VEINTICUATRO
Clover
S entada frente a la consola principal del flanco izquierdo de la sala de control, tenía tres monitores desplegados ante mí.
A mi lado, Cross y Davis, mis dos técnicos de comunicaciones de confianza, aguardaban mis órdenes con los auriculares puestos.
Sabía que los cadetes ya estaban agrupados en la academia, con el equipo táctico colgado a la espalda, esperando el pistoletazo de salida.
—Cuadrículas establecidas, jefa —respondió Cross, tecleando con rapidez—. Tenemos los puntos de inserción marcados en la cota de los mil quinientos metros. Los modelos topográficos coinciden.
—Davis, dame la actualización real del parte meteorológico —pedí, cambiando de pantalla—. Quiero márgenes de seguridad precisos. La montaña no sabe que esto es un examen.
—Frente de bajas presiones confirmándose —informó Davis, leyendo los datos del satélite—.
Temperaturas actuales en el cañón de seis grados centígrados.
Viento moderado sostenido, pero dentro de los parámetros de vuelo estacionario.
Se esperan lluvias ligeras intermitentes en la próxima hora y un descenso térmico drástico al caer la noche.
Las condiciones son duras, pero operativamente seguras.
Asentí, conforme. Todo estaba dentro del protocolo.
Pulsé el botón de transmisión del canal interno cifrado.
—Base de rescate a instructores de campo y equipo de seguridad perimetral. Comprobación final de comunicaciones.
— Instructores en posición. Cobertura de radio establecida, Donovan —respondió la voz rasposa del instructor jefe desde la montaña—. Cronología del ejercicio fijada. Equipo de evaluación de anclajes desplegado en las cornisas y listo para intervenir si hay riesgo real.
—Copiado. Todo en verde desde la sala de control.
Solté el botón de transmisión. Teníamos un par de minutos antes de que la línea se abriera para los cadetes. Me eché hacia atrás en la silla giratoria y cerré los ojos un segundo.
El ruido de la sala se desvaneció. Inspiré profundamente, llenando mis pulmones de aire frío y pensé en él.
Visualicé el rostro de Patrick. Vi esa sonrisa suya de chulo macarra, esa forma en la que ladeaba la cabeza cuando sabía que tenía razón, y el brillo castaño y cálido de sus ojos mirándome desde el otro lado del sofá.
Una pequeña sonrisa privada, casi imperceptible, tiró de las comisuras de mis labios.
La angustia de las últimas cuarenta y ocho horas se disipó.
Patrick no me iba a abandonar y yo no iba a dejarlo marchar.
Pase lo que pase, estaríamos bien. Solo teníamos que sobrevivir a este simulacro, sentarnos a hablar como adultos, perdonarnos las torpezas y volver a ser nosotros. Volver a ser Pat y Clover.
Abrí los ojos.
Cuadré los hombros, me ajusté el micrófono de los auriculares.
—Iniciamos CASCADE 24. Abran el canal operativo para la academia —ordené.
Cross deslizó un interruptor en su mesa. Una luz roja se encendió en mi consola, indicando que estábamos emitiendo directamente a las radios de los cadetes.
Apreté el botón de transmisión.
—Atención, equipos de rescate. Aquí Base de Rescate Wildwater. Iniciamos código de emergencia prioritaria. Tenemos un accidente reportado en la garganta del sector norte. Tres técnicos forestales han quedado aislados tras un desprendimiento severo de rocas.
Hice una pausa, dejando que la adrenalina prendiera en los cadetes al otro lado de la línea. Iba a darles exactamente la información justa para obligarlos a pensar bajo presión.
—El informe preliminar indica que un técnico presenta heridas por traumatismo.
Un segundo técnico se encuentra suspendido e inmovilizado en la pared vertical del cañón.
El tercer técnico está desaparecido. Repito, tercer técnico desaparecido.
Las rutas de acceso terrestre están parcialmente bloqueadas por el desprendimiento.
Además, tenemos aviso de empeoramiento climatológico inminente en su sector.
Tienen quince minutos para planificar el despliegue y solicitar transporte. Fin de la transmisión.
Solté el botón. Esa era la única y precaria información que iban a recibir. Ahora, la supervivencia dependía de ellos.
✽✽✽
Patrick
Jordan, Molly y yo formamos un triángulo cerrado en una esquina de la pista de despegue, con las mochilas técnicas a nuestros pies. El cielo empezaba a encapotarse, escupiendo una llovizna fina y helada que nos calaba hasta los huesos.
—Yo asumo el rol de técnico sanitario —se ofreció Molly, ajustándose las correas del arnés—. Vosotros dos os encargáis de la tracción y las líneas.
Asentí sin dudarlo. Confiaba a muerte en Molly. No solo era una de las mejores escaladoras de nuestra promoción, con una agilidad brutal en la pared, sino que haciendo triajes y evaluaciones de trauma bajo presión, tenía el pulso de un cirujano veterano. Éramos un puto equipo ganador.
De repente, el sonido estridente de la alarma de la academia cortó el aire frío de la mañana.
Los altavoces del patio cobraron vida. Una voz técnica inundó el recinto. El corazón me dio un vuelco salvaje contra las costillas y me olvidé de respirar durante un segundo. Era Clover.
— Atención, equipos de rescate. Aquí Base de Rescate Wildwater. Iniciamos código de emergencia prioritaria.
Su voz enumeró la información básica: tres técnicos forestales aislados en la garganta del sector norte tras un desprendimiento.
Un herido, uno suspendido en la pared y un tercero desaparecido.
Accesos terrestres parcialmente bloqueados y aviso de tormenta inminente.
Cortó la transmisión dejándonos solo con eso. Mierda, era buena.
—Conozco la zona —solté al instante, asumiendo el liderazgo táctico y mirando a mis compañeros—.
Wildwater Gorge . Es un terreno muy cabrón.
Es un cañón amplio pero traicionero, lleno de salientes y terrazas intermedias ocultas por el bosque denso donde pueden haber caído.
La piedra va a resbalar como el cristal con esta lluvia y la orografía nos va a crear zonas oscuras sin cobertura de radio.
Molly y Jordan me miraban con atención absoluta.
—Necesitamos una planificación impecable desde el minuto cero —continué, dibujando el relieve mentalmente con las manos—.
Si entramos por abajo, tendremos que escalar la pared de roca mojada durante cincuenta metros.
Es lento, agotador y no veremos a las víctimas hasta tenerlas encima.
Solicito inserción en helicóptero. Vamos a entrar por arriba.
Haremos un descenso en rápel desde la cornisa superior, a favor de la gravedad.
Controlaremos la visión de toda la pared y llegaremos a ellos más rápido.
—Comprado —asintió Jordan, agarrando su casco—. Plan de aproximación vertical.
Nos equipamos a la velocidad del rayo. Comprobamos mosquetones, frenos, cuerdas dinámicas y botiquines. Diez minutos después, el helicóptero de la academia nos elevaba sobre los árboles.
El vuelo duró unos cuarenta minutos. La máquina nos dejó sobre la cornisa superior del cañón, a mil quinientos metros de altitud, con el viento frío azotándonos la cara.
Los otros dos equipos de cadetes habían sido desplegados en sus respectivos sectores; en total, éramos tres escuadras sobre el terreno, buscando objetivos diferentes, luchando contra la misma montaña.
En cuanto los patines tocaron tierra y el helicóptero se retiró, ejecutamos el plan.
Aseguramos el perímetro de la cornisa superior. Jordan y yo montamos las cabeceras, triangulando los anclajes principales y las líneas de vida en los salientes de granito más sólidos que encontramos. Nos asomamos al vacío. Abajo, el cañón era una garganta escarpada y gris.
Tardamos diez minutos en localizarlos. Eran maniquíes realistas y pesados, lastrados con peso humano.
El primer herido colgaba inerte de su arnés en el centro de la pared.
A unos sesenta metros del suelo, en una terraza intermedia estrecha, localizamos al segundo, que simulaba estar inconsciente.
Buscamos al desaparecido desde nuestra posición elevada y lo encontramos atrapado en una terraza inferior, a la que habría sido imposible llegar desde abajo sin perder horas.
Molly cargó con el equipo médico a la espalda, mientras Jordan y yo nos echamos encima el equipo técnico y las férulas de evacuación.
Enganchamos nuestros descensores y nos dejamos caer por la pared, haciendo rápel.
La lluvia nos golpeaba el casco, haciendo que la roca resbalara bajo nuestras botas, pero mantuvimos el ritmo coordinado.
Llegamos a la altura del hombre colgado.
Maniobré para anclarme a su lado, aseguré su peso a mi arnés mediante un sistema de poleas y lo liberé de su cuerda trabada.
Lo descendimos juntos, controlando la fricción, hasta aterrizar los cuatro en la plataforma intermedia donde estaban los otros dos.
—Triaje rápido, Molly —ordené, soltando las cuerdas para darle espacio—. Jordan, monta un triángulo de evacuación, vamos a sacarlos de aquí.
Me acerqué al borde de la plataforma, saqué la radio de mi pecho y busqué señal.
—Base Wildwater, aquí Equipo Uno —transmití, protegiendo el micrófono del viento con la mano—. Aproximación vertical completada. Tenemos a las tres víctimas localizadas y aseguradas en la plataforma de la cota sesenta. Solicitamos evacuación.
La respuesta llegó con la estática, y la voz de Clover sonó tan nítida y profesional que me recorrió la columna vertebral.
— Copiado, Equipo Uno. Evacuación solicitada. —Hizo una pausa táctica, introduciendo la trampa—. Atención: variable meteorológica. El frente ha empeorado. Las rutas de evacuación terrestre por el paso sur acaban de quedar inutilizadas por desprendimientos menores. Actualicen su plan de extracción.
Miré el cielo cerrado. Pensé rápido.
—Base, actualizamos a extracción aérea. Preparando a los heridos para izado con grúa. Requiero helicóptero en posición.