada; la niebla la había engullido por completo. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.

Luego, un crujido.

Se detuvo en seco, de nuevo escrutando a su alrededor.

Otro sonido. Un paso.

La sangre se le heló en las venas.

—¿Hola? —Su propia voz sonó minúscula, ahogada.

La densidad del aire pareció espesarse, como si el mundo se comprimiera en un puño invisible atrapándola. Oyó el crujir de la hojarasca bajo un pie, un sonido sordo, amortiguado, pero inequívocamente cercano.

Se encogió, tensa, con el corazón latiéndole desbocado.

Se giró rápidamente, pero solo vio sombras deformes a través de la bruma. Estaba segura de que ahí había algo, alguien.

La niebla se movió, retorciéndose como si algo la atravesara. No podía verlo con claridad, pero sintió una presencia, algo colosal y desconocido, justo a su espalda.

Dio un paso atrás, aferrándose al asa de su bolso con dedos temblorosos. La hierba húmeda resbaló bajo sus zapatos. Apretó los párpados con fuerza.

«No está ocurriendo. No está ocurriendo», se dijo.

No era la primera vez que tenía alucinaciones producto de la paranoia.

En el hospital le habían explicado que, después de un trauma severo, el cerebro a veces jugaba malas pasadas.

Que su mente estaba en alerta constante, siempre esperando lo peor.

«Alucinaciones pasajeras», lo llamaban. Distorsiones de la realidad provocadas por la ansiedad.

Un nuevo sonido la alertó: una respiración profunda, pesada, como de un animal enorme. Ethel abrió los ojos y vio una figura dibujarse entre la bruma. Intentó discernir sus contornos diciéndose que debía tratarse de un árbol.

Entonces, la figura se movió. Un paso. Otro. Demasiado grande. Demasiado alta.

—Ethel —le pareció que susurraba.

Los pulmones dejaron de funcionarle a la par que el resto del cuerpo. Se quedó absolutamente paralizada, quiso gritar, pero la garganta no le respondió. Era como en sus pesadillas, estaba atrapada en sí misma, inmóvil.

La silueta avanzó hacia ella con lentitud.

Algo rozó su nuca, agitándole el pelo. Como si unos dedos invisibles se deslizaran por su piel.

—Ethel...

Sintió el cuerpo empapado en sudor. El corazón latiéndole en las sienes.

«No es real, no es real», se dijo. Volvió a cerrar los ojos, aterrada.

Sintió que la oscuridad la tragaba, como si una presencia imponente se cerniese sobre ella proyectando su larga sombra.

—Ethel —volvió a llamarla esta vez a centímetros de ella.

Al abrir los ojos vio a una figura de alas negras que se inclinaba sobre ella.

Su silueta era un vacío de sombras y plumas que se retorcían en el aire.

El rostro apenas se distinguía, cubierto de mechones oscuros, goteantes, como si la criatura estuviera hecha de la materia que compone las pesadillas.

Un chillido se le quedó atascado en la garganta.

Intentó moverse, pero su cuerpo se negó a responder. Un escalofrío de puro pavor recorrió su columna cuando la criatura alzó una garra descomunal y la acercó a su rostro, con la lentitud de quien sabe que su presa no escapará.

El aire se volvió pegajoso.

La criatura inclinó la cabeza, cerniéndose aún más sobre ella.

El miedo se enroscó en su cuerpo como gusanos.

Y la garra se cerró.

El grito que tenía atrapado en la garganta estalló cuando sintió que la oscuridad la engullía, que penetraba por cada poro de su piel. Los ojos se le pusieron en blanco, su pelo se sacudió a su alrededor y pensó que aquel dolor, que aquella sensación horrible la mataría.

Y, entonces, una fuerza invisible se desató desde el interior de Ethel, algo poderoso escapó de su cuerpo provocando una onda expansiva que lo barrió todo.

La tierra tembló bajo sus pies. La figura se retorció, su forma oscilante se fragmentó en jirones de sombra, hasta que, con un último rugido, se desvaneció.

Ethel cayó de rodillas, con los ojos desorbitados, las manos crispadas sobre la tierra húmeda. Su pecho se agitaba con espasmos descontrolados. Estaba sola.

Todo había desaparecido.

Las lágrimas le ardían en los ojos.

Lo que fuera aquello... había estado a punto de alcanzarla.

Se tocó la nariz y descubrió una mancha escarlata en la pálida palma de su mano. Los párpados le pesaron y su cuerpo se inclinó hacia un lado. Trató de apoyarse sobre un brazo mientras la oscuridad le apagaba la vista.

Le pareció ver una figura que se acercaba en la distancia, pero no tuvo tiempo siquiera de pedir ayuda porque la inconsciencia ganó la batalla.

Se sintió flotar, ingrávida y sostenida. Le pareció oler el perfume del cedro, y, detrás, el del ámbar gris. Inspiró llenándose los pulmones. Era un lugar agradable, una sensación agradable.

Las pestañas le temblaron.

Entre el velo del sueño, vio una figura, una silueta contra la bruma.

Oyó el murmullo de una voz. Baja. Amable. Profunda.