VEINTE #3
La tensión en los hombros de Clover no desapareció.
Odiaba sentirse vulnerable en la base. Sin pensarlo, levanté la mano izquierda, deslicé los dedos bajo el borde de su pelo castaño y le agarré la nuca con suavidad.
Acaricié la base de su cráneo con el pulgar, en un gesto silencioso para reconfortarla.
Ella se apoyó contra mi mano, aceptando mi toque.
En ese momento, la voz grave de Ian Collins cortó la tensión. El bombero líder del equipo Alfa dio un paso al frente, con los brazos cruzados y una expresión letal.
—Debería expedientarlo de forma fulminante solo por ese comentario, comandante —sentenció Ian.
Harris inspiró con fuerza y asintió lentamente.
—No te falta razón, Collins —admitió el comandante, perdiendo cualquier rastro de humor—. Pero me temo que las consecuencias de lo que ha sucedido hoy en esa montaña van mucho más allá de un comentario disciplinario en un vestuario.
Un nudo frío se me instaló en el estómago. El tono de Harris había cambiado drásticamente.
—¿A qué se refiere, señor? —pregunté, sintiendo un temor irracional trepándome por la garganta.
Harris me miró directamente a los ojos.
—Me acaban de llamar del Hospital Regional.
Nuestro bombero acaba de salir de quirófano —informó, con la voz apagada—.
La reconstrucción de su codo ha sido un infierno.
Han tenido que usar placas y tornillos para unir los fragmentos.
Los cirujanos dudan mucho de que vuelva a recuperar la movilidad completa.
Con suerte, y con muchísima rehabilitación, quizá alcance un noventa por ciento de funcionalidad.
El silencio cayó sobre la sala como una losa de plomo.
—Un bombero de rescate vertical no puede operar colgado de un cable a sesenta metros de altura con ese tipo de limitación motriz —continuó Harris, dictando la sentencia definitiva—. Su carrera operativa ha terminado hoy en Black Rock .
Las rodillas me fallaron.
Retrocedí un paso y me dejé caer de forma pesada en una de las sillas de plástico de la sala de descanso. Hundí la cabeza entre las manos, sintiendo cómo el mundo se me venía encima. La culpa me aplastó el pecho con la fuerza de un alud.
«Maldita sea. Mierda. Joder».
Si hubiera gritado más fuerte. Si hubiera bloqueado físicamente los controles de la grúa. Si hubiera agarrado el cable con más fuerza. Sentí que, de alguna puta forma, podría haberlo evitado.
Clover se arrodilló a mi lado al instante. Apoyó la mano libre en mi muslo, apretando con fuerza, transmitiéndome todo su calor.
Caleb Donovan se acercó en silencio. El piloto principal del equipo Alfa se detuvo junto a mi silla y me puso una mano firme y pesada en el hombro.
—No dejes que la cabeza te juegue malas pasadas, O'Malley —me ordenó Caleb, con una voz comprensiva pero estricta—. Conozco la maniobra. Estoy seguro de que no es tu culpa. A veces, allá arriba, es solo un cúmulo de factores cruzados y mala suerte. Tú no pilotabas ese aparato.
Levanté la vista. Harris asintió hacia mí, dándole la razón a Caleb.
—Si tu informe oficial, el del técnico sanitario y el de comunicaciones coinciden, ese piloto será apartado de sus funciones de forma inmediata —me aseguró el comandante—.
Abriremos una investigación interna exhaustiva sobre lo sucedido.
La grabación de las comunicaciones de Donovan y la telemetría del vuelo serán las claves.
Asentí despacio, tragando saliva. Sabía que la burocracia haría su trabajo y que el piloto pagaría por su negligencia, pero la puta realidad era que mi compañero no volvería a subirse a un helicóptero. Eso no me consolaba en absoluto.
Harris dio por terminada la reunión improvisada y salió de la sala. Los miembros del equipo Alfa, incluyendo a Noah y a Ian, nos dieron espacio y empezaron a dispersarse hacia sus quehaceres.
Clover se sentó en la silla de al lado. Se inclinó hacia mí, pegando su frente a mi hombro, y me habló en un susurro íntimo, solo para nosotros dos.
—Hiciste lo correcto, Pat —me aseguró, con una convicción absoluta—. Hiciste exactamente lo que debías y peleaste todo lo que pudiste. Le salvaste la vida recogiéndolo al vuelo. No lo olvides.
Cerré los ojos, respirando su olor para calmar el latido desbocado de mi corazón. Giré la cabeza y le di un beso largo y profundo en la sien.
—Voy a redactar el puto informe —murmuré contra su piel—. Y luego quiero irme a casa. Contigo.
Me separé un poco para mirarla a los ojos.
—¿Te importa que evitemos ir esta noche a The Switchback con los demás? —le pregunté, sintiéndome agotado hasta la médula—. Sé que habíamos quedado con todos, pero no tengo cuerpo para fiestas.
Clover asintió sin dudarlo ni una fracción de segundo.
—Cancelaré los planes ahora mismo —prometió, acariciándome la rodilla—. Pasaremos la noche en casa. Tú, yo y una pizza.
Asentí, sintiendo un alivio inmenso al saber que tenía un refugio al que volver.
Me levanté de la silla, apreté su mano sana por última vez y salí de la sala de descanso, encaminándome de vuelta a los vestuarios.
Necesitaba una ducha de agua hirviendo, redactar el informe más duro de mi instrucción y, después, volver a mi hogar con Clover.