VEINTIOCHO
Patrick
P ortland era como una cárcel.
Llevaba exactamente dos días en la ciudad y la odiaba con toda mi alma.
El pequeño apartamento de una sola habitación que durante los últimos años había llamado hogar, ahora me parecía una simple caja de zapatos vacía; un lugar al que llegar rendido de madrugada para tumbarme a mirar el techo y pensar en Clover.
Lo único que me había arrancado alguna sonrisa desde que crucé la frontera del condado habían sido las videollamadas con ella.
Pero, siendo sinceros, estaban siendo breves y un poco torpes.
Los dos nos echábamos tantísimo de menos que dolía demasiado, y había muy poco que pudiéramos decirnos salvo eso.
Clover no quería echarme nada en cara, se esforzaba por sonreír, y yo me sentía como un auténtico inútil por no saber cómo consolarla ni cómo solucionar esta situación de forma inmediata.
Así que, conduciendo de vuelta a casa tras mi segundo turno en el parque de bomberos, había tomado una decisión.
Iba a hacer todo lo humanamente posible para acelerar mi regreso a Wildwater Falls.
Necesitaba cerrar mi etapa en Portland, rescindir el alquiler, meter mis cosas en cajas y buscar un trabajo allí.
Me daba exactamente igual si no era en rescate vertical.
Como si tenía que ponerme de recepcionista en el dojo de Violet; iba a volver con mi muñeca.
Entré en el apartamento arrastrando los pies y me quité la chaqueta del uniforme.
Eran apenas las diez de la mañana. Acababa de sobrevivir a un turno de doce horas mortalmente aburrido, de esos que te secan el cerebro; solo habíamos recibido un aviso de madrugada y resultó ser una estúpida falsa alarma por humo en una cocina.
Tiré las llaves sobre la encimera y revisé la pantalla del teléfono.
Ninguna llamada perdida. Ningún mensaje de Clover.
Sentí una punzada de decepción en el pecho. Sabía que estaría ocupada en la base, pero mi cerebro adicto a ella necesitaba su dosis de buenos días.
Suspiré, me froté la cara con las dos manos y abrí la nevera para buscar algo que sirviera de desayuno.
Estaba vacía. Aún no había ido a hacer la compra y sinceramente, no tenía muchas ganas de las cosas domésticas, porque las cosas domésticas significaban vivir ahí, estar cómodo, hacerlo un hogar.
Y mi hogar no estaba en Portland. Ya no. Quizá jamás lo estuvo.
Dos golpes secos y elegantes en la puerta me hicieron girar la cabeza.
Fruncí el ceño, extrañado. Solo mis padres sabían que había regresado a Portland, y a las diez de la mañana de un miércoles, ambos estaban ocupados. Me acerqué a la entrada, quité el pestillo y abrí la puerta.
Me quedé de auténtica piedra. Al otro lado del umbral estaba la última persona en el universo que yo esperaría ver en mi rellano.
Vera Donovan estaba de pie frente a mí, envuelta en un abrigo oscuro impecable, sosteniendo su bolso con ambas manos.
—Hola, Patrick —me saludó, con una educación serena.
Parpadeé un par de veces, asegurándome de que no estaba alucinando por la falta de sueño.
—Hola —fue todo lo que atiné a responder, con voz ronca.
—¿Puedo pasar? —preguntó ella.
—Sí... sí, claro. Pasa. —Me aparté a un lado, aún completamente aturdido, y le hice un gesto hacia el interior del apartamento—. Lo siento por el desorden. Solo puedo ofrecerte un café soluble o un vaso de agua; hace poco que he regresado y no he hecho la compra.
Vera negó con la cabeza suavemente.
—No te preocupes. No necesito nada.
Se quedó de pie en el centro del pequeño salón, escrutando el espacio, mientras yo cerraba la puerta.
—¿Cómo has sabido encontrarme, Vera? —le pregunté, cruzándome de brazos, sin poder ocultar mi confusión.
—Se lo pregunté a tu madre. Llamé a Mary esta misma mañana —respondió con naturalidad.
Seguía alucinando. ¿Vera Donovan llamando a mi madre para pedirle la dirección de mi apartamento en Portland y conduciendo tres horas solo para plantarse en mi salón?
Ella rompió el tenso silencio que se había instalado entre los dos.
—He venido a verte porque entiendo que hay una conversación pendiente entre nosotros, Patrick. Sobre lo que pasó hace un par de semanas en casa de Caleb.
Asentí despacio, midiendo mis palabras, sin saber muy bien por dónde quería llevar la charla.
Vera se soltó el botón del abrigo y me miró directamente a los ojos. No había rastro del odio de antaño en su mirada. Solo había cansancio y una sinceridad desarmante.
—Me perdí tras la muerte de Carson —empezó, con la voz templada —.
Me perdí para mis hijos, para mi marido y para mi nieta.
En medio de toda esa tragedia, yo necesitaba encontrar culpables.
Necesitaba encontrar responsables para la pérdida de mi hijo porque el vacío era insoportable.
Y, lamentablemente, tu familia estaba justo en medio de la diana.
Mantuve la mandíbula apretada, escuchándola en silencio.
—Patrick, quiero que sepas que jamás tuve la intención premeditada de que los O'Malley abandonaran el pueblo —confesó Vera, bajando un poco la vista—.
Jamás quise poner a medio Wildwater Falls en vuestra contra.
Reconozco que la situación se me fue de las manos por completo, pero estaba tan ciega en mi necesidad de encontrar un motivo, una razón y un por qué a la muerte de mi hijo, que jamás fui consciente de que estaba provocando unas consecuencias tan horribles para vosotros.
Descrucé los brazos y solté un suspiro cansado.
—Vera... jamás hay una buena razón, un por qué o un motivo para la muerte o la pérdida de un ser querido —le dije, con la voz grave, hablándole como el rescatista que había visto la muerte de cerca—.
Es algo injusto, doloroso y profundamente traumático.
Pero no tiene por qué ser razonable. Simplemente pasa.
Vera esbozó una sonrisa triste, casi melancólica, y asintió despacio.
—A pesar de tu juventud, Patrick, tienes mucha más inteligencia emocional de la que yo he tenido en toda mi vida.
Dio un paso hacia mí.
—Lo que pretendo al venir a verte hoy es disculparme.
Es una disculpa que ya le expresé a Hannah en su momento, cuando Caleb y ella se afianzaron como pareja, y que también les pedí a tus padres más tarde.
Pero me he dado cuenta de que jamás te la había pedido a ti.
Y te la debo. Porque eras solo un niño, y por mi culpa también perdiste todo tu mundo, tu hogar y tu seguridad.
Tragué saliva, sintiendo cómo el resentimiento que había guardado hacia ella durante años empezaba a disolverse de verdad.
—También perdí a la persona que más me importaba —añadí en voz baja—. A Clover.
Vera asintió con firmeza.
—Por eso mismo estoy aquí —sentenció—. No repitas el mismo error que yo.
Por muy temporal que sea esta situación en la que estáis Clover y tú, cuando amas a alguien de verdad y has perdido tanto tiempo para estar con esa persona, es de completos idiotas desperdiciar más tiempo por supuestas responsabilidades laborales.
Me quedé parpadeando, asombrado por el sermón de la matriarca de los Donovan.
—Pensaba que desaprobabas por completo mi relación con Clover —admití.
Vera soltó una risa corta, casi divertida.
—Entiendo perfectamente que puedas pensar así de mí —le quitó hierro al asunto—. Pero en realidad, Patrick, lo que desapruebo profundamente es que no estés allí, con mi hija, para hacerla feliz.
El impacto de sus palabras me dejó sin aliento. Me estaba dando su bendición. Más que eso, me estaba exigiendo que volviera a casa.
Solté el aire, asintiendo.
—Lo comprendo, Vera. Y te aseguro que estoy intentando solucionarlo lo más rápido posible.
—Hazlo más rápido —me aconsejó ella, dándose la vuelta hacia la puerta—. Nos vemos en Wildwater Falls, Patrick.
—Buen viaje de vuelta, Vera.
Se marchó, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave.
Me quedé solo en el salón. Di dos pasos hacia atrás y me dejé caer pesadamente sobre el sofá, pasándome las manos por el pelo, completamente alucinado y superado por la visita surrealista que acababa de tener. No me esperaba absolutamente nada de esto.
Y justo en ese momento, el teléfono móvil que había dejado en la encimera empezó a sonar con insistencia.
Me levanté de un salto, crucé la cocina y agarré el aparato.
Al ver el identificador de llamadas en la pantalla, el corazón se me disparó en el pecho a doscientas pulsaciones por minuto. No era Clover. Pero era igual de importante.
Descolgué inmediatamente.
—¿Diga? —saludé, con la voz contenida por la tensión.
Escuché la voz al otro lado de la línea. Y las siguientes frases que resonaron en mi oído no solo me dejaron más alucinado todavía que la visita de Vera, sino que hicieron que la sonrisa más gigantesca, arrogante y aliviada de la historia se dibujara lentamente en mi cara.
✽✽✽
Clover
El viento frío barría las hojas secas por los senderos de gravilla del cementerio de Wildwater Falls. Caminé con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, esquivando los pequeños charcos que había dejado la tormenta del día anterior, hasta que me detuve frente a la lápida de granito gris.
Carson Donovan - Amado hijo y hermano
Me quedé un minuto entero en silencio, simplemente mirando su nombre grabado en la piedra, escuchando el crujido de los árboles a mi alrededor.
Solía venir a visitarlo siempre por su cumpleaños o en fechas muy señaladas, como el aniversario del accidente, pero la verdad era que llevaba muchos meses sin sentarme a charlar con él.
—Hola, bicho raro —lo saludé, con un hilo de voz que se rompió en la última sílaba.
Me arrodillé en la hierba húmeda y apoyé una mano sobre la lápida fría.
—Se ha ido —le confesé, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas al pronunciarlo en voz alta—. Patrick ha vuelto a Portland. Y le echo tanto de menos que siento que me ahogo, Carson. A él... y a ti. Os echo mucho de menos a los dos.
Apreté los labios, dejando que las lágrimas cayeran libremente. Mi madre ya me había perdonado, pero necesitaba decírselo a él. Necesitaba que lo escuchara, estuviera donde estuviera.