VEINTISIETE
Clover
Me abroché el último botón plateado de la chaqueta de mi uniforme de gala frente al espejo de nuestra habitación, dejando que la mente vagara por los últimos siete días.
Había sido una semana consumida por el papeleo, las auditorías y la burocracia.
El desastre de aquel simulacro había provocado que todos los protocolos de la base y de la academia se pusieran a prueba y se revisaran a fondo; un doble desprendimiento de esa magnitud en una zona balizada no debió suceder jamás.
Patrick, por su parte, se había volcado en cuerpo y alma en su equipo.
Había pasado horas interminables en las oficinas de la academia redactando informes y el resto del tiempo en el Hospital Regional, asegurándose de que su compañero crítico saliera adelante.
Y lo había hecho. Tras angustiosos días en la UCI, el cadete estaba fuera de peligro, lidiando tan solo con un tobillo roto y una muñeca dislocada.
Aquella experiencia al borde del abismo había forjado una hermandad inquebrantable entre los seis cadetes.
Ahora eran una piña. Sabían perfectamente que habían estado a punto de morir en esa pared de roca y que solo su preparación los había salvado.
Pero en medio de todo ese caos, nuestra vida personal había quedado suspendida en un limbo extraño.
Llevábamos siete noches durmiendo juntos en nuestra cama, pero no habíamos vuelto a hacer el amor.
No había habido grandes declaraciones ni charlas profundas sobre lo que pasó en el porche.
Simplemente, cuando apagábamos la luz, nos aferrábamos el uno al otro con una fuerza desesperada, enredando las piernas y abrazándonos hasta quedarnos dormidos, como si necesitáramos comprobar a través del tacto que seguíamos vivos.
Sabía que esa charla pendiente no podía retrasarse mucho más. Hoy era el día de su graduación. Y el elefante en la habitación era innegable: el capitán de bomberos de Portland llevaba toda la semana llamando a Pat para fijar la fecha exacta de su reincorporación al parque.
Suspiré frente al espejo, alisándome las solapas de la chaqueta. Tampoco había podido solucionar mi parte de desastre familiar.
No había hablado con mi madre desde que huyó de la casa de Caleb.
Me había mantenido alejada por miedo al rechazo, y la única vez que reuní el valor para ir a casa de mis padres a intentar hablar con ella, mi padre me interceptó en la puerta.
Me había agarrado de las manos y me había pedido paciencia.
—Dale tiempo, Clover. Necesita asimilar todo lo que escuchó. No quiere cometer el mismo error de hace trece años y alejar a otro de sus hijos por no saber gestionar el dolor.
Así que no me quedaba otra que esperar a que Vera estuviera preparada para enfrentarse a mí.
—Joder.
La voz ronca de Patrick desde el umbral de la puerta me sacó de mis pensamientos.
Me giré. Estaba apoyado en el marco, vestido con su uniforme azul marino de gala de los bomberos de rescate. Le quedaba como un guante, marcando la anchura de sus hombros y su postura erguida.
—Eres, sin lugar a duda, la mujer más sexy que he visto en toda mi vida con ese uniforme, Jefa de Comunicaciones —dijo, recorriéndome de arriba abajo con una intensidad que me hizo arder la piel.
Me eché a reír, soltando de golpe toda la tensión acumulada de la mañana, y di un par de pasos hacia él.
—Tú tampoco te quedas atrás, O'Malley —le repliqué, ajustándole el cuello de la camisa con las dos manos—. Estás guapísimo. Sexy a rabiar. Con esa sonrisa canalla tuya y esa mirada de macarra encantador... estás para comerte.
Pat ladeó su sonrisa, acercó las manos a mi cintura y me atrajo hacia él. Me puse de puntillas y le di un beso lento y profundo.
En ese preciso instante, la pantalla de su teléfono se iluminó sobre la cómoda de la habitación, acompañada de una vibración larga y persistente.
Me separé un poco para mirar. El identificador de llamadas era claro:
Capitán Thorn - Portland.
Vi cómo la mandíbula de Pat se tensaba. Hizo una mueca de fastidio, pero en lugar de ignorarla, alargó el brazo y descolgó, sin apartarse de mí.
Hice un ligero movimiento para dar un paso atrás y dejarlo a solas, pero Pat negó con la cabeza al instante. Me agarró de la mano, entrelazando nuestros dedos con firmeza, anclándome a su lado.
—Capitán, buenos días —saludó Pat, con un tono escrupulosamente respetuoso—. Sí, señor. La ceremonia es en un par de horas.
Me quedé quieta, escuchando solo su parte de la conversación. Pat asintió un par de veces, con la mirada clavada en la pared frente a nosotros. Su pulgar acariciaba el dorso de mi mano en un movimiento lento y rítmico.
—Lo entiendo, capitán —respondió finalmente. Hubo una micro pausa. Pat tomó aire y, con una voz calmada pero cargada de plomo, soltó la bomba—: Pero tengo una pregunta. ¿Qué sucedería si decido no regresar a mi puesto?
El corazón se me desbocó contra el esternón.
Abrí los ojos de par en par, mirándole el perfil de la cara.
¿No regresar? En ningún momento de esta última semana me había dado el más mínimo indicio de que estuviera sopesando rechazar su plaza fija en Portland.
Sobre todo cuando el propio comandante Harris me había dejado claro que no había ninguna vacante para él en Wildwater Falls.
Pat escuchó la respuesta de su capitán. Su expresión se endureció por un segundo.
—Comprendo las consecuencias, señor —asintió Pat, con sequedad—. Gracias por la claridad. Un saludo.
Colgó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre la cómoda.
Estaba muy serio. Soltó un suspiro largo por la nariz, apretando los labios, y luego bajó la vista hacia mí. Su semblante cambió y me ofreció una sonrisa tranquilizadora que no llegó a borrar del todo la arruga de preocupación de su frente.
Lo miré, conteniendo la respiración, esperando que me explicara qué demonios acababa de pasar y qué significaba esa pregunta para nuestro futuro.
Pero Pat negó con la cabeza y me dio un beso rápido en la frente.
—Después —prometió en voz baja, soltándome la mano para coger las llaves de su camioneta—. Tenemos una graduación a la que asistir, muñeca. Vamos.
✽✽✽
El trayecto de vuelta desde la academia hasta nuestro apartamento transcurrió en un silencio tenso, cargado con el peso de lo inevitable.
La ceremonia de graduación había sido asombrosamente breve, mucho más sencilla y sobria que en años anteriores.
La sombra del CASCADE 24 planeaba sobre el auditorio.
Los protocolos de seguridad de la academia habían fallado, los de la base de rescate estaban bajo una revisión exhaustiva, y el ambiente festivo se había sustituido por un profundo respeto.
Aun así, se habían graduado. Y los únicos tres cadetes que lo habían hecho con honores habían sido Patrick, Molly y Jordan.
Ellos habían sido los auténticos héroes de la montaña.
Habían mantenido con vida a su compañero y a sí mismos en condiciones imposibles.
Por ello, el director de la academia les había prendido una medalla al valor a un lado de sus uniformes de gala.
Los O’Malley, incluida Hannah que había asistido junto a Caleb y el resto del equipo Alfa, no había podido ocultar las lágrimas de orgullo al ver a su hermano pequeño recibir aquel reconocimiento.
Pero las celebraciones habían durado poco. Tras los abrazos de rigor y las fotografías, Patrick se había excusado con todos, alegando cansancio, y me había pedido en voz baja que regresáramos a casa.
Sabía perfectamente por qué. Había llegado el momento de la verdad. La temida charla que llevábamos semanas esquivando acababa de acorralarnos.
En cuanto entramos en el apartamento y cerré la puerta con llave, Pat caminó directo hacia la cocina.
Lo observé apoyándome contra el marco del pasillo mientras él se desabrochaba la chaqueta azul marino del uniforme de gala, liberando los hombros, y se aflojaba el nudo de la corbata y un par de botones de la camisa blanca con movimientos tensos.
Abrió la nevera, sacó una botella de agua fría y se la apoyó un segundo contra la nuca antes de girarse hacia mí.
—¿Quieres algo? —me preguntó, en un tono bajo y cauto.
Negué con la cabeza. Tenía el estómago cerrado y los nervios me devoraban por dentro. Me crucé de brazos, expectante, incapaz de alargar más aquella agonía.
—Por favor, dímelo ya —le supliqué, rompiendo el hielo—. ¿Qué has hablado con tu capitán de Portland esta mañana?
Patrick inspiró con tanta fuerza que el pecho se le ensanchó bajo la camisa. Dejó la botella sobre la isla de la cocina y me miró directamente a los ojos, sin esconderse.
—Necesito regresar a Portland, Clover —soltó, y las palabras cayeron entre nosotros como una losa de plomo—.
Necesito poner mi vida en orden allí. Tengo un contrato fijo con el parque de bomberos del condado, un apartamento de alquiler lleno con mis cosas y toda una vida que no puedo simplemente abandonar de un día para otro con una llamada de teléfono.
El aire se me atascó en la garganta.
—Mi intención es pedir un traslado o solicitar una plaza aquí, en Wildwater Falls, en cuanto se abra una mínima posibilidad —se apresuró a añadir Pat, acortando la distancia entre nosotros—.
Ya sea en la base aérea para rescate vertical o en el parque de bomberos municipal del pueblo.
Me da igual. Aceptaré cualquier cosa que me permita vivir aquí contigo. Te lo juro por mi vida.
No me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que el primer sollozo se me escapó de los labios. La primera lágrima me resbaló por la mejilla, trazando un surco caliente.
—Eh... no, no llores. Muñeca, por favor.
Pat cubrió el espacio que nos separaba en dos grandes zancadas y me envolvió entre sus brazos, apretándome con una fuerza desesperada contra su pecho. Hundí la cara en su camisa, aferrándome a la tela de su uniforme.
—Solo serán unos meses —me susurró contra el pelo, acariciándome la espalda—. El tiempo justo para cerrar mis obligaciones allí y conseguir un traslado limpio. Clover, mírame.
Me obligó a levantar la barbilla con suavidad.