Flare (Wildwater Falls 5) VEINTIUNO #2
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VEINTIUNO #2

Pat y yo nos miramos. En un movimiento perfectamente sincronizado, levantamos las manos libres y nos tapamos los ojos el uno al otro, escenificando un drama absoluto.

—¡Mis ojos, joder, mis ojos! —gimió Pat.

—¡Me he quedado ciega! —secundé yo, girando la cabeza contra el pecho de Pat para darle más teatralidad—. ¡Qué visión tan impura!

Caleb se separó de Hannah lentamente. Supe que mi hermano mayor estaba poniendo los ojos en blanco antes siquiera de apartar la mano de Pat de mi cara.

—Payasos —gruñó Caleb, aunque el tono divertido lo delataba—. Sois unos listillos. Y tenéis mucho valor para venir a quejaros, teniendo en cuenta que el cuarto de suministros de la base ha tenido más movimiento en las últimas semanas que el metro de Nueva York en hora punta.

Sentí que la cara me ardía. El rubor me incendió las mejillas y el cuello en cuestión de un milisegundo. Pat soltó una carcajada profunda y arrogante, mirándome con un orgullo innegable ante el comentario de mi hermano.

—No... no sé de qué me hablas, Caleb —tartamudeé, soltándome de Pat, intentando recuperar mi dignidad.

Hannah soltó una risa cristalina. Se separó de la encimera, limpiándose las manos, y se acercó para darnos un abrazo apretado a los dos. Siempre había admirado a Hannah, y tenerla como cuñada era un regalo que seguía saboreando.

En ese instante, Octavia irrumpió en la cocina empuñando tres dardos como si fuera a ir a la guerra.

—¡Ya lo tengo todo listo! —anunció, señalando a Pat—. Sal al porche trasero y prepárate para perder.

Caleb soltó una risa grave y le revolvió el pelo a su hija, poniéndose inmediatamente de su parte.

—Yo haré de juez —decretó mi hermano, dándole una palmada en la espalda a Pat para empujarlo hacia la salida—. Vamos, cadete. Veamos qué sabes hacer.

Los tres salieron hacia el porche de madera, dejando un rastro de piques y risas a sus espaldas.

Yo me quedé a solas con Hannah en la tranquilidad de la cocina.

Fui directa a la nevera, me saqué un refresco y me senté en uno de los taburetes de la isla, apoyando los brazos sobre el mármol mientras mi cuñada, con la precisión propia de su profesión, volvía a coger el cuchillo para seguir cortando verduras.

Me quedé mirando el vaso frío que tenía entre las manos, trazando los círculos de condensación con la yema del dedo, completamente abstraída.

El sonido rítmico del cuchillo de Hannah contra la tabla de cortar se detuvo. Levanté la vista. Mi cuñada se había secado las manos con un trapo, se había apoyado en la isla de la cocina y me estaba observando con esa mirada perspicaz que la convertía en la mejor jefa de trauma del mundo.

—¿Te pasa algo, Clover? —preguntó, con un tono suave pero directo.

Me encogí de hombros, forzando una sonrisa que no me llegó a los ojos.

—No, qué va. Todo va bien —le aseguré, dándole un sorbo a mi bebida—. Muy bien, la verdad.

Hannah no se movió ni se tragó mi débil intento de restar importancia a lo que me pasaba. Ladeó un poco la cabeza, analizándome.

—Clover, te conozco. Sé que algo te pasa —insistió—. Tienes esa arruga en la frente que te sale cuando algo te ronda la cabeza sin parar. ¿Todo está bien con Patrick?

Mi sonrisa se volvió real al instante, suavizándome las facciones de forma automática solo con escuchar su nombre.

—Sí, claro que sí —respondí sin dudarlo—. Con él todo está fantástico, Hannah. Mejor que nunca. Joder, mucho mejor de lo que jamás imaginé.

—¿Entonces? —Hannah se sentó en el taburete frente a mí, apoyando los codos sobre el mármol, dándome todo su espacio y su atención—. ¿Qué es lo que te tiene así?

Chasqueé la lengua, rindiéndome. Suspiré pesadamente, sintiendo cómo el nudo frío que llevaba ignorando toda la mañana se me volvía a instalar en la boca del estómago. Decidí que, si había alguien en el mundo que podía entender este nivel de angustia, era ella.

—Es el futuro, Hannah —confesé, bajando la voz—. La instrucción de Pat en la academia está a punto de finalizar. Le queda una semana de simulacro y luego la graduación. Y no tengo ni puñetera idea de qué va a pasar con nosotros después de eso.

Hannah frunció el ceño, sorprendida.

—¿Aún no habéis hablado del tema?

Negué con la cabeza, mirando el interior de mi vaso.

—Lo hemos estado esquivando —admití—. Los dos. Supongo que porque en el fondo ninguno sabe exactamente qué va a pasar y no queremos romper la burbuja en la que estamos metidos.

—Pero mi hermano estaba muy interesado en conseguir un puesto fijo en rescate vertical —razonó Hannah—. Sé que es su vocación, su pasión. Él quiere estar aquí.

—Lo sé —asentí, sintiendo un pinchazo de impotencia—.

Pero la realidad es la que es. Ahora mismo no hay vacantes operativas.

Ni en la base de Wildwater Falls, ni en la de Springwater.

El presupuesto del condado está cerrado.

Y Pat... Pat tiene un puesto fijo esperándolo en el parque de bomberos de Portland.

Su capitán de turno ya lo ha llamado tres veces en las últimas dos semanas para hablar de su reincorporación.

Hannah se quedó pensativa unos segundos, asimilando la logística.

—¿Y qué quiere Patrick? ¿Lo sabes?

—Creo que quiere quedarse —me encogí de hombros, con un nudo en la garganta—. Pero también tiene un compromiso de lealtad con su parque en Portland y una vida allí. Un apartamento, amigos… en fin.

Mi cuñada alargó el brazo y me cubrió la mano con la suya, apretándomela con cariño.

—¿Y cómo vais a afrontar la situación si, al final, Patrick tiene que marcharse?

El solo hecho de escucharlo en voz alta hizo que mi picaran los ojos. Me volví a encoger de hombros, intentando tragarme la emoción que amenazaba con desbordarme.

—Supongo que lo intentaremos con una relación a distancia —dije, con un hilo de voz tembloroso—. Nos veremos los fines de semana que nuestros turnos nos lo permitan. Y en vacaciones.

Hannah me miró con una mezcla de compasión y realismo.

—Una relación a distancia es increíblemente difícil, Clover —me advirtió, siendo honesta—. Es muy exigente. Hay que estar muy preparado emocionalmente para hacerla funcionar.

—Lo sé —sollocé por lo bajo, apretando su mano—. Sé que lo voy a echar tantísimo de menos cada maldito día que va a ser un infierno. Va a ser durísimo. Pero... es mejor que nada, Hannah. Cualquier cosa en el mundo es mejor que no tener a Pat en mi vida.

Hannah me dedicó una sonrisa llena de empatía, se levantó de su taburete, rodeó la isla y me dio un abrazo largo y apretado, apoyando la barbilla en mi cabeza.

Aún estábamos abrazadas cuando la puerta mosquitera del porche trasero se abrió de golpe.

—¡Toma ya! ¡En toda tu cara, O'Malley!

Octavia irrumpió en la cocina dando saltos, triunfante, alzando los brazos como si acabara de ganar las Olimpiadas. Detrás de ella entraron Caleb y Pat.

Pat bufó, cruzándose de brazos, aunque la diversión le brillaba en los ojos.

—Ha sido una victoria muy, pero que muy ajustada, peque —se quejó Pat, señalando a mi hermano mayor—. Y solo has ganado en el último tiro porque tu padre ha estornudado a propósito y me ha distraído. Tongo.

—¡Es mentira! —replicó Octavia, riendo a carcajadas, poniéndose las manos en las caderas—. ¡Admite que soy la campeona de campeones! Y como campeona, me toca comerme todas las alitas del pollo.

Hannah se separó de mí, limpiándose una lágrima de risa, y miró al trío.

—¿En serio os habéis jugado las alitas a los dardos? —preguntó, incrédula.

Pat frunció el ceño, mirándola con una expresión profundamente ofendida, y antes de que pudiera responder, él y Octavia sentenciaron al unísono:

—¡Esa es la mejor parte!

Todos estallamos en una carcajada colectiva. La cocina se llenó de un ambiente perfecto, el tipo de familia ruidosa y feliz que siempre debimos ser.

Y entonces, alguien llamó a la puerta principal.

Las risas se apagaron lentamente. Caleb, que estaba más cerca de la entrada, se dio la vuelta.

—Voy yo —anunció, caminando por el pasillo.

Escuché el clic de la cerradura y la puerta al abrirse, seguido de un murmullo de voces en el recibidor. Unos segundos después, Caleb reapareció en el arco de la cocina, con el cuerpo en tensión.

Se echó a un lado para dejar pasar a los nuevos visitantes.

Eran mis padres.

Me quedé helada en mi taburete. Mi madre entró con su postura rígida habitual, aferrada a su bolso, y mi padre caminaba un paso por detrás de ella.

El instinto me hizo girar la cabeza inmediatamente hacia Pat.

Vi cómo la sonrisa canalla se le borraba de la cara de un solo golpe, como si se la hubieran arrancado. Sus facciones se endurecieron, transformándose en una máscara de hielo, y el ceño se le frunció con una oscuridad amenazante al ver aparecer a mi madre.