VEINTE #2
—No agraves la situación, Pat, por favor —me pidió, con voz firme y urgente—. Suéltalo.
Giré la cabeza para mirarla. Sus ojos me suplicaban. Apreté la mandíbula, resistiendo el impulso de destrozarle la cara a ese imbécil, y abrí las manos de golpe. El piloto tosió, tambaleándose un poco hacia delante, frotándose el cuello con una sonrisa de victoria asomando en sus labios.
Y entonces, Clover dio un paso al frente.
Cerró la mano derecha en un puño perfecto y le soltó un derechazo impecable directo al centro de la cara.
El crujido del cartílago resonó en el vestuario. El piloto soltó un grito ahogado, llevándose las manos al rostro mientras la sangre empezaba a brotarle a borbotones de la nariz rota.
Clover retrocedió, sacudiendo la mano derecha con una mueca de dolor, pero con una expresión de satisfacción brillando en su rostro.
Me quedé alucinando. Parpadeé, mirándola como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Por qué coño has hecho eso? —le solté, atónito.
—Tú eres un cadete en instrucción, O'Malley —me respondió ella, con un pragmatismo aplastante, frotándose los nudillos—.
Si le pegas tú, te pueden suspender en la academia y echarte del programa por conducta impropia.
Si le pego yo, como mucho me caerá una amonestación del sindicato y una bronca de Harris. Matemáticas simples.
—¡Estás loca! —la reñí. Agarré su mano derecha con suavidad para inspeccionar el daño. Los nudillos ya se le estaban hinchando y poniéndose morados—. Te has hecho daño, joder.
—Ha merecido la pena.
Dejamos al piloto maldiciendo y gimiendo de dolor en el suelo del vestuario, intentando cortar la hemorragia con su propia manga, y salimos al pasillo en dirección a la sala de descanso para buscar hielo.
Al cruzar la puerta de la sala, el ruido habitual nos recibió. El Equipo Alfa acababa de regresar de su propia emergencia en la interestatal. Caleb estaba apoyado en la encimera tomando un café y Noah, como buen técnico sanitario de rescate, estaba revisando un inventario de botiquines.
En cuanto Caleb vio a su hermana entrar conmigo, agarrándose la mano derecha hinchada, dejó la taza de golpe.
—¿Qué ha pasado? —Caleb se acercó al instante, con el ceño fruncido y el radar de hermano mayor sobreprotector a máxima potencia.
—Nada grave, jefe —le respondí, medio en broma, acercándome al congelador para sacar una bolsa de hielo sintético—. Tu hermana, que ha decidido empezar una carrera como boxeadora profesional antes del almuerzo. Clover puños de hierro.
Caleb no le vio la gracia. Noah dejó el inventario sobre la mesa y se acercó al instante.
—Déjame echarle un vistazo a esa mano, Clover —ofreció Noah, con su habitual tono calmado.
—Estoy bien, Noah, de verdad —lo frenó Clover, quitándole hierro al asunto—. Solo necesito un poco de hielo.
Envolví el hielo en un paño limpio y se lo coloqué con cuidado sobre los nudillos amoratados. Mantuve mis manos sosteniendo las suyas, clavando mi mirada en la de ella.
—No deberías haberlo hecho, muñeca —le susurré, serio.
—Ese tipo se merecía que le arrancaran los dientes, Pat, no solo que le rompieran la nariz —se justificó Clover, aunque soltó un suspiro resignado—. Aunque reconozco que la bronca que nos va a echar el comandante Harris va a ser de proporciones bíblicas.
Caleb, cansado de escuchar la conversación a medias y de no tener respuestas claras, se cruzó de brazos, se plantó justo delante de nosotros y nos bloqueó el paso.
—Se acabó el misterio —exigió Caleb, mirándome directamente a mí—. O me explicáis qué demonios está pasando y a quién le ha roto la nariz mi hermana pequeña, o voy a empezar a repartir yo también.
Solté un suspiro pesado. Sin soltar la mano de Clover, le di a su hermano el resumen de la peor mañana de mi vida profesional.
Le relaté el desastre del rescate en Black Rock , la incompetencia del piloto, el accidente de nuestro bombero líder, las mentiras escandalosas del piloto en el despacho de Harris para salvar su culo y, finalmente, los insultos asquerosos y el encontronazo físico en los vestuarios.
A medida que avanzaba la historia, la mandíbula de Caleb se fue tensando hasta parecer esculpida en piedra. Cuando terminé, soltó una maldición por lo bajo, con los ojos echando chispas, dispuesto a ir él mismo al vestuario a terminar el trabajo de Clover.
Pero antes de que Caleb pudiera dar un solo paso, la puerta de la sala de descanso se abrió de un golpe seco.
El comandante Harris entró en la estancia como un huracán de mala hostia. Nos localizó al instante, cruzó la sala con pasos pesados y se detuvo frente a nosotros, con el rostro inyectado en sangre.
—¡Quiero saber exactamente qué cojones acaba de pasar en ese vestuario! —rugió Harris, haciendo temblar los cristales de la sala.
Me adelanté un paso, interponiéndome entre Clover y el comandante Harris antes de que ella pudiera abrir la boca.
—Fui yo, comandante —solté, con la voz firme—. Perdí los estribos en el vestuario.
Harris se detuvo en seco. Su mirada severa viajó desde mi rostro hasta la bolsa de hielo sintético que Clover sostenía torpemente sobre sus nudillos amoratados. El comandante arqueó una ceja, soltó un resoplido que sonó casi a desprecio y cruzó los brazos sobre el pecho.
—No me tomes por imbécil, O'Malley —ladró Harris—. Tienes a la jefa de Comunicaciones a tu lado con la mano metida en hielo. ¿Qué cojones ha pasado?
Clover no se escondió detrás de mí. Dio un paso al frente, situándose exactamente a mi altura, y levantó la barbilla.
—El piloto del Beta Dos irrumpió en los vestuarios mientras el cadete O'Malley se estaba cambiando, señor —explicó Clover, con un tono gélido e implacable—. Fue a enfrentarse a él. Intentó intimidarlo sobre la maniobra de izado en Black Rock .
Las facciones de Harris se endurecieron aún más.
—¿Y qué dijo exactamente ese piloto para provocar una reacción física tan visceral en ti, Donovan? —exigió saber el comandante.
Clover y yo cruzamos una mirada rápida y cargada de tensión.
El silencio en la sala de descanso se volvió denso.
El problema no era solo el insulto hacia nosotros; el problema era que la acusación del piloto manchaba directamente al hombre que teníamos delante.
Vi cómo Clover tragaba saliva, repentinamente avergonzada.
Carraspeé, asumiendo yo el golpe.
—Dijo que el cadete de rescate se estaba follando a la jefa de Comunicaciones, señor —declaré, manteniendo la voz plana, sin apartar los ojos de Harris—.
Y añadió que ella no era más que su niña bonita.
Insinuó, con palabras bastante más asquerosas, que Donovan había conseguido su ascenso pasando por debajo de su escritorio.
Clover bajó la mirada, con el rubor incendiándole las mejillas.
Harris se quedó paralizado. Pestañeó un par de veces, procesando la información. Y de repente, la tensión de su rostro se rompió. El comandante soltó una carcajada ronca y cargada de incredulidad, negando con la cabeza.
—Dios santo —masculló Harris, frotándose los ojos—. Jamás en toda mi carrera había oído una estupidez más enorme.