VEINTITRÉS
Clover
E l lunes por la mañana, la sala de control de la base aérea era un hervidero de actividad.
El zumbido de los servidores me recibió como un viejo amigo, pero hoy no fue suficiente para calmar el caos que llevaba por dentro.
Habíamos dividido la sala en dos operativos independientes: el flanco derecho monitorizaría las emergencias reales del condado, mientras que mi equipo, en el flanco izquierdo, se dedicaría en exclusiva a coordinar el simulacro de emergencia masiva para los cadetes de la academia.
Entre ellos, estaría Patrick.
Me froté los ojos, sintiendo la arena de la falta de sueño bajo los párpados.
Llevaba dos noches enteras casi sin dormir.
Desde el desastre en el porche de mi hermano el sábado al mediodía, Pat y yo prácticamente no nos habíamos dirigido la palabra.
El trayecto de vuelta a nuestro apartamento había sido un agujero negro de silencio.
Él había intentado acercarse. Lo vi en la forma en que se quedó de pie en el pasillo, con los hombros hundidos y la voz rota, pidiéndome que lo escuchara.
—Clover, por favor, mírame. Joder, no quería que ella estuviera ahí...— me había suplicado.
Pero yo me había encerrado en mi cuarto.
—No puedo, Pat. Ahora no. Necesito pensar.
Y pensar era lo único que había hecho. Por primera vez en semanas, volvimos a dormir separados, con un océano de mierda entre los dos.
Mi madre tampoco me había cogido el teléfono.
Tras enterarse de la peor forma posible de que lo último que le dije a Carson fue «Te odio», Vera había regresado de golpe a su trato de hielo.
Había salido huyendo de casa de Caleb y Hannah con la respiración entrecortada, sin dar explicaciones a nadie, dejando a mi padre completamente desconcertado en el recibidor.
Tenía pánico de que la torpeza de Pat hubiera deshecho, en cuestión de un minuto, todo un maldito año de avances en la familia Donovan.
El domingo no fue mejor. Hui. Me marché a primera hora al dojo con Violet y me pasé horas golpeando los sacos hasta destrozarme los nudillos, regresando a casa lo más tarde posible para evitar cruzarme con él.
Solo para descubrir por Violet que Pat había hecho exactamente lo mismo: se había refugiado todo el día en casa de Caleb y Hannah.
Sabía que mi hermano intuía algo. Durante todo el domingo, mi teléfono no dejó de vibrar con llamadas de Caleb y de Cormac.
Las ignoré todas. Al final, solo les envié un mensaje escueto:
Clover : Estoy bien. Necesito espacio. Dejad de reventarme el móvil, por favor .
Pero esta mañana, había dicho basta. Necesitaba hablar con él antes de que se subiera al helicóptero para el simulacro de veinticuatro horas.
Me había levantado con esa resolución, pero cuando entré en la cocina, solo encontré a Violet apoyada en la isla, dándole el primer sorbo a su café negro.
—¿Buscas al cadete? —me había preguntado mi mejor amiga, leyendo mi expresión al instante.
—Sí... ¿se ha ido ya?
Violet había suspirado, dejando la taza.
—He oído la puerta de la entrada cerrarse en torno a las cinco y media de la mañana, Clover.
Ahora, ajustando los diales de la consola para el simulacro, sentía una opresión dolorosa en el pecho.
Iba a tener que pasar veinticuatro horas coordinando una emergencia ficticia en alta montaña, dándole instrucciones por radio, escuchando su voz a través de los auriculares, sin haber arreglado las cosas.
Me sentía inmensamente triste, vacía y, en el fondo, un poco traicionada.
Pero la parte analítica de mi cerebro, la que siempre mantenía el control, sabía perfectamente que Patrick O'Malley jamás habría desvelado mi secreto frente a mi madre para hacerme daño de forma intencionada.
Él solo estaba intentando protegerme. Quería hacerme ver que el amor de Vera seguía siendo frío y condicional, y en su afán por defenderme, acabó haciendo el peor daño posible.
—Donovan.
La voz grave del comandante Harris me arrancó de mis pensamientos.
Di un pequeño respingo en mi silla giratoria y levanté la vista de las pantallas. El comandante estaba de pie junto a mi estación de trabajo, con una carpeta bajo el brazo y la misma expresión indescifrable de siempre.
—Sí, comandante. Los canales para el simulacro están casi listos.
—Bien —asintió Harris, pero no se movió hacia la sala de los cadetes—. Deja a Cross al cargo de las consolas un momento. Ven a mi despacho. Necesito una reunión breve contigo antes de que empiece el operativo.
Asentí, le hice una seña a Cross para que me cubriera y seguí a Harris por el pasillo.
El despacho del comandante Harris olía a café recién hecho. Entré, cerré la pesada puerta de madera a mis espaldas y me quedé de pie frente a su escritorio, esperando con las manos entrelazadas a la espalda en posición de descanso.
Harris no se anduvo con rodeos. Dejó la carpeta que llevaba bajo el brazo sobre la mesa y me miró directamente.
—Te he hecho llamar para informarte de los resultados preliminares de la investigación interna sobre el accidente en Black Rock —empezó el comandante, con su habitual tono grave—. El piloto del Beta Dos ha sido relegado de sus funciones operativas de forma permanente.
Solté el aire lentamente por la nariz.
—La telemetría y las grabaciones de tu consola han demostrado de forma incontestable que fue negligente —continuó Harris—.
Desoyó todas las indicaciones meteorológicas desde la base y desoyó las advertencias directas de los bomberos que estaban sobre el terreno.
Aún está por ver si la comisión aeronáutica estatal decide abrir un proceso legal más serio contra él, teniendo en cuenta que las lesiones han incapacitado a nuestro bombero para volver a ejercer.
—Me alegro, comandante —respondí, sin poder ocultar el inmenso alivio que me producía saber que se había hecho justicia por el brazo destrozado de Jack y por el infierno que Patrick había pasado colgado de ese cable—. Es lo correcto.
—Lo es. —Harris asintió secamente—. Con su salida y la baja de nuestro bombero, los puestos vacantes en el Beta Dos ya han sido reasignados esta misma mañana. Charles Owen, que estaba de reserva, asume el puesto de piloto permanente. Y el bombero de rescate Tom Smith cubrirá la plaza operativa.
Asentí, el Beta Dos volvía a estar completo, pero el baile de nombres significaba una cosa muy clara. La intuí antes de que Harris abriera la boca.
—Te cuento esto, Donovan, porque he recibido una solicitud formal del cadete Patrick O'Malley para ocupar una vacante fija en la base aérea una vez se gradúe —me comunicó el comandante, apoyando las manos en la mesa—.
Pero, tal y como están las cosas y con los presupuestos cerrados, no queda ningún puesto libre que ofrecerle.
Mantuve la expresión impasible, aunque el nudo de mi estómago se apretó un poco más.
—Lo sé, señor. Ya contaba con ello.
Harris me escrutó en silencio durante unos largos segundos. Su mirada profesional se suavizó, entrando en un terreno que rara vez pisaba con sus subordinados.
—¿Cuál es exactamente tu relación con O'Malley, Clover?
La pregunta me pilló con la guardia baja. Tragué saliva, dudando durante un segundo eterno. Hasta hacía exactamente cuarenta y ocho horas, habría respondido sin dudarlo que Patrick y yo éramos inseparables, que él era mi hogar. Pero ahora... ahora no tenía ni idea de en qué posición estábamos.
Sin embargo, aparté el miedo de un plumazo. Él era mi Pat. Podíamos estar distanciados, podíamos estar heridos y enfadados, pero no lo iba a negar frente a mi comandante.
Levanté la barbilla y decidí ser absolutamente sincera.
—Mantenemos una relación sentimental, comandante —declaré, con la voz firme—. Es reciente, pero sólida.
Harris asintió despacio, aceptando mi franqueza sin juzgarla.
—De momento no puedo ofrecerle un puesto a O'Malley en Wildwater Falls —me advirtió, dejando las cosas claras—. Pero su desempeño ha sido brillante. Lo tendré muy en cuenta si queda alguna vacante imprevista en nuestra base o en los equipos de las ciudades vecinas del condado.
—Gracias, señor. Se lo agradezco.
Hice el amago de girarme hacia la puerta, pero Harris levantó una mano para retenerme una última vez.
—Donovan. Durante el simulacro de veinticuatro horas de hoy, tú serás la encargada principal de coordinar la emergencia ficticia desde el flanco izquierdo. Eres la jefa de Comunicaciones y confío en ti.
—Sé que será intenso, comandante. Es la primera vez que coordino un simulacro masivo de esta envergadura en solitario, pero el equipo está preparado.
—Lo harás bien —me aseguró Harris, inyectándome una dosis de confianza que necesitaba desesperadamente—.
Quédate tranquila. Y al menor problema, a la más mínima duda de seguridad, no dudes en ponerte en contacto conmigo por la línea directa.
Ya sabes cómo funciona esto: los cadetes van a realizar rescates simulados, pero las condiciones meteorológicas y técnicas ahí fuera serán cien por cien reales.
La montaña no sabe que esto es un examen.
Todo debe estar medido y preparado al milímetro.
—Comprendido, señor. Todo saldrá bien.
Le di las gracias con un asentimiento de cabeza y salí del despacho.
Mientras recorría el pasillo de vuelta a la sala de control, miré el reloj de mi muñeca.
Quedaba menos de una hora para que el simulacro diera comienzo de forma oficial.
Justo en ese preciso instante, Patrick debía estar en la academia, enfundado en su uniforme de intervención, recibiendo las instrucciones para CASCADE 24.
Sabía que él tenía conocimiento de la prueba, que llevaba semanas preparándose físicamente para ella, pero en el fondo, los cadetes nunca sabían lo increíblemente exigente que era la montaña hasta que los soltaban en ella sin red de seguridad. Iba a ser un infierno de resistencia.