VEINTISIETE #3
—Dímelo a mí —asintió—. Imagínate el día que tu hermano Cormac se plantó en la cocina y me dijo que quería alistarse en el ejército.
O cuando Caleb me anunció que iba a entrar en la academia de vuelo para convertirse en piloto de rescate, igual que tu padre.
Eran mis peores pesadillas haciéndose realidad uno por uno.
—¿Y Carson? —me atreví a preguntar, en un susurro.
Los ojos de mi madre brillaron con lágrimas contenidas, pero no apartó la vista de mí.
—Carson era diferente a tus hermanos —explicó, con la voz llena de un cariño nostálgico y sincero—.
Tenía un espíritu mucho menos aventurero.
Era más sosegado, con esa vena artística que lo convertía en un niño muy especial...
y por eso era mi niño bonito. —Vera se inclinó un poco hacia delante, apresurándose a aclararlo—.
Clover, no es que lo quisiera más que a vosotros.
Jamás. Pero sí era con el que tenía más afinidad.
Era el hijo que me daba menos dolores de cabeza, el que sentía que encajaba en esa vida segura que yo quería.
Me quedé en silencio, asimilando esa verdad. Vera bajó la vista hacia sus manos.
—Pero sé que empezó a torcerse —admitió mi madre, y esa confesión era el acto de expiación más grande que Vera Donovan había hecho en su vida—.
Sé que, antes del accidente, Carson empezó a ir con malas compañías.
Esos chicos populares del instituto que se metían en peleas y hacían bullying a los demás.
Sé en lo que se estaba convirtiendo. Y sé, en el fondo de mi corazón, que si tú le gritaste «Te odio» aquella tarde en el jardín, seguramente fue por algo relacionado con eso.
Mi hija pequeña, la niña con el sentido de la justicia más fuerte de toda la familia, no diría algo así sin un buen motivo.
El dique de mis emociones se resquebrajó.
—Fue por eso —confirmé, asintiendo frenéticamente mientras las lágrimas empezaban a nublarme la vista—. Se peleó con Logan aquella tarde, y yo odiaba que hiciera eso. Odiaba cuando Carson se metía con otros chicos, especialmente con Hannah, con Logan y con el resto...
Me cubrí la boca con la mano, ahogando un sollozo.
—Lo siento mucho, mamá. Siento en el alma haberle dicho esas últimas palabras y que... que después se muriera sin poder solucionar las cosas con él. Lo siento muchísimo.
Vera se levantó de su sofá, se sentó a mi lado y, con una firmeza llena de amor, me apartó las manos de la cara.
—Clover, mírame —me ordenó con dulzura—.
No es a mí a quien debes pedirle disculpas.
Ese peso inmenso de la culpa lleva asfixiándote trece años.
Trece años, cariño. Debes liberarte de él.
Tienes que encontrar la maldita forma de perdonarte a ti misma, porque te aseguro, conociendo a tu hermano, que Carson sabía perfectamente que esas palabras no las decías en serio.
Carson murió sabiendo que su hermana pequeña en realidad lo quería con toda su alma.
Lloré con una fuerza brutal, desgarradora, soltando el ancla negra que llevaba arrastrando en el fondo del pecho desde que era una niña.
Me lancé a los brazos de mi madre. Vera me envolvió contra su pecho, acariciándome el pelo, besándome la frente y meciéndome como no lo había hecho desde que era pequeña.
—Perdóname tú a mí, Clover —me susurró Vera, llorando conmigo, apretándome con desesperación—.
Perdóname por haberme ahogado en mi dolor.
Por haberos ignorado y abandonado después de la muerte de Carson.
Es lo que más lamento en esta vida, junto con haberme perdido los primeros diez años de la vida de mi nieta Octavia. He sido una cobarde.
—Estás perdonada, mamá —gemí contra su abrigo, abrazándola más fuerte—. Estás perdonada.
Nos quedamos así durante un largo rato, llorando, sanando y reconstruyendo en un solo sofá lo que la tragedia había dinamitado hacía más de una década.
Poco a poco, los sollozos se fueron calmando. Vera me secó las lágrimas de las mejillas con sus pulgares, respiró hondo para recomponerse y, recuperando un poco de su habitual firmeza elegante, miró a su alrededor.
—Y bien... ¿dónde está tu novio? —me preguntó—. Porque creo que también tengo una conversación pendiente con Patrick.
La mención de su nombre hizo que el nudo en mi garganta volviera a cerrarse. La angustia me golpeó de nuevo y el llanto regresó a mis ojos.
—Pat se ha marchado a Portland, mamá —le confesé, sintiéndome repentinamente agotada.
Le conté toda la situación a trompicones: la falta de plazas en Wildwater Falls, la necesidad de Pat de mantener su trabajo, la vuelta a su base esta misma mañana y los meses separados que teníamos por delante.
—Lo echo muchísimo de menos —terminé, escondiendo la cara entre las manos—. Y no sé cómo voy a poder soportarlo, mamá. Es demasiado.
Sentí las manos cálidas y firmes de Vera agarrándome por los hombros con autoridad.
—Basta de llanto, Clover —me ordenó mi madre.
Su tono no admitía réplicas; era el tono de la matriarca de la familia, alzándose para sostener a los suyos—.
Eres una Donovan. Somos fuertes, somos resilientes y luchamos por lo que amamos.
Si él es el hombre adecuado, la distancia será solo un trámite. Y todo saldrá bien.