VEINTIDÓS
Patrick
E l sonido de la puerta al cerrarse resonó en la cabaña como el chasquido de un látigo. Vi entrar a Vera y a Sean Donovan, y mi buen humor se esfumó en el aire tan rápido que casi pude escuchar el siseo.
Me apoyé contra la encimera de la cocina, cruzándome de brazos, y me dediqué a observar la escena con la mandíbula apretada.
Vera se quitó el abrigo y empezó a repartir saludos con una cordialidad que, para mi sorpresa, no parecía forzada.
Se agachó a la altura de Octavia y la envolvió en un abrazo.
Estaba haciendo un esfuerzo titánico y visible por dejar atrás la muerte de Carson y reconstruir los puentes que ella misma había quemado con su familia.
Se estaba esforzando por tener una relación real con la nieta a la que había ignorado desde el día en que nació.
Pero el pasado no se borra con un par de abrazos.
Noté la ligera incomodidad en los hombros de Caleb; la rigidez de un hombre que aún no sabía cómo sentirse del todo seguro con su madre en la misma habitación, a pesar de haberla dejado entrar de nuevo en su vida.
Sean, el padre de Clover, era mucho más cercano y afable.
Repartió abrazos y palmadas en la espalda, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia su mujer, actuando como su escudo personal.
Vera y Octavia se sentaron juntas en el sofá. Mi ceño se frunció un poco más al escuchar a la niña parlotear alegremente, poniéndola al día sobre el colegio y sus entrenamientos de judo en el dojo de Violet. Vera la escuchaba con atención. A simple vista, parecía una abuela normal.
Sentí, antes de darme cuenta, que Clover me estaba observando desde el pasillo.
Deslicé las manos en los bolsillos de mis vaqueros y le dediqué una sonrisa tranquilizadora.
Intenté que pareciera genuina, intenté transmitirle que todo estaba bien, pero sabía que me había salido torcida y un poco falsa.
Clover me conocía demasiado bien. Sabía la hostilidad visceral que yo sentía por su madre, y Vera, que me devolvió una mirada increíblemente precavida desde el sofá, también era muy consciente de que yo no la tragaba.
Incapaz de soportar el ambiente del salón, di media vuelta y me refugié en la cocina.
Me acerqué a Hannah, que estaba terminando de preparar las ensaladas, y agarré un fajo de cubiertos para ayudarla a poner la mesa. Desde allí, podía escuchar a Caleb, a Clover y a Sean charlando animadamente sobre las últimas operaciones de la base aérea, manteniendo el ambiente a flote.
Hannah se detuvo, apoyó el cuchillo en la tabla de cortar y me dio un suave golpe con la cadera.
—Relájate un poco, Pat —me pidió en voz baja, asumiendo su habitual rol de mediadora.
—Lo intento —mascullé, separando los tenedores con más fuerza de la necesaria—. Pero te aseguro que me va a costar horrores ponerle buena cara a tu suegra.
Hannah se giró hacia mí. Una sonrisa lenta y ladeada se dibujó en su rostro.
—Querrás decir tu suegra, hermanito.
Me quedé petrificado. Los cubiertos se detuvieron en el aire. Parpadeé, mirándola fijamente, sintiendo cómo un cortocircuito me freía las neuronas. Jamás lo había pensado de ese modo. No hasta este preciso instante.
—Si no quieres hacerlo por mí —continuó Hannah, aprovechando mi estado de shock para rematar la jugada—, hazlo por Clover. Y por Octavia.
Fruncí el ceño, saliendo de mi estupor.
—Usar a la niña es un golpe muy bajo, Han —le repliqué.
Mi hermana se encogió de hombros, sin mostrar el más mínimo rastro de arrepentimiento, cogió la fuente de ensalada y se dirigió al comedor.
Suspiré, cogí los platos y la seguí.
El momento de sentarse a la mesa fue como ver una receta para el desastre.
Caleb ocupó la cabecera, presidiendo a su familia.
Hannah se sentó a su derecha. Yo me adelanté para apartarle la silla a Clover justo al lado de Hannah, y me senté a la derecha de mi muñeca.
A la izquierda de Caleb se acomodaron Octavia, luego Sean, y finalmente, Vera.
Levanté la vista del mantel. Vera estaba sentada exactamente frente a mí.
Joder, maravilloso.
La mujer me miró. Yo le sostuve la mirada con frialdad, hasta que ella bajó los ojos hacia su plato. Solté un suspiro largo y silencioso por la nariz, apretando la mandíbula bajo la piel. Mi sábado perfecto en familia se acababa de convertir en un soberano asco.
✽✽✽
El tintineo de los cubiertos contra la loza era el único sonido que llenaba el comedor. Habíamos empezado con los entrantes y, tras un par de minutos de charla educada alabando la mano de Hannah en la cocina, la conversación se apagó, dejando paso a un silencio más o menos incómodo.
Fue Octavia quien acudió al rescate.
Mi sobrina empezó a parlotear con entusiasmo sobre sus entrenamientos en el dojo y la competición estatal de judo que tenía programada para primavera.
El ambiente se relajó al instante. Todos sonreímos, escuchándola describir sus proyecciones de cadera, hasta que Vera se inclinó un poco sobre la mesa.
—Pero, Caleb... —empezó Vera, frunciendo ligeramente el ceño—. ¿No resulta un poco peligroso para una niña? Las competiciones son mixtas a estas edades, ¿verdad? ¿Y si algún niño más grande le hace daño?
Apreté los dedos alrededor del tenedor hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Sabía que Vera, en el fondo, no lo decía con mala intención, que probablemente solo intentaba mostrar preocupación por su nieta, pero el comentario me hirvió la sangre.
Tuve que morderme la lengua con mucha fuerza para no escupirle que ella era la persona menos indicada de toda la puta mesa para opinar sobre la seguridad de Octavia, teniendo en cuenta que la había ignorado y rechazado de forma sistemática desde el día en que nació.
Caleb, sin embargo, no perdió la compostura. Dejó el tenedor en el plato y miró a su madre con una expresión educada, pero firme como un muro de hormigón.
—El judo es un gran deporte, mamá —le aclaró Caleb—. Le enseña disciplina y, sobre todo, defensa personal. Pero lo más importante es que a Octavia le apasiona. No voy a privarla de algo que la hace tan feliz.
Vera sostuvo la mirada de su hijo un segundo y, finalmente, asintió en silencio, aceptando el límite.
Sean, intentando disipar la nueva capa de tensión que había caído sobre el mantel, se giró hacia mí.
—Y a ti, Patrick, ¿cómo te va en la academia? —preguntó, con un tono amable.
Mantuve la postura recta y le contesté con educación, pero midiendo mis palabras para no mostrar un entusiasmo desmedido delante de su mujer.
—La formación ha sido excelente, Sean. La verdad es que me ha ido bastante bien.
—Bastante bien es quedarse muy corto —intervino Caleb, apoyándome al instante —. Su rotación en el Alfa Uno fue impecable. Te digo una cosa, O'Malley: si el reglamento permitiera que el equipo fuera de cuatro miembros, no me lo pensaría ni un segundo para reclamarte.
El pecho se me hinchó de orgullo. Que Caleb Donovan, el mejor piloto del estado, me validara de esa forma frente a todos era un reconocimiento que valía oro.
Clover se giró hacia mí, con los ojos turquesas brillando de admiración.
—Y no solo eso —añadió mi muñeca, sonriendo con orgullo—. Incluso se le da bien la sala de control. Es capaz de evaluar los partes meteorológicos a la perfección mientras coordina las emergencias.
Solté una risa baja, sintiendo el calor en el cuello, y le guiñé un ojo.
—Estás exagerando, muñeca.
—No, no exagero —Clover se rio, negando con la cabeza, sin importarle que sus padres estuvieran delante—. Has nacido para el rescate vertical, Pat.
Vera asintió despacio desde el otro lado de la mesa, asimilando la información.
—Es cierto, me han hablado de tu labor en la base —comentó Vera, y entonces soltó la bomba—. Me enteré del accidente de hace un mes. Soy muy amiga de la tía de Jack, el bombero que salió herido.
El aire abandonó mis pulmones. El comentario me golpeó con la fuerza de un puñetazo directo al estómago. La imagen de Jack colgando inerte sobre el abismo de Black Rock parpadeó en mi cerebro. Era un tema increíblemente delicado para mí; una culpa que cargaría de por vida.
Me puse rígido. Apreté la mandíbula, preparando una réplica mordaz, dispuesto a decirle a Vera que no se metiera donde no la llamaban.
Pero antes de que pudiera abrir la boca, Clover saltó como un resorte.
—El único culpable de ese accidente fue el piloto, mamá —sentenció Clover —. Desoyó por completo los partes meteorológicos de la base de control y las recomendaciones directas que sus propios bomberos le estaban haciendo sobre el terreno. Fin de la historia.
Vera parpadeó, un poco desconcertada por la fiereza de su hija, pero, en su torpeza por mantener la conversación, insistió en el dramatismo de la situación.
—Aun así, qué tragedia. Jack no podrá volver al trabajo nunca más.
El nerviosismo se apoderó de mí. Empecé a removerme, inquieto en la silla.
La sangre me zumbaba en los oídos. Cerré los ojos, respirando hondo por la nariz, haciendo un esfuerzo sobrehumano para contener la rabia y no reventar en medio de la comida familiar.
No le respondí. Me negué a decirle una sola palabra.
Clover notó mi estado al instante.
Deslizó su mano por debajo del mantel y la apoyó firmemente sobre mi rodilla.
Sus dedos se apretaron contra el músculo tenso de mi pierna en un mensaje silencioso.
Al mismo tiempo, Clover levantó la vista hacia su madre y le clavó una mirada fulminante que gritaba sin palabras que dejara el puto tema en paz de una vez por todas.
Hannah, leyendo la inminente explosión nuclear en la mesa, se levantó de su silla de un salto.
—Bueno, creo que ya hemos terminado con esto —anunció mi hermana, con una sonrisa profesional y un tono excesivamente animado, empezando a recoger los platos de los entrantes—. Voy a por el segundo plato. El pollo a la cazuela no espera a nadie.
Hannah reapareció cruzando el arco de la cocina con una cazuela humeante entre las manos.