VEINTICINCO
Patrick
E l polvo y la tierra tardaron minutos en asentarse. El silencio que siguió al segundo desprendimiento era mucho más aterrador que el rugido de las rocas.
Abrí los ojos, tosiendo, escupiendo la gravilla que se me había colado entre los dientes. Estábamos vivos. La protección del ligero voladizo de piedra de la terraza intermedia había sido el escudo que nos había salvado de ser aplastados.
Me separé de Molly y Jordan. Los tres nos miramos, revisándonos de arriba abajo, buscando fracturas o sangre. Estábamos enteros.
Me asomé fuera de la protección del voladizo y se me encogió el estómago.
La cornisa estaba prácticamente colapsada de rocas, lodo y pinos arrancados.
Los tres maniquíes del simulacro habían quedado sepultados bajo toneladas de escombros, junto con casi todo nuestro equipo técnico de reserva y la mochila de comunicaciones pesada.
Corrí hacia los restos de nuestra equipación, cavando con las manos enguantadas. Extraje la radio de largo alcance. Estaba reventada, con la carcasa partida por la mitad.
—Radio principal inutilizada —gruñí, arrancando el transmisor de corto alcance de mi arnés—. Solo tenemos la banda corta táctica.
Pulsé el botón de transmisión, protegiendo el micro con la mano.
—MUNDO REAL. MUNDO REAL. MUNDO REAL. —Repetí el código de emergencia —. Equipo Uno a control de instructores. ¿Me reciben? Desprendimiento masivo en nuestro sector. Repito, ¿me reciben?
Estática. Silencio absoluto.
—Equipo Uno a Base de Rescate Wildwater —intenté por el canal operativo, aunque sabía que la radio de corto alcance no tenía potencia para superar la topografía del cañón—. ¿Clover, me recibes? ¿Base, me copiáis?
Nada. El aislamiento era total.
—Tenemos que evaluar lo que nos queda —ordenó Molly, asumiendo su rol sin un segundo de duda, sacudiéndose el polvo del chaleco.
Jordan y yo revisamos los anclajes de la pared. El desprendimiento había arrancado de cuajo la línea secundaria, pero los anclajes de la línea principal permanecían tensos e intactos, hundidos en el granito.
—El Equipo Dos estaba trabajando en la pared, a unos cien metros a nuestra izquierda, en una cota ligeramente inferior a la nuestra —recordé —. Voy a asomarme al saliente.
Me arrastré sobre el lodo hasta el borde del abismo.
No había visibilidad por encima de nuestras cabezas, el polvo y la neblina ocultaban la cornisa superior donde estaban los instructores y el tercer equipo.
Y debajo de nosotros, a cincuenta metros de caída libre, el fondo del cañón era una alfombra desoladora de toneladas de roca y barro.
—¡O'Malley, el clima está cambiando! —me gritó Molly desde atrás—. ¡La lluvia se está convirtiendo en nieve y el viento está subiendo de intensidad!
Tenía razón. Los copos helados empezaban a pegarse a nuestras chaquetas técnicas. Estábamos expuestos, las horas de luz se nos iban a acabar pronto y la hipotermia sería letal si nos quedábamos quietos en la puta oscuridad.
—¡Tengo visual! —gritó Jordan de pronto. Estaba asomado al extremo izquierdo de la cornisa, mirando a través de unos pequeños prismáticos tácticos que había salvado del barro—. ¡Allí abajo! ¡En el saliente inferior, a unos quince metros bajo nosotros y sesenta a la izquierda!
Me arrastré hasta la posición de Jordan y le quité los prismáticos.
Enfoqué la lente. El corazón me dio un vuelco.
Un cadete estaba colgando inerte de su arnés en mitad de la pared, completamente inconsciente, balanceándose como un péndulo roto por el viento.
Y justo debajo de él, en una cornisa estrecha cubierta de escombros, alcancé a distinguir la ropa roja y reflectante de un segundo cadete, medio sepultado por la tierra y la roca.
—No responden —mascullé, bajando los prismáticos.
—Puedo trazar una ruta —intervino Molly, que ya estaba analizando la pared con la precisión de una escaladora experta—. Hay un pequeño saliente intermedio que podemos usar de guía. Podemos rapelar en diagonal hasta su altura.
Miré la pared. Era un puto suicidio. La roca estaba mojada, helada y potencialmente inestable; un tercer desprendimiento nos barrería a todos.
Pero si nos quedábamos arriba esperando un rescate que no podíamos solicitar por radio, esos chicos morirían de frío o por la gravedad de sus heridas en menos de una hora.
Eran nuestros compañeros. El riesgo estaba medido, y los tres estábamos sobradamente capacitados para ejecutarlo.
—Vamos abajo —decidí, mirándolos a los dos a los ojos—. Usaremos la línea principal que sigue viva e iremos colocando anclajes químicos de progresión para asegurar la diagonal. Molly, traza la ruta. Yo abriré la línea. Jordan, tú la cierras y llevas el botiquín.
Inicié el descenso. La pared era un bloque de hielo oscuro y resbaladizo. Cada movimiento de mis botas requería una concentración brutal para no resbalar. Molly me guiaba a través de la radio de corto alcance, delineando los agarres más seguros.
Tardamos veinte minutos agónicos en cubrir los sesenta metros diagonales.
Fui el primero en llegar a la altura del cadete colgado.
Me anclé a un saliente cercano, extendí mi propia cuerda y lo aseguré a mi arnés.
Estaba inconsciente, con el casco abollado y la cara pálida como el papel.
Lo estabilicé lo mejor que pude en suspensión, controlé la tensión y lo descendí con cuidado hasta la cornisa inferior, donde Jordan y Molly acababan de aterrizar.
Acomodamos al cadete inconsciente sobre el suelo de piedra y Molly se tiró de rodillas a su lado, abriendo el botiquín.
—Jordan, ayúdame a sacar al otro —ordené, corriendo hacia el cadete semisepultado.
Empezamos a retirar rocas medianas y puñados de barro compactado.
—¡Eh, O'Malley! —Jordan se detuvo, alertado por un sonido, y señaló hacia el hueco que dejaba una pared de rocas apiladas detrás de nosotros—. ¡Hay alguien ahí dentro!
Nos asomamos. El tercer cadete del Equipo Dos estaba acurrucado en una cavidad natural que la montaña había creado al derrumbarse, oculto de la vista, cubierto de polvo pero temblando de frío.
Tardamos quince minutos en liberar al que estaba enterrado bajo el lodo y sacar al tercero de su agujero. Por un milagro, los dos cadetes de la cornisa estaban vivos y milagrosamente ilesos, más allá del shock, los golpes fuertes y los rasguños sangrantes.
—Molly, ¿cuál es el parte? —le pregunté a mi sanitaria, acercándome al cadete inconsciente que habíamos descolgado.
Molly tenía las manos manchadas de sangre, fijando una férula improvisada. Levantó la vista hacia mí. Su expresión era sombría.
—Politraumatismo severo —informó con voz clínica—.
Posible traumatismo craneoencefálico grave.
Tiene una fractura evidente de muñeca y otra en el tobillo.
Las he inmovilizado. Pero lo más importante, Pat...
no consigo que responda a estímulos dolorosos, y sus pupilas están dilatadas. No tenemos mucho tiempo.
Ayudé a Molly a cubrir al herido con dos mantas térmicas, asegurándonos de aislarlo del suelo helado.
—¡Pat! —Jordan levantó una mano, sosteniendo la mochila técnica del Equipo Dos—. Su radio de largo alcance parece estar casi entera. La antena está doblada, pero el cuerpo del transmisor ha sobrevivido. Creo que necesita un reajuste en los bornes.
—Hazla funcionar, Jordan —le ordené—. Es nuestra única línea de vida con la Base de rescate.
Mientras Jordan manipulaba los cables con los dedos entumecidos por el frío, los otros dos cadetes ilesos, aún en shock, intentaban buscar señal con sus transmisores de corto alcance en un rincón de la cornisa.
—Muerte estática por aquí también —informó uno de ellos, con la voz temblorosa—. La pared de roca de este cañón bloquea la frecuencia. No sale nada.
Me pasé las manos enguantadas por la cara, limpiándome el barro.
Estábamos en el punto ciego de la montaña.
No podíamos dar el parte médico a la base.
No podíamos solicitar el apoyo aéreo de trauma.
Y lo más frustrante de todo: no podíamos decirles que seguíamos vivos.
Sabía que Clover, al otro lado, estaría aterrorizada, asumiendo lo peor de esos seis desaparecidos pero trabajando a destajo para localizarnos.
Pero el cañón era inmenso y el helicóptero de rescate iba a necesitar unas coordenadas exactas para bajar la grúa en medio de la ventisca que empezaba a soplar con violencia, o acabaríamos todos estrellados contra la pared.
Miré a mi equipo y a los dos cadetes asustados.
El frío empezaba a calarnos hasta los huesos, pero mantuve mi postura erguida. Los reuní a todos, clavando mi mirada en ellos.
—Escuchadme bien. Todo depende de nosotros ahora mismo —empecé sin dudar, asumiendo el liderazgo —.
Tenemos a un compañero herido al que no podemos dejar solo bajo ninguna circunstancia, y que necesita evacuación médica urgente.
No estamos aquí para hacernos los héroes.
Estamos aquí para poner en práctica todo lo que llevamos meses entrenando.
Señalé a Jordan.
—Tú no pares hasta que esa radio de largo alcance emita un solo tono.
Quiero contacto con la base. Los demás, vamos a montar un campamento, asegurar esta cornisa y mantener al herido caliente cueste lo que cueste.
Nos vamos a mantener vivos. La caballería ya viene de camino, y nosotros vamos a estar listos cuando nos encuentren. ¡A trabajar!
✽✽✽
Clover
La sala de control era un hervidero de tensión. El sonido de los teclados y las alarmas parpadeantes llenaba el aire, pero para mí, todo ocurría bajo el agua.
Las puertas dobles se abrieron de golpe. El comandante Harris entró a grandes zancadas, con el rostro más pálido que de costumbre.
—Actualización de la emergencia, Donovan. Ahora.
Me puse en pie, cuadrando los hombros para que no notara el temblor de mis rodillas.