Flor de sangre (Flores malditas 1) 1
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El camino a Ebonwick se retorcía como una serpiente entre el macizo montañoso Duskmoor. Los faros del coche apenas lograban perforar la niebla, que se pegaba al asfalto, tan densa que parecía sólida.

Ethel apoyó la frente contra la ventana helada.

Su reflejo se mezclaba con la silueta borrosa del bosque.

No recordaba que el trayecto fuera tan largo.

De niña, Ebonwick le había parecido un lugar de cuento, y la mansión de las Ashbourne era su lugar favorito.

Aunque, conforme pasaban los años, las visitas se habían ido reduciendo, ya que a su madre no parecía gustarle demasiado volver a su lugar natal.

Sin embargo, por circunstancias del destino, no había tenido más remedio que mandarla a ella a vivir allí.

—Falta poco —dijo su padre, que se aferraba al volante con fuerza, tratando de no salirse de la carretera.

Las calles adoquinadas hicieron que el coche traqueteara al llegar al pueblo.

Entrar en Ebonwick era como viajar al pasado, el lugar parecía anclado en el siglo XIX , con las farolas de hierro proyectando su luz amarilla y espectral sobre las fachadas victorianas de ladrillo oscuro y tejados inclinados.

Siempre le había gustado aquella sensación como de traspasar a otra dimensión.

La mansión Ashbourne, que estaba a las afueras, emergió entre la niebla, con sus altas torres. La verja de hierro forjado seguía tan imponente como en sus recuerdos. Las enredaderas se aferraban a sus muros y la luz cálida del interior se filtraba a través de las ventanas.

Su madre suspiró en el asiento del copiloto y su padre le estrechó la mano mientras enfilaban el camino.

Los jardines que rodeaban la mansión parecían descuidados, aunque en realidad era todo lo contrario; su abuela Morgana les dedicaba casi todo su tiempo, pero le gustaba que la naturaleza tuviese un aspecto «salvaje».

Las rosas trepaban sin control por las columnas del pórtico, con sus espinas asomando como pequeños dientes afilados.

En la parte trasera había un invernadero donde cultivaban las hierbas que se empleaban en la empresa familiar: Alquimia Ashbourne, la farmacéutica de la que eran dueñas. Aunque su madre no había querido seguir el legado familiar y trabajaba de abogada en la ciudad.

Isadora se ajustó el abrigo y avanzó hasta la puerta.

Su padre sacó sus maletas y la siguió. Ethel se quedó un momento mirando hacia la espesura de la noche, a las altas montañas que rodeaban el valle a lo lejos y los extensos bosques que perfilaban el pueblo.

A partir de ese momento, ese sería su hogar.

Antes de que su madre pudiera tocar la aldaba, la puerta se abrió sola.

Morgana Ashbourne esperaba en el umbral.

—Bienvenida a casa, Isadora —dijo con voz tranquila, envolviendo a su hija mayor en un abrazo.

—Madre —le contestó ella, escueta, antes de pasar adentro.

—Elías, te veo tan bien como siempre —dijo la anciana.

—No mejor que tú, Morgana, el tiempo no parece causar estragos en ti —la saludó él con cariño.

Su abuela le guiñó un ojo antes de atraer a Ethel entre sus brazos.

—Mi preciosa fawnlet . —Morgana le había puesto aquel apodo cuando era un bebé torpe al que le costaba mantenerse erguido, era una forma cariñosa de llamarla cervatillo—. Cuánto has crecido desde la última vez. Pronto serás más alta que tu tía Daphne.

—Abuela —la saludó con devoción.

Morgana Ashbourne inspiraba tanto respeto como cariño en aquellos que la conocían.

Era una mujer alta, de porte elegante, tenía el pelo cano y largo, y solía llevarlo recogido en un moño.

Tenía los mismos ojos que su hija mayor, de un tono muy muy apagado entre el gris y el azul, casi transparentes.

El mismo color que había heredado Ethel.

Ella admiraba a su abuela como si se tratase de una figura mitológica. Su abuelo había muerto hacía mucho tiempo, casi demasiado para que Ethel pudiese recordarlo.

Cuando Ethel cruzó la puerta, un olor familiar la envolvió: una mezcla de incienso, madera antigua y hierbas secas.

El vestíbulo era amplio y estaba iluminado por una lámpara de araña de cristal.

Las paredes estaban cubiertas de paneles de madera oscura, decoradas con retratos de antepasadas de las Ashbourne.

Al frente, una gran escalera de madera ascendía hasta el primer piso; tenía un pequeño descansillo y se dividía en dos, conduciendo a izquierda y derecha. Los escalones estaban cubiertos por una alfombra de tonos burdeos.

A la izquierda del vestíbulo estaba el salón principal, una habitación amplia con enormes vidrieras. Había una chimenea encendida y, frente a ella, varios sillones tapizados en tonos oscuros.

Tía Daphne se levantó y sus largas trenzas rubias se sacudieron con el gesto.

Llevaba un complejo camisón con cola y una bata a juego.

Isadora la miró arqueando las cejas. Era todo lo contrario a sus excéntricas hermanas.

Las mellizas Ashbourne, Daphne y Seraphine, eran diez años menores que ella y no se parecían en nada a la hermana mayor en cuanto a personalidad.

—¿Qué llevas puesto, Daphy?

—Lo he hecho yo misma. ¿Te gusta, Ethel? Tengo otro para ti.

Ethel le sonrió y asintió. Nunca había entendido por qué su madre era tan distante y fría con sus hermanas. Ella era hija única y a veces habría agradecido tener un hermano o una hermana en quien apoyarse. Tampoco sus tías tenían hijos, así que era la única nieta de las Ashbourne.

—¿Dónde está Sera? —preguntó Ethel.

—Ha quedado con esa cazarrecompensas con la que se lio el año pasado. Quería comprarle la receta de uno de sus venenos —contestó Morgana.

Isadora miró a su madre con reprobación. Ella y Seraphine eran las que más chocaban y discutían. Donde su madre era práctica, pragmática y seria, la tía Sera era rebelde, alocada y caótica. Nunca estaban de acuerdo en nada.

Su abuela y sus tías habían tenido mucho que ver con que su madre hubiese cedido a inscribirla en el instituto de Ebonwick. Ethel sentía curiosidad por saber qué argumentos debían de haber usado para convencerla.

Nadie le había preguntado su opinión, pero la verdad era que, lejos de Arven, se sentía más ligera; allí tenía la certeza de que no se encontraría a ninguno de sus antiguos compañeros. Aunque en Ebonwick no era totalmente anónima, como le hubiera gustado.

Las Ashbourne eran sumamente conocidas en el pueblo. Al pensar en el día siguiente sintió un fuerte pinchazo de dolor en el estómago.

La despedida de sus padres fue breve, casi abrupta.

—¿No queréis quedaros a cenar? —ofreció Morgana, apenada.

—Mañana tengo un juicio y el camino de vuelta es largo y pesado —se excusó Isadora.

Su madre la abrazó con firmeza, la palma fría contra su espalda. No era una mujer efusiva, pero en ese gesto se concentraban todas las palabras no dichas. Su padre, en cambio, le acarició el cabello con ternura antes de dedicarle una sonrisa cansada.

—Eres estupenda, cielo. Es un nuevo comienzo, tómatelo con ilusión. Y recuerda, sé amable y todo irá bien.

Ethel sonrió a su padre con los ojos vidriosos y un nudo en la garganta.

—Claro, papá.

—Escríbenos —le pidió.

—Lo haré —respondió Ethel, al menos la distancia la dejaría ocultar las cosas más difíciles.

Unos minutos después, el coche de sus padres desaparecía por el camino empedrado, dejando tras de sí el crujido de la grava y el susurro del viento entre los árboles desnudos. La luz de los faros traseros parpadeó antes de perderse en la bruma del anochecer.

Su habitación estaba en la torre este de la mansión. La que daba a la parte trasera. Era espaciosa, con techos altos y un ventanal en forma de arco que daba al bosque. La luna, atrapada entre las nubes, derramaba su luz plateada sobre el suelo de madera.

La cama estaba pegada a una de las paredes, tenía un enorme cabecero de madera y encima de ella había un montón de mantas gruesas tejidas a mano y decoradas con bonitos bordados.

En el suelo había una alfombra antigua, algo gastada, y completaban el mobiliario una estantería vacía para sus cosas y un escritorio junto a la ventana con una lámpara.

Ethel dejó su maleta a un lado y se acercó a la ventana. El viento ululaba contra el cristal. Se cruzó de brazos, sintiendo la piel erizada bajo la tela de su abrigo. Por un momento, tuvo la sensación de que alguien la observaba. Era absurdo, allí fuera solo había árboles y oscuridad.

Sobre la cama estaba el camisón que la tía Daphne le había hecho.

Se desnudó y lo contempló un momento, pensativa, antes de ponérselo.

La tela era ligera, con un bordado sutil en el escote y una fina cola que se deslizaba tras ella, como una estela etérea.

Se cubrió con la bata a juego, de mangas largas y translúcidas.

A un lado de la estancia había un viejo espejo de pie.

Sus ojos, grandes y claros, parecían aún más profundos bajo la luz fría de la luna.

Su piel era pálida, casi fantasmal, lo que hacía que la zona bajo los ojos pareciera amoratada.

El pelo le caía en cascada hasta más abajo de la cintura; tenía una melena densa y ondulada de un tono dorado apagado, similar al de tía Daphne, aunque el suyo no tenía brillo.

La gente siempre la miraba con cara de lástima al verla junto a su madre, que tenía una belleza llamativa, de esas que te hacen girarte para volver a mirar. Isadora, con su pelo tan oscuro que parecía reflejar el azul y sus facciones angulosas, era todo lo contrario a ella.

Ethel no era tan guapa, ni tan lista ni tan interesante como las mujeres de su familia.

Intentaba suplir esas diferencias siendo una chica agradable con los demás.

Era lo menos que podía hacer teniendo en cuenta el tipo de persona que era.

Le dio la impresión de que su reflejo mutaba y se reía de ella con una mueca cruel.

Ethel era un borrón gris y apagado. Incolora.

Mirarla era como observar una flor marchita.

Apretó los párpados con fuerza hasta que vio puntos de colores.

Un nuevo comienzo, un lugar donde podría empezar desde cero y donde estaría junto a sus personas favoritas... Todo parecía estar a su favor.

Ahora, bajo la trémula luz de la noche, sus pesadillas y sus miedos la acechaban. Su mente se volvió contra ella, malvada y retorcida, desenterrando sus debilidades, escarbando en sus cicatrices. No podía confiar en sí misma.

Se acuclilló hasta abrazarse las rodillas frente al espejo mientras se rascaba la mano con furia, hasta que se abrió la piel y sangró manchando la delicada tela del camisón.

Trató de recordar los ejercicios que le había enseñado la psiquiatra del hospital. Respirar. Contar cinco cosas que podía ver: el armario, la ventana, los viejos tablones de madera del suelo, la sangre en su piel, el reflejo en el espejo.

Cuatro cosas que podía tocar: el camisón, su propia piel, las vetas del suelo, la herida en su mano.

El escozor la ancló, era algo tangible en lo que podía confiar.

Tres cosas que podía oír: su respiración entrecortada, el viento contra la ventana, un crujido de la mansión, como si estuviese viva.

Dos cosas que podía oler: la cera de las velas, el hierro de la sangre.

Una cosa que podía saborear: su propio miedo, amargo y ácido en su lengua.

Se obligó a respirar, a soltar el aire lentamente. Sus dedos dejaron de arañarle la piel y, con la misma suavidad con la que había empezado a romperse, se abrazó a sí misma.

«Vas a estar bien, Ethel».

Cogió la colcha de la cama y se acurrucó en un rincón hasta quedarse dormida en intervalos de pesadillas.