VEINTIUNO
Clover
L a luz del sábado se filtraba perezosa a través de las persianas del apartamento, dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas. El silencio en la habitación era pacífico, solo roto por el sonido acompasado de una respiración tranquila.
Estaba tumbada boca arriba, atrapada bajo el peso más reconfortante del mundo.
Pat dormía a mi lado, boca abajo, con un brazo pesado y musculoso cruzado con posesividad sobre mi cintura.
Tenía la cara girada hacia mí, con la nariz medio escondida en el hueco de mi cuello.
Cada vez que exhalaba, su aliento cálido me acariciaba la clavícula y el hombro desnudo, enviando un escalofrío delicioso por toda mi piel.
Me quedé quieta, simplemente respirando su olor a limpio y a sábanas calientes. No podría estar mejor. Era el lugar más seguro del universo.
Había pasado un mes desde el desastre en Black Rock . Estábamos en marzo. El tiempo se había escurrido entre mis dedos a una velocidad aterradora, y a Pat le quedaba muy poco para la graduación de la academia.
Aún no habíamos hablado sobre el futuro.
Era el enorme y silencioso elefante en la habitación.
Yo asumía que, con las plazas bloqueadas en la base, Pat tendría que marcharse de Wildwater Falls y regresar a Portland, al menos temporalmente, para no perder su puesto de trabajo.
Solo de pensar en la posibilidad de una relación a distancia, un nudo frío se me instalaba en la boca del estómago.
Me aterrorizaba. Pero si la alternativa era perder a Pat de nuevo, estaba dispuesta a soportar los kilómetros que hicieran falta.
Suspiré muy flojito, acariciándole el pelo castaño con la punta de los dedos.
El último mes había sido intenso. Jack, el bombero líder del Beta Dos, fue dado de alta del Hospital Regional una semana después del accidente.
Pat había estado visitándolo casi a diario.
Sé que la culpa inicial por no haber podido evitar el choque contra la pared lo había estado carcomiendo, pero esa culpa se había transformado poco a poco en una amistad sólida y leal.
Pat se había volcado en ayudar a Jack con su rehabilitación, acompañándolo a las sesiones y dándole ánimos, a pesar de que Jack era brutalmente consciente de que jamás recuperaría la movilidad completa de su codo y de que sus días colgando de un cable como bombero de rescate aéreo habían terminado para siempre.
Era joven, apenas veintiséis años, así que tenía tiempo para averiguar qué quería hacer.
En la base, la vida había seguido su curso. Pat completó su rotación de vuelo en el Charlie Tres y, la semana pasada, hizo su rotación en la sala de control.
Una sonrisa involuntaria me curvó los labios al recordarlo.
Tener a Pat en mi propio territorio había sido una tortura maravillosa.
Se había empeñado en dinamitar mi concentración y mi profesionalidad a base de tácticas de distracción.
Me lanzaba sonrisas canallas desde el otro lado de la sala, me devoraba con la mirada cada vez que creía que nadie lo veía, y rozaba mi espalda baja o mi cadera con una sutileza electrizante cada vez que se levantaba a por café y pasaba por detrás de mi silla.
Toda esa tensión contenida siempre desembocaba en lo mismo: visitas clandestinas a la sala de suministros.
Nos encerrábamos con pestillo entre cajas de sueros y mantas térmicas, empujándonos contra las estanterías de metal para comernos a besos, desnudar lo que podíamos en un tiempo récord y follarnos con una urgencia deliciosa, antes de tener que volver a nuestras pantallas como si nada hubiera pasado.
Pero ayer, Pat terminó oficialmente todas sus rotaciones.
Ahora solo le quedaba CASCADE 24. La evaluación final de la academia que empezaba el lunes.
Era un simulacro de rescate aéreo ininterrumpido de veinticuatro horas en la alta montaña, en condiciones meteorológicas reales, en el que participaban todos los cadetes y varios miembros veteranos de la base.
Una prueba de resistencia física y mental brutal.
Y justo una semana después, sería la ceremonia de graduación.
Teníamos este fin de semana. Solo para nosotros dos. Y pensaba aprovechar hasta el último milisegundo antes de esa prueba final.
Sentí cómo Pat se movía ligeramente a mi lado. Su respiración cambió de ritmo, volviéndose un poco más profunda. No abrió los ojos, pero sabía que ya estaba despierto.
Sonreí. Me giré un poco sobre el colchón, deslizando mi cuerpo desnudo contra el suyo, y levanté una pierna para pasarla por encima de sus caderas. Apoyé mi rodilla directamente sobre la curva firme de su glúteo desnudo, marcando mi territorio.
Acerqué los labios a su oreja y dejé que mi voz saliera ronca por el sueño.
—No debería ser legal estar tan sumamente bueno a estas horas de la mañana —le susurré, rozando el lóbulo de su oreja con la nariz.
Pat soltó una carcajada sorda y profunda que hizo vibrar el colchón. Una sonrisa perezosa se dibujó en su rostro hundido en la almohada, y por fin abrió un ojo. Me miró con esa intensidad que me derretía.
—Buenos días, muñeca —murmuró, con la voz rasposa, girando un poco la cabeza para acercarse a mí—. Y para que conste, tampoco debería ser legal ser tan absurdamente preciosa cuando te acabas de despertar, pero aquí estamos los dos. Bordeando la ilegalidad.
Me reí por lo bajo. Incliné la cabeza y le di un beso suave en los labios. Fue un beso lento y asquerosamente sexy. Una caricia húmeda para saborearnos en la tranquilidad de la mañana.
Pero Pat no estaba hecho para la lentitud cuando me tenía desnuda en su cama.
Se movió con una velocidad y una agilidad que desmentían por completo su aparente letargo. En menos de un segundo, se dio la vuelta, me agarró de las caderas con sus manos grandes y me empujó sobre mi espalda, colocándose sobre mí y metiéndose entre mis piernas abiertas.
Solté un jadeo de sorpresa que él sofocó atrapando mi boca.
El peso de su cuerpo musculoso y desnudo me aplastó contra las sábanas.
Sentí su erección, dura como la piedra, frotándose pesadamente contra la humedad de mi centro.
Me besó con hambre, clavando sus dedos en mis caderas, tomando el control de mi cuerpo y de mis sentidos con esa firmeza posesiva que me volvía loca.
Le rodeé la espalda con los brazos, rindiéndome a su peso, al calor de su piel y al sabor de su boca. En ese momento, las semanas, los simulacros, Portland y el maldito futuro dejaron de existir. Solo importaba él.
✽✽✽
El mediodía del sábado nos recibió con un sol de marzo frío pero brillante. En cuanto aparcamos la camioneta frente a la cabaña de mi hermano, el olor a leña y a comida casera me envolvió como una manta reconfortante.
Nada más bajar del coche, vi a Octavia en el jardín delantero. Llevaba una chaqueta acolchada y tenía los brazos ocupados cargando dos pesados troncos de madera desde la leñera hacia la casa.
—¡Fiera! —grité, dando saltitos de pura felicidad mientras corría hacia ella.
A Octavia se le iluminó la cara. Soltó los troncos de golpe sobre la hierba, sin importarle lo más mínimo el desorden, y corrió hacia mí para fundirse en un abrazo apretado. La estrujé con ganas, sintiendo esa adoración absoluta que siempre me desbordaba cuando estaba con mi sobrina.
—¡Clover! —exclamó Octavia, separándose para mirarme, y luego desvió la vista hacia el hombre alto que caminaba tranquilamente detrás de mí—. Mamá está preparando el pollo a la cazuela de la abuela Mary.
Escucharla llamar «mamá» a Hannah siempre me provocaba una punzada de pura alegría en el pecho. Pero el que reaccionó físicamente a la noticia fue Pat. Sus ojos castaños se abrieron de par en par, y una sonrisa amplia se dibujó en sus labios.
—¿Pollo a la cazuela de mi madre? —Pat se frotó las manos, acercándose a Octavia con complicidad—. Joder, qué hambre. Pero que te quede una cosa muy clara, enana: las alitas son mías.
Octavia se cruzó de brazos, alzando la barbilla con esa actitud desafiante tan puramente Donovan.
—Ni lo sueñes, tío Patrick. Esas son mis partes favoritas del pollo. Eres el invitado, así que deberías cedérmelas por buena educación.
Pat soltó una carcajada ronca. Me encantaba la dinámica que tenían. Pat nunca la trataba como a una niña pequeña; la trataba como a una igual, como a un colega al que retar, demostrándole siempre que la tomaba en serio y que podía confiar en él para cualquier cosa.
—La buena educación se queda en la puerta cuando hay pollo de por medio —replicó Pat, ladeando la cabeza—. Si tanto las quieres, tendrás que ganártelas. Apostemos. Una partida de dardos en el porche antes de comer. El que gane, se queda con todas las alitas.
Los ojos de Octavia brillaron con fuego competitivo al instante. Era Donovan hasta la médula.
—Acepto —sentenció ella—. Y prepárate, porque te voy a dar una paliza. El tío Cormac me ha estado enseñando a jugar y soy letal.
Pat se echó a reír con ganas, metiendo las manos en los bolsillos de su cazadora.
—Dudo mucho que puedas superarme, peque. Ve a preparar la diana.
Octavia salió disparada hacia el interior de la cabaña, gritando que iba a por los dardos para masacrarlo. Me partí de la risa, negando con la cabeza mientras Pat se agachaba con naturalidad para recoger los troncos que mi sobrina había olvidado en el suelo.
—No te confíes, O'Malley —le advertí, caminando a su lado—. Te lo digo en serio, la niña sabe jugar. No bromeaba cuando ha dicho que Cormac le ha estado enseñando técnicas. Vas a perder.
Pat siguió riéndose, sin inmutarse, y cargó la leña bajo un brazo antes de abrir la puerta principal para que yo pasara primero.
El interior de la cabaña estaba increíblemente cálido. Caminamos en silencio por el pasillo hasta llegar al arco de la cocina, y nos quedamos clavados en el umbral.
Caleb tenía a Hannah acorralada contra la isla de la cocina. Se estaban haciendo arrumacos, besándose con tal amor que era precioso de ver, aunque el instinto de hermana pequeña bromista pudo más.