VEINTISÉIS #3
Di un pequeño respingo y levanté la vista, limpiándome la cara con el dorso de la manga. El comandante Harris estaba de pie a mi lado. Me dio un ligero pero significativo apretón.
—Vete, Donovan —me ordenó, con un tono extrañamente suave—. Tu turno ha terminado. Vete al hospital a esperar a los cadetes.
Lo miré durante un segundo, sorprendida de que me relevara en medio del cierre de una emergencia masiva, pero no perdí el tiempo discutiéndolo. Asentí, agarré mi chaqueta de la silla y salí corriendo de la sala de control sin mirar atrás.
Tardé exactamente ocho minutos en llegar al Hospital Regional de Wildwater Falls. Conduje mi coche ignorando un par de límites de velocidad, derrapando en el aparcamiento de urgencias y corriendo hacia las puertas automáticas.
El vestíbulo era un caos de enfermeros preparando el triaje masivo para los cadetes que llegarían por tierra.
Crucé corriendo, saludando con un gesto rápido y fugaz a Georgia y a Savannah, que ya estaban equipadas y dando órdenes en urgencias.
No me detuve. Corrí por los pasillos hasta el ascensor restringido del fondo y pulsé el botón de la planta de quirófanos, la única que daba acceso directo a la escalera del helipuerto.
Cuando las puertas metálicas se abrieron en la planta superior, vi a Hannah.
Mi cuñada estaba apoyada contra la pared del pasillo, vestida con su pijama quirúrgico, cabizbaja y con los brazos cruzados sobre el pecho.
En cuanto dije su nombre en un jadeo, se enderezó.
Sus ojos estaban enrojecidos; era evidente que también había estado llorando de terror por su hermano y por su marido.
Corrí hacia ella y nos fundimos en un abrazo desesperado.
—Me acaban de comunicar por radio con la cabina de Caleb —me susurró Hannah contra el pelo, apretándome con fuerza—. Están a veinte minutos.
—Va a ser una espera eterna —gemí, separándome un poco para mirarla a los ojos.
Hannah asintió, frotándose los brazos.
—Clover, ¿qué ha pasado exactamente en esa montaña? —me preguntó, con la voz rota—. ¿Cómo se ha ido todo a la mierda tan rápido?
Negué con la cabeza, aún superada por el caos de las últimas horas.
—No lo sé, Han. Todo estaba medido. Teníamos los partes, los protocolos, la logística... Todo estaba calculado al milímetro y parecía completamente seguro. Pero la montaña no perdona. En cuestión de un segundo, todo se vino abajo.
Hannah asintió despacio, tragando saliva, aceptando que a veces no hay más explicación que la puñetera fatalidad.
—¿Has podido hablar con él? —me preguntó en un susurro—. ¿Con Patrick?
Sabía que no se refería a las comunicaciones técnicas de la evacuación.
—Sí —le respondí, sintiendo cómo se me cerraba la garganta al recordar su confesión —. Pero muy brevemente.
No añadí nada más. Nos quedamos en silencio, apoyadas la una en la otra en ese pasillo estéril, contando cada maldito segundo que marcaba el reloj de la pared.
Fueron los veinte minutos más largos de mi existencia.
Hasta que, por fin, el cristal de las ventanas empezó a vibrar. El sonido grave y poderoso de los rotores del Alfa Uno cortó el aire invernal, anunciando su llegada.
Hannah y yo empujamos las puertas dobles y salimos a la carrera hacia la plataforma del helipuerto.
El viento helado y la nieve que el helicóptero levantaba al aterrizar nos azotó la cara, pero no me importó. Caleb posó los patines de la bestia de acero sobre la H gigante pintada en el suelo con una suavidad absoluta, apagando los motores.
La puerta lateral se deslizó desde dentro.
El primero en saltar a la pista fue Ian, apartándose para despejar la salida. Detrás de él bajó Molly, tambaleándose un poco, con la cara manchada de barro.
Y detrás de Molly, bajó él.
Patrick.
Llevaba el uniforme táctico destrozado, cubierto de lodo, nieve y sangre seca. Se le veía absolutamente exhausto, con los hombros caídos y el cuerpo a punto de derrumbarse por el esfuerzo inhumano que acababa de realizar.
Hannah, que estaba a mi lado, se detuvo a un paso de distancia. Asintió hacia su hermano con los ojos llenos de lágrimas, y luego, con una sonrisa trémula, me dio un ligero pero firme empujón por la espalda.
No me lo pensé ni un milisegundo.
Rompí a correr por la pista.
—¡Pat! —grité.
Él levantó la cabeza. Al verme, sus ojos castaños se encendieron. Abrió los brazos justo a tiempo.
Me lancé contra él con una fuerza ciega.
El impacto de mi cuerpo lo hizo retroceder un paso, pero me atrapó, cerrando sus brazos inmensos alrededor de mi cintura y levantándome del suelo.
Hundí la cara en el hueco de su cuello, respirando su olor a sudor, a frío y a vida, aferrándome a su chaqueta como si fuera lo único real en el universo.
No nos dijimos nada. Las palabras eran inútiles. Ese abrazo áspero, desesperado y brutal lo decía absolutamente todo. Estábamos rotos, magullados y aterrorizados, pero estábamos juntos.
Le clavé los dedos en la espalda, enterrando el rostro contra su piel, y supe con una certeza más allá de la razón que no pensaba soltar a este hombre jamás.