VEINTIDÓS #2
El olor a pollo asado, romero y patatas inundó el comedor. Octavia no perdió ni un segundo. Antes siquiera de que Hannah pudiera dejar la fuente sobre el salvamanteles, mi sobrina se inclinó sobre la mesa y señaló con el dedo índice su premio.
—Las alitas son mías —decretó Octavia, mirándome con superioridad—. Ganadas en combate justo.
La tensión que me estaba asfixiando se rompió gracias a ella. Le dediqué una sonrisa amplia, genuinamente agradecido por su intervención, y me eché hacia atrás en la silla.
—Disfrútalas mientras puedas, peque —bromeé, guiñándole un ojo tanto a ella como a Caleb—. Porque quiero la revancha en cuanto tenga la más mínima oportunidad, y la próxima vez no me voy a dejar ganar.
Las risas volvieron a rodear la mesa. El padre de Clover me miró desde el otro extremo de la mesa y, con la mejor de sus intenciones, abrió la caja de Pandora.
—Y bien, Patrick —empezó Sean, cortando un trozo de carne—, ¿cuáles son tus intenciones una vez te gradúes en la academia la semana que viene? ¿Vas a quedarte por la zona?
Me quedé completamente petrificado.
¿Es que esta familia no sabía meterse en sus proprios asuntos? Parecía que hoy se habían levantado con la firme intención de martirizarme.
Sentí la mirada de Clover clavándose en el perfil de mi cara como dos láseres. No quería tocar ese tema delante de su familia. No cuando ni siquiera habíamos tenido el valor de hablarlo a solas.
—Bueno, aún es pronto para saberlo, papá —intervino Clover a toda velocidad, intentando desviar el tema y lanzarme un salvavidas—. La graduación es solo el primer paso y...
No la dejé terminar.
Deslicé mi mano por debajo del mantel, busqué la suya, que descansaba tensa sobre su muslo, y entrelacé nuestros dedos con firmeza. La detuve. No iba a mentir ni a esconderme, y mucho menos a dejar que ella diera la cara por mí.
—Tengo un puesto fijo esperándome en el parque de bomberos de Portland, Sean —respondí con sinceridad, mirándolo a los ojos—.
Mi capitán me ha dejado muy claro que quiere que regrese a mi turno en cuanto acabe la instrucción.
Pero... también es verdad que el rescate vertical es mi verdadera pasión.
Así que me mantengo atento a cualquier oportunidad operativa que pueda surgir por aquí.
Un silencio pesado cayó sobre los platos. Sean asintió, comprensivo.
Pero Vera no estaba dispuesta a dejarlo pasar.
—Ya veo —murmuró la mujer, dejando los cubiertos con una aparente calma—. Y si finalmente debes regresar a tu puesto en Portland, ¿en qué posición quedáis vosotros dos como pareja?
Joder. Tiraba a matar.
La pregunta flotó en el aire, sin respuesta. Sentí cómo Clover se tensaba a mi lado, incapaz de articular una sola palabra, completamente paralizada por el terror que le daba pensar en esa respuesta.
Apreté más su mano.
—Llegado el momento, Vera, eso es algo que hablaremos y decidiremos nosotros dos —le respondí, marcando el límite —. Como pareja. En privado.
Vera frunció los labios, claramente desaprobando mi evasiva.
—Compréndelo, Patrick —rebatió ella, alzando un poco la barbilla—. Como madre, me preocupa que mi hija sufra. Clover ha pasado por mucho. No quiero que se entregue a una relación que no tiene futuro para luego sentirse abandonada cuando tú te marches a Portland.
Madre. Mía. ¿Pero qué cojones?
La palabra «abandonada» fue la chispa que hizo saltar por los aires la última brizna de autocontrol.
El cabreo me subió por la garganta como bilis.
Me parecía absolutamente alucinante, de un cinismo enfermizo, que Vera Donovan tuviera la desfachatez de acusarme a mí de poder abandonar a Clover.
Esa mujer se había hundido en su propio dolor tras la muerte de Carson y había dejado a su hija pequeña pudriéndose en vida en una casa que era un puto cementerio.
Había castigado a Caleb por elegir su deber, y no había querido saber nada de su propia nieta, Octavia, desde el día en que nació.
¿Y ahora me daba lecciones a mí sobre el abandono?
La furia me exigía escupirle todas y cada una de sus hipocresías a la cara.
Pero bajé la vista y vi a Octavia mirándonos con los ojos muy abiertos.
Me tragué las palabras. No iba a montar un espectáculo asqueroso delante de la niña. Solté la mano de Clover despacio.
—He terminado —anuncié, levantándome de la silla de golpe. La madera chirrió contra el suelo—. Si me disculpáis, voy a tomar el aire al porche.
No esperé respuesta. Salí del comedor a grandes zancadas, crucé el pasillo y abrí la puerta trasera.
Me iría directamente a casa en ese mismo instante, cogería la camioneta y desaparecería, pero me negaba a dejar tirada a Clover en medio de una comida familiar.
Esperaría fuera, al frío, hasta que terminaran y los Donovan se largaran de una vez.
Me apoyé en la barandilla de madera del porche, respirando el aire helado de marzo para intentar bajar las pulsaciones.
Apenas había pasado un minuto cuando la puerta a mis espaldas se abrió y se cerró de golpe.
—¿Se puede saber a qué ha venido esa actitud, Pat? —me recriminó Clover, cruzando los brazos sobre el pecho para protegerse del frío, claramente enfadada.
Me giré hacia ella.
—¿Mi actitud? —escupí, señalando hacia el interior de la cabaña—. Tu madre me acaba de acusar de querer abandonarte, Clover. Dejarte tirada.
—¡No ha dicho eso! —me rebatió ella, alzando la voz—. No tenía mala intención. Solo ha expresado sus dudas sobre nosotros porque tiene miedo de que me hagan daño.
—Tu madre no tiene ni voz ni puto voto para opinar sobre mi vida. Y mucho menos sobre lo que yo siento por ti.
—¡Es mi madre, Patrick! —estalló Clover, dando un paso hacia mí—. Claro que tiene voz para preocuparse por la mía. No tiene voto, porque yo tomo mis propias decisiones, pero sigue siendo mi madre y se está esforzando muchísimo en reparar doce años de ausencia. Tienes que intentar entenderlo.
Me pasé las manos por el pelo, frustrado hasta la médula. Me cabreaba inmensamente que Clover, la chica a la que esa mujer había destrozado la infancia ignorándola por completo, la estuviera defendiendo con uñas y dientes.
—Clover, estás ciega con ella —le advertí, dando un paso al frente para acortar la distancia, hablando rápido y llevado por la furia—.
Crees que esta versión suya es incondicional, pero Vera es rencorosa.
Joder, para empezar ella es el motivo de que yo tuviera que abandonarte hace trece años y en segundo lugar ¿crees que te defendería tanto?
¿Crees que tu madre estaría tan preocupada por tu bienestar y sería tan jodidamente comprensiva contigo si supiera que lo último que le dijiste a Carson la tarde antes del accidente fue «Te odio» ?
Piénsalo, porque estoy convencido de que volvería a ser la madre ausente capaz de odiar a sus propios hijos.
El silencio que siguió a mis palabras fue absoluto.
No quería ser hiriente. Lo juro por mi puta vida.
No pretendía echarle su trauma en cara. Solo quería abrirle los ojos, aunque de forma equivocada, para que viera que el amor de su madre era frágil y condicional, y que si Vera descubría ese secreto, la frialdad y el odio que le había dedicado a Caleb, Octavia e incluso a Hannah se volverían contra ella.
Quería protegerla de esa decepción. Yo era el único que sabía su secreto y lo acababa de usar como un arma en una discusión.
Clover se quedó blanca como el papel.
Y entonces, un sonido a mis espaldas me congeló la sangre en las venas.
Un jadeo sordo. Roto. El sonido de alguien a quien le acaban de arrancar el aire de los pulmones.
Giré la cabeza lentamente, con el terror trepándome por la columna.
Vera estaba de pie en el umbral de la puerta mosquitera.
Nos había seguido. La madre de Clover tenía una mano apretada contra la boca y los ojos desorbitados, llenos de un horror indescriptible.
Lo había escuchado todo. Había escuchado el secreto que Clover llevaba trece años enterrando en el fondo de su alma.
«Mierda. ¿Qué he hecho?».
Me maldije a mí mismo. Mil veces. Quería arrancarme la lengua. Jamás, ni en mis peores pesadillas, habría querido traicionar la confianza de Clover de esa manera.
—Mamá... —susurró Clover, dando un paso tembloroso hacia el porche, con la voz rota—. Mamá, por favor, déjame que te lo explique.
Vera negó con la cabeza, frenética. Las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas. No dijo una sola palabra. Desoyó la súplica desesperada de su hija, dio media vuelta y desapareció hacia el interior de la cabaña, huyendo de ella.
Miré a Clover, que se había quedado paralizada con la mano extendida hacia el vacío.
Me pasé las manos por la cara, sintiendo que me ahogaba. Todo. Absolutamente todo se había ido a la puta mierda en una sola mañana.