DIECINUEVE #2
—Copiado, Beta Dos. Prepárenlo. —Cambié de canal sin perder una fracción de segundo, conectando la frecuencia directa de emergencias médicas—.
Base de Rescate a Wildwater Regional. Código rojo de trauma entrante.
Preparen quirófano y estabilización. Paciente masculino, TCE severo y politraumatismo por aplastamiento contra roca.
Tiempo estimado de llegada: veinte minutos.
— Wildwater Regional copiado, Base. Urgencias y Trauma activados —respondió la voz de Savannah desde el hospital.
Cambié de nuevo al canal de operaciones.
—Beta Dos, la carga máxima del cabrestante y el espacio operativo solo permiten una camilla nido. Subid al código rojo. Charlie Tres se encargará del amarillo y del verde en una segunda pasada.
— Copiado, Base —respondió el piloto del Beta Dos—. Técnico sanitario lanzando camilla nido.
El silencio de radio durante los siguientes minutos fue agonizante.
Solo escuchaba los pitidos de los monitores de constantes y la telemetría del helicóptero luchando por mantener su posición.
Sabía exactamente lo que estaba pasando ahí abajo: Patrick y el bombero estaban asegurando al inconsciente en la camilla rígida, bloqueándole el cuello, asegurando los anclajes bajo un viento que amenazaba con tirarlos a todos por el precipicio.
— Base, paquete asegurado en la camilla nido —habló el bombero líder—. Las ráfagas son demasiado fuertes para un izado limpio. O'Malley subirá enganchado a la camilla para estabilizarla y hacer de peso muerto contra el viento.
Apreté los puños bajo la mesa hasta que los nudillos se me quedaron blancos.
«Joder».
Iba a subir colgado de un cable a sesenta metros del suelo, expuesto a los bandazos del viento, intentando que una camilla con un herido crítico no se estrellara contra el fuselaje o la montaña.
—Recibido, Beta Dos —respondí con voz gélida—. Inicien maniobra de izado.
La telemetría me indicó que el motor de la grúa había empezado a recoger cable.
— ¡Joder, el viento nos está machacando! —La voz de Patrick sonó de pronto por la radio. Su respiración era agitada, marcando el esfuerzo físico brutal—. ¡Piloto, la cola se te está desviando a la derecha! ¡Apenas puedo mantener la camilla estable, nos estamos yendo contra la pared!
— ¡Lo tengo, lo tengo, compensando! —gritó el piloto.
Cerré los ojos un milisegundo.
«No te sueltes, O'Malley. Maldita sea, no te sueltes».
Mi instinto quería gritarle, quería suplicarle que tuviera cuidado, pero la jefa de Comunicaciones mantuvo el micrófono cerrado.
No interferir. No distraer. Mi silencio era mi mayor apoyo en ese instante.
Las alarmas de proximidad del fuselaje del helicóptero empezaron a pitar a través de la transmisión. Estaban demasiado cerca de las rocas.
Maldije en silencio. Cada segundo era una hora.
— ¡Cabrestante al límite! —gritó el técnico sanitario desde el interior de la cabina.
El sonido de metales chocando y un par de gruñidos de esfuerzo ahogaron la radio. Aguardé, con la respiración paralizada, esperando escuchar la única cosa que me importaba en ese momento.
— Base... paquete en cubierta —La voz de Patrick sonó jadeante, ronca y pesada, pero innegablemente a salvo dentro del fuselaje—. El herido está dentro.
Solté una exhalación temblorosa por la nariz. Estaba dentro.
— El sanitario se queda con el paciente, está perdiendo presión arterial —informó Patrick, recuperando su tono operativo en segundos—. Asumo los controles de la grúa. Base, procedo a bajar el cable para izar al bombero líder.
—Copiado, Cadete O'Malley —respondí, con la voz firme y pulida como el cristal—. Proceda con la extracción final. A la espera.
Uno menos, había que evacuar a dos más aún.
—Charlie Tres, aquí Base —hablé, tecleando nuevos vectores en mi consola—. Prepárate para iniciar maniobra de aproximación y establecer vuelo estacionario en cuanto el Beta Dos despeje la zona cero. A la espera de confirmación.
— Charlie Tres copiado. Motores listos, a la espera del relevo.
Cambié al canal del Beta Dos para supervisar el izado del bombero líder.
— Piloto, estamos demasiado cerca de la cara norte —La voz de Pat cruzó la radio. Sonaba tensa, advirtiendo del peligro con la precisión de un profesional que sabe leer el entorno—. El viento está rebotando contra el granito. Tienes que abrir el ángulo.
— Negativo, O'Malley. Es la mejor posición que puedo mantener con esta cizalladura —replicó el piloto del Beta Dos, sonando a la defensiva y apurado—. Daos prisa con ese cabrestante.
— Te digo que estás demasiado cerca —insistió Pat, elevando la voz por encima del ruido de las palas—. Las rachas son impredecibles. El efecto péndulo del cable está empujando al bombero líder hacia la roca.
— El cadete tiene razón —intervino la voz del bombero líder, que seguía suspendido en el vacío, balanceándose bajo la barriga del helicóptero—. ¡Solicito extracción inmediata, piloto! ¡El viento me está arrastrando!
— Mantengo posición. Es lo mejor que vais a conseguir. ¡Súbelo ya, O'Malley!
Un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal.
Sabía perfectamente lo que suponía un izado en esas condiciones.
Si el piloto no tenía el control absoluto de la aeronave para compensar la deriva, un golpe térmico podía estampar al bombero contra la pared.
O peor: si las palas rozaban la roca, el helicóptero entero caería por el abismo.
—Cross —solté, sin apartar los ojos de la pantalla, con un tono que hizo que el técnico de mi lado se pusiera rígido—. Informe rápido de microclima en Black Rock . Ahora.
—Los modelos predictivos indican una bajada de presión. Los vientos mejorarán y se estabilizarán en unos veinte minutos, jefa —respondió Cross a toda velocidad.
Veinte minutos. Era una eternidad. Teníamos a un rescatista colgado a medio izar en Black Rock , el peor embudo de viento de toda la maldita cordillera.
— ¡Piloto, vira a estribor quince grados! —bramó Pat por la frecuencia abierta, perdiendo la paciencia—. ¡Vira ahora o lo vas a matar!
— ¡No voy a mover el estacionario, cadete, concéntrate en la puta grúa!
Y entonces, ocurrió.
El micrófono abierto de Pat captó el sonido antes que la telemetría. Un aullido ensordecedor del viento. Una racha cruzada violenta y traicionera. Luego, un golpe sordo.
— ¡Impacto! —El grito de Pat me heló la sangre. El canal general se llenó de ruido—. ¡Impacto directo! ¡El líder se ha estrellado contra la pared!
Me puse en pie de un salto, apoyando ambas manos sobre la consola, con el corazón paralizado.
—¡Reporte, Beta Dos! —exigí, mi voz cortando el aire de la sala de control como una cuchilla de titanio—. ¡Evaluación de daños!
— ¡Ha perdido el casco! —jadeó Pat. Por el sonido del roce del arnés, supe que tenía medio cuerpo colgando fuera del helicóptero, sujeto únicamente por sus anclajes de seguridad, asomándose al vacío bajo cuarenta nudos de viento—. Está inerte. Seis metros por debajo del patín. ¡Está inconsciente!
El terror amenazó con asfixiarme. Pat estaba asomado a un abismo, en un helicóptero pilotado por un capullo arrogante que acababa de aplastar a su propio hombre contra la montaña. Tragué saliva, forzando a mi cerebro a mantener la frialdad que me exigía mi puesto.
— ¡Cabrestante a máxima velocidad! —gritó Pat. Escuché el motor de la grúa aullando al límite de su capacidad—. ¡Lo tengo! ¡Lo atrapo!
Hubo un forcejeo violento transmitido por la radio, el sonido de los mosquetones chocando con el suelo de aluminio de la cabina. Pat lo había agarrado a pulso y lo había metido dentro.
— ¡Paquete en cubierta! —confirmó Pat, con la respiración rota—. Está vivo. Inconsciente. Fuerte traumatismo craneal, rasguños severos por toda la cara y posible fractura en el hombro del impacto. El sanitario se hace cargo.
—Beta Dos, aborta la misión de extracción —ordené, con una furia fría e hirviente vibrando en cada sílaba—. Rompe el estacionario y vuela directo al Regional. Tienes dos heridos críticos a bordo.
— Copiado, Base. Saliendo de la zona cero y virando hacia el hospital —respondió el piloto, cuya voz ahora sonaba ligeramente temblorosa, consciente de la puta negligencia que acababa de cometer.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que me dolieron las muelas.
Estaba furiosa. Una rabia ciega me quemaba las entrañas.
Ese piloto imbécil no había tenido en cuenta mis partes meteorológicos, había ignorado deliberadamente las advertencias de su propio equipo y ahora un bombero estaba sangrando de camino al hospital.
Un bombero que, si las posiciones hubieran estado invertidas, podría haber sido Pat.
Podría haber sido mi Pat aplastado contra el granito por culpa del ego de un idiota.
Cerré los ojos dos segundos. Empujé el terror y la rabia al fondo de una caja mental y le eché el candado.
Tenía a dos alpinistas atrapados en esa cornisa esperando ser rescatados.
Abrí los ojos, con la mente tan fría y veloz como un procesador cuántico, y clavé la vista en el radar.
—Charlie Tres, aquí Base —transmití, mi voz resonando con autoridad en toda la red—. Beta Dos está fuera. Entras tú. Los vientos siguen en cuarenta nudos racheados, pero el modelo predictivo de Black Rock exige un ángulo de aproximación distinto.
— A la escucha, Base.
—No vas a entrar perpendicular a la pared —le indiqué, guiando la maniobra mentalmente—.
Entrarás con un vector de inclinación de veinte grados desde el noroeste, usando la aerodinámica de la propia montaña para cortar la cizalladura.
Y mantendrás una distancia de seguridad de quince metros con la roca, pase lo que pase.
Tu bombero usará un cable guía estabilizador antes de tocar la cornisa. ¿Copiado?
— Copiado, Jefa. Vector a veinte grados, quince metros de margen y cable guía.
—Hazlo limpio, Charlie Tres. No pienso perder a nadie más en esa montaña hoy. Inicia aproximación.