VEINTIOCHO #3
El corazón me dio un vuelco brutal. Cormac tenía toda la maldita razón del mundo. Estaba siendo una idiota egoísta, llorando en un apartamento vacío, esperando a que el universo arreglara mágicamente los problemas burocráticos de mi novio.
Me giré hacia la tumba de Carson por última vez.
Patrick me había demostrado que estaba dispuesto a dar la vida por sus compañeros, que estaba dispuesto a vaciar su cuenta bancaria por estar cerca de mí, y que me elegiría por encima de todo. No iba a permitir que la burocracia de un parque de bomberos nos separara.
Si Patrick no podía conseguir una plaza para quedarse en el pueblo, entonces sería yo la que hiciera las maletas. Sería yo la que pediría un traslado, renunciaría a mi puesto en la base si hacía falta, y me marcharía a vivir a Portland con él.
✽✽✽
El asfalto de la autopista pasaba volando bajo los neumáticos de mi coche, monótono y gris, mientras los limpiaparabrisas rascaban una llovizna fina que llevaba acompañándome casi todo el viaje.
Apreté las manos alrededor del volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Estaba atacada de los nervios, pero era un nerviosismo eléctrico, vibrante, cargado de un propósito firme.
Hacía apenas veinticuatro horas estaba de pie en el cementerio, llorando frente a la tumba de Carson, dejando que la culpa me comiera por dentro mientras la ausencia del hombre que amaba me asfixiaba.
Pero la charla con Cormac me había abierto los ojos de par en par.
Patrick era insustituible. Él era mi persona. La pieza exacta que me completaba.
No iba a dejarlo marchar.
El tono de llamada del manos libres resonó por los altavoces del coche, sobresaltándome. Miré la pantalla del salpicadero. Era Hannah.
Pulsé el botón del volante para descolgar.
—Dime, cuñada.
— Clover, ¿por dónde vas? —preguntó Hannah, con esa urgencia emocionada y mandona que la caracterizaba.
Miré el cartel verde de la autopista que acababa de dejar atrás.
—Estoy a unos cuarenta minutos de los límites de Portland. El tráfico está bastante despejado.
— Bien. ¿Tienes la dirección exacta del apartamento de Pat?
—La tengo fijada en el GPS, sí.
Escuché a Hannah suspirar de alivio al otro lado de la línea.
— No me puedo creer que lo estés haciendo de verdad —comentó, con una sonrisa evidente en la voz—. Dime una cosa, ¿cómo se tomó el comandante Harris que la jefa de Comunicaciones le plantara una solicitud de permiso indefinido sobre la mesa?
Una pequeña sonrisa tiró de las comisuras de mis labios al recordar la escena en la base aérea hacía un par de horas.
—Fue un poema, Han. Te lo juro —me reí, relajando un poco el agarre sobre el volante—.
Harris ya parecía increíblemente contrariado por algo que le acababan de comunicar por teléfono justo antes de que yo entrara.
No era, ni de lejos, el mejor momento para presentarle los papeles de mi baja, pero no me quedaba otra.
Se puso blanco, luego rojo intenso, y por un momento pensé sinceramente que le iba a dar un ictus ahí mismo.
— ¿Intentó disuadirte?
—Qué va. Parecía que iba a explotar, pero de repente se calmó, firmó la solicitud con una mala leche increíble y me deseó buena suerte para «traer de vuelta a O'Malley». Por lo visto, no era ningún secreto para nadie en esa maldita base lo que yo pretendía hacer.
— Es que era lo que tenías que hacer, Clover. Es lo correcto.
Asentí, aunque ella no pudiera verme. El siguiente paso tras salir del despacho de Harris había sido avisar a mi familia y a Violet, y las reacciones habían sido un circo desigual.
Caleb y Cormac me habían apoyado de forma incondicional. Hannah, por supuesto, había saltado de alegría. Mi padre se había limitado a darme un asentimiento estoico, sin sonreír ni decir una palabra, tragándose sus emociones a la vieja usanza.
—¿Y tu madre? —preguntó Hannah, adivinando mis pensamientos—. ¿Has conseguido hablar con Vera?
—No. No estaba por ninguna parte. La llamé dos veces pero saltaba el buzón, así que le he dejado una nota de voz contándole mis planes y pidiéndole que me llame en cuanto pueda. Ya hablaremos cuando todo se asiente.
— Bueno, lo importante ahora es que llegues de una pieza —sentenció Hannah—. Mi hermano se va a morir cuando abra la puerta.
Miré por el retrovisor interior. Los asientos traseros y el maletero de mi coche estaban cargados hasta los topes con maletas, cajas improvisadas y todas las cosas que Violet me había ayudado a empaquetar a la velocidad de la luz esa misma mañana.
Lo había dejado todo atrás. Y no me arrepentía ni un solo segundo.
—Me pongo nerviosa solo de pensarlo, Han —confesé, sintiendo el aleteo en el estómago—. Pero estoy muy segura de esto. Se acabó huir. Se acabó dejar que él haga todos los sacrificios. Esta vez voy yo a por él. Soy yo la que se queda.
— Esa es mi chica. Llámame en cuanto hayas hablado con él. Y Clover... dale un beso de mi parte a mi hermanito.
—Te lo prometo. Te llamo luego.
Colgué la llamada y el interior del coche volvió a quedarse solo con el sonido de la lluvia y el motor.
Sonreí, acelerando un poco más. Quedaban menos de cuarenta minutos para llamar a su puerta y exigirle que me hiciera un hueco en su diminuto apartamento de Portland. Y en su vida. Para siempre.