VEINTISIETE #2
—No puedo quedarme sin trabajo —me explicó, con los ojos brillantes—.
Todos los ahorros que tenía me los he gastado en pagar la instrucción de esta academia y en mantenerme estos meses para poder estar cerca de ti.
Si renuncio ahora a Portland, pierdo mi plaza, mis ingresos y cualquier oportunidad de conseguir buenas referencias para entrar en tu base. Tengo que hacerlo bien.
—Las relaciones a distancia no funcionan, Pat —sollocé, odiando mi propia vulnerabilidad, aterrorizada ante la idea de volver a mi apartamento vacío—. Son una agonía.
—Nosotros lo haremos funcionar —sentenció él, con una fe inquebrantable—.
No va a ser para siempre, Clover. Es solo un tiempo.
Además... —Pat dudó un segundo, pasándome el pulgar por la mejilla mojada—.
Quizá esta distancia te venga bien para solucionar las cosas con Vera.
Necesitas espacio para arreglar la cagada que cometí al soltar tu secreto delante de ella sin querer.
Negué con la cabeza, frustrada, y le agarré las manos.
—Yo no necesito distancia de ti, Patrick O'Malley. Te necesito a ti.
El rostro de Pat se contrajo. Estaba tan desolado como yo. Quería quedarse tanto como yo quería que se quedara, pero sus responsabilidades de adulto y su sentido del deber lo ligaban a Portland, al menos durante los próximos meses.
—Planificaremos todos los fines de semana —me prometió, juntando su frente con la mía—. Nos encontraremos a medio camino. Y vendré a Wildwater Falls en todos y cada uno de los putos permisos que consiga. No me vas a perder, Clover. Te lo juro.
Odiaba aquella situación. Odiaba la distancia, odiaba la maldita burocracia de los presupuestos cerrados que no le daban un puesto en mi base, y odiaba la sensación asfixiante de que lo estaba perdiendo entre los dedos justo cuando habíamos sobrevivido a la montaña.
Pero la parte racional de mi cerebro sabía que estaba fuera de nuestro control. Hasta que el comandante Harris o el parque del condado abrieran una vacante, Pat debía regresar y resolver su vida.
Tragué saliva, resignándome a la realidad.
—¿Cuándo tienes que irte? —le pregunté, con un hilo de voz.
Patrick cerró los ojos y apoyó la mejilla contra mi sien.
—El lunes tengo que presentarme en la estación de bomberos de Portland a primera hora del turno.
El mundo se me vino encima. Solo nos quedaban dos días. Cuarenta y ocho horas antes de que mi apartamento volviera a quedarse en silencio. Estábamos destrozados, abrazados en medio de la cocina, asumiendo que la separación era absolutamente inevitable, aunque fuera temporal.
✽✽✽
El lunes por la mañana, el apartamento estaba sumido en un silencio ensordecedor.
Abrí los ojos y me encontré sola en mi cama. Eran las ocho pasadas, una hora en la que Violet ya estaba sudando en el dojo, y el lado del colchón donde Patrick había dormido la última semana estaba frío y perfectamente estirado.
Él se había marchado el día anterior. La despedida en el aparcamiento había sido un suplicio de besos desesperados, promesas susurradas contra el cuello y lágrimas que no pude contener.
Fue increíblemente duro. Sabía que su marcha a Portland era temporal, que lo hacía para poner su vida en orden y buscar un traslado limpio, pero la opresión en mi pecho no entendía de lógica.
Sentía que lo estaba perdiendo. Tenía un nudo en la garganta instalado de forma permanente y, mirando el techo de mi habitación, no tenía ni la más remota idea de cómo iba a soportar estar lejos de él durante los próximos meses.
Cuando Pat llegó a su apartamento en Portland anoche, me hizo una videollamada. Intentó bromear sobre las maletas que aún tenía sin abrir y el polvo de sus muebles para destensar la situación, pero la pantalla no ocultaba sus ojeras ni la tensión de su mandíbula. Estaba tan destrozado como yo.
Me di la vuelta en la cama. Hoy no tenía turno en la base, pero deseaba con todas mis fuerzas estar trabajando. Quería ahogarme en las emergencias del condado para olvidar esta soledad asfixiante, para ahogar el impulso irracional de coger el coche y conducir tres horas hasta Portland.
Agarré la almohada de Pat, hundiéndome en ella. Aún conservaba un leve rastro de su olor. Cerré los ojos y dejé que se me escaparan un par de lágrimas más.
El zumbido del móvil sobre la mesita de noche me hizo abrir los ojos de golpe.
Lo agarré con torpeza. Era un mensaje suyo.
Mi Pat: Buenos días, muñeca. De camino a la estación de bomberos. Deséame suerte. Te echo de menos.
Me tragué un sollozo, tecleando a toda velocidad con los pulgares temblorosos.
Clover: Toda la suerte del mundo en tu turno. Lo harás genial. Te quiero mucho .
Mi Pat: Te llamo en cuanto salga. Te quiero .
Dejé el móvil sobre las sábanas. Estaba hecha una mierda, pero no podía quedarme en la cama pudriéndome de pena. Me obligué a levantarme, me metí en la ducha bajo el agua ardiendo hasta que la piel se me puso roja y me puse unos vaqueros cómodos y un jersey holgado.
Salí a la cocina con la intención de prepararme un café muy cargado, cuando un golpe seco en la puerta principal me detuvo a medio camino.
Fruncí el ceño. Nadie que yo conociera vendría a visitarme un lunes a las nueve de la mañana sin avisar. Caminé por el pasillo, quité el cerrojo y abrí la puerta.
Me quedé absolutamente atónita.
Mi madre, Vera Donovan, estaba de pie en el descansillo. Iba impecable, como siempre, envuelta en un abrigo de lana color cámel y con el bolso colgado en el antebrazo. Pero su postura no era la de mujer altiva que solía ser. Esbozó una sonrisa ligera, tremendamente precavida, y me miró a los ojos.
—Hola, Clover —saludó, con voz suave—. ¿Puedo pasar?
Parpadeé un par de veces, saliendo de mi estupor, y me aparté a un lado.
—Sí... sí, claro, mamá. Pasa.
Le ofrecí un café, que ella aceptó agradecida.
Preparé dos tazas en silencio, sintiendo cómo el corazón me martilleaba en las costillas.
Llevé las tazas al salón. Nos sentamos cada una en un sofá, frente a frente, separadas por la mesa de centro.
El ambiente estaba tan cargado de tensión que casi costaba respirar.
No podía soportarlo más. Tenía que arrancar la tirita.
—Mamá... —empecé, con la voz temblorosa, agarrando mi taza con ambas manos—. Lo que oíste en el porche el otro día... Yo quiero explicarte cómo fue...
—No, Clover —me interrumpió Vera, alzando una mano con delicadeza—. En realidad, no importa.
Me callé de golpe. El miedo me atenazó la garganta. Estaba aterrorizada. Pensé que había venido a juzgarme y a desterrarme de su vida con la misma frialdad con la que había castigado a Caleb durante trece años.
Vera dejó su taza de café intacta sobre la mesa. Se aclaró la voz y me miró con una profundidad y una vulnerabilidad que jamás le había visto.
—Durante estos últimos días, me he encerrado a pensar —confesó, entrelazando las manos sobre su regazo—.
He meditado mucho sobre todo lo que escuché.
Pero esta vez, lo he hecho desde la calma y la perspectiva que te dan los trece años que han pasado desde el accidente del autobús escolar.
Ya no soy la mujer cegada por el dolor que era entonces.
Soltó un pequeño suspiro y me sostuvo la mirada.
—Clover, yo conozco a mis hijos. Sé perfectamente que he sido una madre muy exigente.
Estricta, sobreprotectora y, en muchas ocasiones, seguramente parecía fría e intransigente.
Pero todo lo que hacía... cada límite que os ponía, siempre se movió por el mismo motor: el miedo a perderos.
Ese miedo me paralizaba. No me dejaba ser una madre normal.
No os dejaba vivir en libertad ni cometer vuestros propios errores, porque siempre quise para vosotros una vida calmada y segura.
Fruncí el ceño, procesando sus palabras con una mezcla de sorpresa y amargura.
—Mamá, eso es exactamente todo lo contrario a lo que somos nosotros.
Vera soltó una risa irónica, pero increíblemente suave, reconociendo la derrota.