Flare (Wildwater Falls 5) VEINTIOCHO #2
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VEINTIOCHO #2

—Lo siento —susurré, con la voz ahogada por el llanto—.

Siento tanto lo que te dije aquella tarde en el jardín antes del accidente.

Fui una estúpida. Ojalá pudiera retroceder en el tiempo.

Ojalá pudiera cambiar mis palabras, o haber podido hablar contigo una última vez para decirte que, en realidad, te quiero.

Que te quiero muchísimo, que te echo de menos todos los días de mi vida y que tu ausencia es un vacío enorme que jamás podré llenar con nada.

Me limpié las mejillas con el dorso de la manga, soltando una risa acuosa.

—Desearía tanto que estuvieras aquí... —murmuré—.

Desearía que pudieras ver a Octavia. Alucinarías con tu sobrina, Carson.

Es un torbellino. Y Caleb y Hannah la adoran.

Ojalá vieras en lo que nos hemos convertido.

A Caleb que es el mejor piloto que he visto jamás, a Cormac que ha salvado más vidas de las que puede contar.

Y a mí que me ascendieron a jefa de comunicaciones con tan solo 24 años.

Eso es un récord, creo. Ojalá pudieras vernos, ojalá pudieras compartirlo con nosotros.

Desearía ver en lo que te hubieras convertido.

Porque eras el chico con más talento que vi jamás y el mundo merecía haber tenido a un Carson Donovan en él.

Acaricié la piedra por última vez.

—Lo siento. Y te quiero.

El sonido de unas botas aplastando la gravilla a mis espaldas me hizo dar un respingo. Me puse de pie rápidamente, limpiándome la cara con torpeza, y me giré.

Era Cormac.

Mi hermano mayor, el mellizo de Caleb, estaba de pie a un par de metros de distancia, vestido con su chaqueta de cuero oscura.

Nos quedamos mirándonos durante un segundo en absoluto silencio.

Cormac escrutó mi rostro y, con su precisión habitual de médico de urgencias, se dio cuenta de inmediato de que había estado llorando.

Acortó la distancia con pasos tranquilos. No dijo nada. Simplemente se paró a mi lado, me pasó un brazo pesado y protector por los hombros y me atrajo hacia él mientras fijaba la vista en la tumba de nuestro hermano pequeño.

Me dejé hacer. Recosté la cabeza contra su hombro, agradeciendo su calor y su presencia.

—Vengo cada día a verlo —confesó Cormac de repente, rompiendo el silencio con su voz grave—. Siempre que los turnos en el hospital me lo permiten, claro.

Levanté un poco la cabeza, sorprendida.

—¿Cada día?

—A veces solo vengo y miro la lápida un par de minutos antes de volver al coche —continuó, encogiéndose de un hombro —.

Otras veces ni siquiera bajo. Me quedo mirándola desde el aparcamiento.

Y otras, las menos frecuentes, me quedo aquí durante horas.

Hablando con él. Contándole anécdotas estúpidas del hospital y resumiéndole mis vivencias de los últimos trece años.

Levanté la vista para mirarlo a la cara.

Cormac mantenía ese perfil estoico, duro e impasible que lo caracterizaba desde que volvió del ejército, pero cuando bajó la mirada hacia mí, vi la emoción cruda brillando en sus ojos turquesa.

Eran los mismos ojos que compartíamos todos los hermanos Donovan. Los mismos ojos que tenía Carson.

—La culpa es una mochila demasiado pesada para haberla llevado a cuestas durante trece años, Clover —murmuró mi hermano mayor.

—¿Hablas de la culpa que cargo yo, o de la que pareces cargar tú? —le pregunté en un susurro.

Cormac esbozó una media sonrisa amarga.

—De ambas.

—Tenemos que intentar encontrar la manera de perdonarnos a nosotros mismos, Mac.

—Eso lleva tiempo —respondió él, volviendo la vista hacia la tumba—. Y yo aún estoy en proceso. No sé lo que tardaré en soltarla del todo.

Me separé un poco de su abrazo, dándome la vuelta para mirarlo de frente.

—La tarde antes de que subiera a ese autobús, me peleé con él —le confesé, soltándole mi secreto a mi otro hermano—. Le grité que lo odiaba, Mac. Esas fueron mis últimas palabras hacia él. Por eso me he odiado a mí misma todo este tiempo.

Cormac me miró con una profunda tristeza, pero no me compadeció. En su lugar, me ofreció una perspectiva que me heló la sangre de una forma diferente.

—Yo ni siquiera lo recuerdo, Clover.

—¿El qué?

—Mis últimas palabras —explicó, endureciendo la mandíbula—.

No recuerdo cuáles fueron las últimas palabras que le dije a Carson.

Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que hablé con él a solas.

Estaba tan jodidamente absorbido por mis planes con el ejército, por mis notas y por mi formación médica, que no prestaba atención a nada que no fuera mi propio futuro.

Cormac se giró por completo hacia mí y me agarró de los hombros con firmeza.

—El tiempo se escurre, Clover —me advirtió, con una urgencia solemne—. Pasa volando. Casi ni te enteras, parpadeas, y ya han pasado trece años desde que tu hermano murió. Y eso es lo que más lamento en esta vida: no recordar lo que hice con él, y no haber tenido más momentos a su lado.

Me quedé paralizada, escuchando la lección más dura que mi hermano había aprendido en su vida.

—No sabes lo que deparará mañana —sentenció Cormac, mirándome a los ojos con la intensidad de quien ha visto a demasiada gente morir en una camilla de urgencias—.

No sabes el tiempo que nos queda en esta tierra.

Y es absolutamente absurdo pasar ese tiempo, sea poco o mucho, lejos de las personas que quieres de verdad.

Cormac me soltó los hombros, dio un paso atrás y me señaló con el dedo índice.

—No dejes escapar a la persona que amas, Clover. No repitas mis errores.

Me quedé de piedra en medio del sendero de gravilla mientras Cormac se daba la vuelta y se alejaba hacia la salida del cementerio. Él sabía porqué estaba así, sabía que Patrick se había marchado y me conocía lo suficiente como para ponerme las pilas.

«El tiempo se escurre».