Flare (Wildwater Falls 5) VEINTE
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VEINTE

Patrick

E l zumbido ensordecedor de los rotores del Beta Dos muriendo lentamente en la pista fue el único consuelo que tuve tras las horas más largas de mi vida.

Salté a la plataforma de hormigón detrás del técnico sanitario y el piloto. Apenas había puesto los dos pies en el suelo cuando la vi.

Clover estaba de pie en el límite de la pista.

Llevaba su chaqueta técnica de la base y tenía los brazos cruzados, pero su postura rígida delataba el pánico que había estado tragándose en la sala de control.

Sabía de sobra que a Clover no le gustaban las muestras de afecto en el entorno profesional.

Pero en cuanto nuestras miradas se cruzaron, todas sus reglas se fueron a la mierda.

Echó a correr hacia mí.

La atrapé al vuelo, cerrando los brazos alrededor de su cintura, aplastándola contra mi pecho con una fuerza desesperada.

Hundí la cara en su pelo, respirando su olor.

Estaba temblando. La adrenalina aún me corría por las venas, mezclada con un cabreo tan monumental que me costaba mantener la mandíbula cerrada.

Había sido un desastre absoluto. El bombero líder de nuestro equipo ya iba camino de los quirófanos del Hospital Regional con el brazo completamente destrozado, dos costillas rotas y una contusión grave en la cabeza; Logan Pierce iba a tener que operarlo de urgencia para reconstruirle el codo entero, y su carrera colgaba de un puto hilo.

—Estás bien... —susurró Clover contra mi cuello, apretándome con fuerza.

—Estoy entero, muñeca —le confirmé, besándole la sien—. Pero él no.

No tuvimos tiempo para más. La puerta doble del hangar principal se abrió de golpe y el comandante Harris apareció en el umbral, con el rostro tallado en piedra. Nos clavó una mirada gélida a los tres miembros del Beta Dos y luego señaló a Clover.

—Equipo Beta. Donovan. A mi despacho. Ahora.

Nos separamos. Asentí hacia Clover, ajustando mi postura y cambiando instantáneamente el chip.

El silencio en el despacho del comandante era sepulcral. Nos mantuvimos en posición de firmes frente a su escritorio.

—Quiero explicaciones. Ya —ladró Harris, apoyando ambas manos sobre la mesa—. Donovan, empieza tú. ¿Cuáles eran las condiciones meteorológicas exactas y era viable realizar una extracción con grúa?

Clover dio un paso al frente. Su voz sonó fría e impecablemente profesional, propia de la mujer que dirigía las comunicaciones de la base.

—Cielo despejado, comandante. Vientos cruzados sostenidos de cuarenta nudos en la cara norte de Granite Pass .

La topografía de Black Rock siempre genera ese efecto embudo.

Es una zona de alto riesgo térmico, pero nuestros pilotos realizan rescates estacionarios en condiciones similares, e incluso peores, de forma rutinaria y sin incidentes si se ajusta el ángulo de aproximación.

Harris asintió y clavó la vista en el piloto del Beta Dos.

—Tu turno. ¿Qué cojones ha pasado ahí arriba?

El piloto se tensó, desviando la mirada, acorralado.

—No recibí bien los datos meteorológicos en el momento crítico, señor. El centro de comunicaciones no nos transmitió la información completa sobre los picos de las rachas de viento antes de iniciar el izado.

Apreté los dientes. Era absolutamente falso, y tanto el técnico sanitario como yo lo sabíamos. Clover no se inmutó, no parpadeó ni para defenderse, porque no le hacía falta.

—Cadete O'Malley. Técnico —Harris nos miró—. ¿Es eso cierto?

—Negativo, comandante —respondí, con la voz plana y rotunda—. Tuvimos el parte meteorológico claro y actualizado en todo momento, transmitido directamente por la jefa de Comunicaciones.

El técnico sanitario, que estaba a mi lado, asintió con firmeza.

—Confirmo la versión del cadete, señor. Las comunicaciones fueron impecables.

—Añado a mi reporte verbal, señor —continué, mirando a Harris directamente a los ojos—, que durante la maniobra de izado, percibí el efecto péndulo provocado por la cizalladura.

Solicité formalmente un cambio de vector durante el vuelo estacionario para virar la cola y evitar el riesgo de impacto contra la pared de roca.

El piloto negó esa necesidad y se negó a mover el aparato.

El piloto del Beta Dos se giró hacia mí, con la cara roja de furia.

—¡No tienes ni puta idea de aeronáutica, niñato! —me escupió, encarándose—. ¡Ese estacionario era el único posible!

No me moví. No di un paso atrás ni le entré al trapo. Mantuve las manos cruzadas a la espalda, sereno y puramente profesional, como me habían enseñado en la academia. Perder los papeles en un despacho no iba a arreglarle el codo a mi compañero.

—Escribiré mi informe completo detallando los grados de inclinación y mis advertencias, comandante —le dije a Harris, ignorando al piloto por completo—. Y repetiré mi versión bajo juramento ante la junta de investigación donde haga falta.

El técnico sanitario, a pesar de llevar años volando con ese mismo piloto, dio un paso al frente apoyándome.

—Y yo respaldaré esa versión —sentenció el sanitario, girando la cabeza hacia el piloto con asco—. Y te recuerdo que nuestro compañero de equipo está en el Regional con el brazo hecho mierda y su carrera pendiendo de un hilo por tu culpa. Asume tu responsabilidad.

Harris levantó una mano, exigiendo silencio absoluto.

—Suficiente. Quiero el informe de los tres por escrito sobre mi mesa antes de que finalice el turno. Piloto, te quedas suspendido de vuelo operativo hasta que se resuelva la investigación. Beta Dos, podéis retiraros. Donovan, quédate un momento, tenemos que revisar las grabaciones de la caja negra.

Di media vuelta hacia la puerta. Antes de salir, crucé una última mirada con Clover. Había un brillo de orgullo en sus ojos turquesas.

El piloto salió hecho una furia, empujando la puerta y desapareciendo por el pasillo. El técnico sanitario y yo nos detuvimos un segundo en el umbral. Nos dimos un apretón de manos, unidos por el desastre, y nos despedimos en silencio.

Caminé hacia los vestuarios de la base. Necesitaba desaparecer.

El cuarto de taquillas estaba completamente desierto.

El silencio solo era roto por el zumbido de la ventilación.

Caminé hasta mi banco, me senté y empecé a despojarme del equipo mecánico con movimientos robóticos.

Me quité las botas pesadas. Desabroché el arnés táctico y lo dejé caer al suelo.

Agarré la cremallera del mono de vuelo y tiré de ella, bajándome la tela rígida hasta la cintura, dejando mi camiseta térmica al descubierto.

El bajón de adrenalina me golpeó con la fuerza de un tren de mercancías.

Apoyé los codos en las rodillas y hundí la cabeza entre las manos.

Apreté los dedos contra mis sienes, cerrando los ojos con fuerza.

Las imágenes del impacto no dejaban de repetirse en mi cerebro.

El sonido sordo del casco contra el granito.

El cuerpo inerte balanceándose en el abismo.

¿Qué podría haber hecho diferente? ¿Debería haber bloqueado el cabrestante?

¿Debería haber forzado más al piloto por la radio?

El peso de la culpa y la impotencia me aplastaba el pecho.

Y entonces, en medio del silencio, sentí una mano.

Unos dedos familiares se colaron entre los mechones sudados de mi pelo. Empezaron a acariciarme la nuca con una suavidad hipnotizante.

Levanté la cabeza despacio y me encontré de lleno con la inmensidad de sus enormes ojos azul turquesa. Estaban oscurecidos por una preocupación que no me gustaba ver en ellos.

—¿Estás bien, Pat? —susurró.

—No —admití con la voz rasposa —. Joder, Clover, casi pierdo a un compañero ahí arriba. Es la primera vez que me pasa algo así. Podría haber muerto.

Clover no dijo nada. Simplemente dio un paso al frente y me rodeó la cabeza con los brazos.

Seguía sentado en el banco del vestuario, así que me dejé llevar por el instinto, me incliné hacia delante y hundí la cara en su estómago.

Ella me apretó con fuerza contra su cuerpo, ofreciéndome exactamente el refugio que necesitaba.

—Vaya, vaya. Ahora lo entiendo absolutamente todo.

La voz cargada de sarcasmo rebotó contra las taquillas metálicas.

Me separé de Clover de un tirón. El piloto del Beta Dos estaba de pie en el umbral del vestuario, aún con el mono de vuelo puesto, mirándonos con una sonrisa torcida y llena de desprecio.

—Con razón la sala de control te defendía tanto a capa y espada —escupió el piloto, dando un paso hacia el interior—. El cadete de mierda se está follando a la jefa de comunicaciones.

La sangre me hirvió en las venas. El cansancio desapareció, sustituido por una furia ciega. Me levanté del banco como un resorte, cruzando el espacio que nos separaba en dos zancadas, y lo encaré.

—Eres un puto imprudente de mierda —le gruñí a escasos centímetros de su cara, con los puños apretados—. Has destrozado a tu propio bombero y ahora tienes que tapar tus errores echándole la culpa a los demás porque eres un puto cobarde.

El piloto soltó una risa seca, burlándose de mí. No retrocedió.

—Un niñato inexperto como tú no es nadie para juzgar mis decisiones de vuelo —siseó—.

Y menos aún si estás liado con una Donovan.

La niña bonita del comandante Harris. —El piloto desvió la mirada hacia Clover y la recorrió de arriba abajo con asco—.

Seguro que así es como consiguió su ascenso a jefa de comunicaciones, ¿verdad?

Pasando por debajo de la mesa del comandante antes de abrirse de piernas para el cadete.

Perdí el puto control.

Levanté las manos antes siquiera de registrar el pensamiento, lo agarré por el cuello y lo estampé contra las taquillas. El metal crujió bajo su peso.

—Retira esas putas palabras asquerosas ahora mismo —le rugí en la cara, apretando el agarre en su garganta.

—¡Pat, suéltalo!

La mano de Clover se cerró alrededor de mi bíceps. No tiró de mí con fuerza, pero el contacto de sus dedos y el sonido de mi nombre en su boca fueron suficientes para perforar la neblina roja de mi cerebro.