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Ethel despertó desorientada, tardó unos minutos en ubicarse y recordar que se encontraba en la mansión Ashbourne y no en su habitación de Arven.
El uniforme del instituto Ebonwick, al igual que todo en aquel pueblo, tenía un aspecto anticuado y, a la vez, refinado.
Se componía de una blusa blanca de mangas ligeramente abullonadas que tenía el cuello alto y un lazo para poder cerrarlo.
Sobre ella, un chaleco de tirantes delgados, que se ajustaba justo por debajo del pecho, una americana entallada y una falda que apenas le llegaba unos dedos por encima de la rodilla.
La hacía parecer una institutriz.
Jamás había tenido que llevar uniforme. Por un momento, tuvo la vaga esperanza de que aquello la ayudaría a no resaltar en su primer día, pero la ilusión fue pasajera: en Ebonwick vivían menos de cinco mil personas, por supuesto que iba a llamar la atención.
Cuando salió de su habitación para bajar a la cocina, su nivel de ansiedad era tal que pensó que todos los retratos del corredor se volvían para seguirla con la mirada.
Abajo se oyeron las voces de sus tías y su abuela.
—Ya sabes cómo es... No me apetecía discutir —dijo alguien que debía de ser la tía Seraphine.
—Pronto tendrá dieciocho... —comentó Daphne.
—No me puedo creer que nos vayamos a quedar sin sucesora —terció la abuela.
—A no ser que Daphne nos sorprenda...
Hubo un silencio breve y se oyó un suspiro lastimero.
—Si pudiéramos deshacernos de... —estaba diciendo Morgana.
Uno de los escalones finales crujió anunciando su llegada y la conversación se acalló del todo.
Apenas puso un pie en la cocina, unos brazos la rodearon con fuerza. El pelo color rojo fuego de tía Sera la envolvió mientras la sacudía con entusiasmo.
—Por la diosa, ¡cuánto has crecido! Estás preciosa, pareces toda una adulta así vestida.
Ethel se sonrojó en respuesta y le devolvió el abrazo con fuerza. Tía Seraphine llevaba los ojos pintados de negro ahumado, los labios en tono púrpura y un atuendo entre lo punk y lo victoriano, si es que esa combinación era posible.
—¿Vas a alguna parte, tía?
Seraphine arrugó la nariz.
—No me llames tía, me hace sentir mayor y soy muy joven todavía.
—No va a ninguna parte, más bien vuelve —le explicó Daphne, moviendo la cabeza.
Su abuela le dio un beso en la frente y le dio indicaciones para que se sirviese el desayuno.
La cháchara animada contrastaba fuertemente con el silencio de su casa.
Su madre siempre se iba a trabajar antes de que Ethel se despertase.
Su padre era un hombre tranquilo, que trabajaba en un hospital, así que ella trataba de respetar sus horas de calma.
La mansión era todo lo contrario, era un caos organizado, un cúmulo de energía que zumbaba a su alrededor. Sus tías hablaban, discutían, se querían en voz alta, y ahora Ethel formaba parte de ello.
El instituto se alzaba en el extremo oeste del pueblo, sobre una ligera elevación que lo hacía dominar el horizonte. Su arquitectura gótica, de ladrillo ennegrecido y cubiertas de pizarra, estaba coronada por altos torreones con ventanales ojivales.
El portón de hierro forjado estaba abierto, dando paso a un camino de grava bordeado por setos cuidados. Ethel agachó la cabeza y dejó que la larga melena le tapase la cara.
Algunos estudiantes, al notar su presencia, se giraron curiosos interrumpiendo sus conversaciones. La escrutaron con un brillo de abierta desconfianza. Ethel se forzó a respirar hondo sintiendo la punzada familiar del pánico.
Al cruzar el umbral, la recibió un vestíbulo de techo abovedado, donde un pesado candelabro de hierro forjado pendía como una araña inmóvil. El interior del instituto era aún más sobrecogedor que el exterior.
Sujetó con fuerza la correa de su bolso.
Los demás estudiantes pasaban a su lado murmurando por lo bajo. Pudo captar retazos de conversaciones:
«Es una Ashbourne...».
«La nieta de...».
«Ya sabes lo que se dice de su familia, que son...».
Ethel intentó concentrarse en su respiración contando hacia atrás.
«Rarita».
«¿Por qué ha venido ahora?».
«La echaron de su anterior instituto...».
«Problemática».
«Peligrosa».
«Dicen que practican...».
Sus dedos cogieron con más fuerza la correa del bolso. Empezó a andar cada vez más deprisa. Ojalá pudiera ser del todo incolora, transparente, invisible como el viento. Sentía que en ella todos los colores se diluían. Solo quería convertirse en un lienzo en blanco, no reflejar nada.
La sensación de no sentirse dueña de sí misma volvió a golpearla.
Giró la esquina demasiado rápido.
Un choque seco la hizo tambalearse hacia atrás. Sintió la dureza de un cuerpo contra el suyo. Una mano se cerró alrededor de su brazo atrapándola con rapidez para estabilizarla.
Alzó la vista, aturdida.
Unos ojos de un tono violeta extraño y profundo se clavaron en ella.
Dio un paso hacia atrás.
El chico tenía el pelo negro como la tinta, largo en la parte frontal, casi le caía sobre los ojos, más corto en los lados y otra vez un poco más largo en la nuca, donde se le ondulaba ligeramente. Llevaba un piercing en la ceja y otro en el labio inferior.
Ethel tragó saliva, sorprendida por su aspecto.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Su voz era grave y amable, algo que contrastaba con su apariencia intimidante. Nunca había visto a nadie igual en Ebonwick.
Ella asintió. Se dio cuenta demasiado tarde de que seguía mirándolo fijamente, presa de ese tipo de curiosidad que despiertan las cosas nuevas, bellas o chocantes. Era esa clase de emoción que te hace volverte para seguir mirando algo o que te frena en seco.
Él notó que todavía la sostenía y apartó la mano.
Ethel dio otro paso atrás, para poner más distancia entre sus cuerpos.
—Lo siento —trató de decir, aunque no estaba segura de que la hubiese oído.
—¿Qué?
Ethel alzó la cabeza y se encontró con su ceño fruncido.
—Que lo siento —repitió, esta vez un poco más claro.
Ethel tardó más de lo necesario en ser capaz de reaccionar. De nuevo se encontró a sí misma observándolo abiertamente. Estaba siendo muy maleducada. No debería mirar así a alguien solo porque su aspecto fuese algo distinto al del resto.
Se apresuró a seguir su camino, después de dedicarle una sonrisa de despedida. Pasó por el despacho de la secretaria para recoger su horario y se dirigió a su primera clase.
El corazón amenazaba con salírsele del pecho cuando se detuvo ante la puerta. Un murmullo se alzó al otro lado de la madera. Inspiró hondo y, con un esfuerzo, la empujó para abrirla.
El aula quedó en silencio. Todas las miradas se posaron sobre ella. Algunas eran curiosas; otras, frías, censoras. Si existía el infierno, debía de ser algo parecido a aquella emoción.
La profesora, una mujer de cabello entrecano, recogido en un moño severo, la observó y señaló un asiento vacío cerca de la ventana, que daba a los jardines del instituto.
—Bienvenida, señorita Ashbourne. Espero que disfrute de un agradable curso en el Instituto Ebonwick. ¿Desea presentarse a sus compañeros?
Ethel tragó saliva pesadamente.
«No».
—Mi... mi nombre es Ethel —dijo con un hilo de delicada voz mientras sonreía con timidez—. Es un placer.
La profesora le indicó que ya podía ir a su mesa y, mientras cruzaba la clase entre los pupitres, se topó de nuevo con los ojos púrpura que había visto en el pasillo.