DIECINUEVE
Clover
S ostuve mi taza de café de la máquina expendedora y me permití esbozar una pequeña sonrisa privada frente a la pantalla del radar meteorológico.
Hacía días que la vida era orgásmicamente genial.
Fantástica. Alucinante. Estar con Pat me había devuelto a mi ser.
Todo nuestro tiempo libre, cada segundo que no estábamos de servicio, lo pasábamos pegados el uno al otro.
Patrick no había vuelto a pisar la tercera habitación del apartamento desde la noche de mi cumpleaños.
Ahora dormíamos juntos. Y lo más importante: cada mañana, cuando abría los ojos, él seguía ahí.
Aunque se despertara una hora antes que yo, aunque tuviera que quedarse mirando el techo en la penumbra aguantando las ganas de levantarse, Pat no movía ni un solo músculo para salir de la cama hasta que yo me despertaba y le daba los buenos días.
Era su forma obstinada de compensar aquella mañana de hace seis años en Portland.
Se negaba en rotundo a que volviera a abrir los ojos en una cama vacía.
No quería pensar en el futuro. Me aterraba hacerlo.
Su instrucción en la academia de especialización estaba a punto de terminar y aún no teníamos ni idea de qué iba a hacer.
Yo intuía que quería quedarse, lo veía en la forma en que miraba las montañas y en cómo me miraba a mí, pero desconocía qué vida había dejado en Portland o qué compromisos laborales le exigía su capitán de bomberos.
Así que había decidido blindar mi mente: vivir el momento y exprimir cada segundo para recuperar el tiempo perdido.
—¡Jefa! —La voz de Cross, uno de los técnicos de emergencias de la sala, cortó mis pensamientos como un látigo—. Activación doble de balizas. Coordenadas entrantes.
El romanticismo se evaporó de mi cerebro en una fracción de segundo.
Dejé la taza de café sobre la mesa con un golpe seco, arrastré mi silla con ruedas hasta la consola principal y me puse los auriculares con micrófono.
La pantalla central parpadeó, mostrando un punto rojo intermitente en la cartografía 3D de la cordillera.
—Ubicación —exigí, mi voz bajando una octava, adoptando mi mejor tono de jefa de comunicaciones.
— Granite Pass —respondió Cross, tecleando a toda velocidad—. Sector noroeste.
—Verifica los registros de salidas en la oficina de guardabosques. Hoy tenemos alta presión, cielo despejado y cero precipitaciones. Es un día de manual para la escalada en hielo. ¿Quién tenemos en esa zona?
—Dos grupos registrados —confirmó el técnico unos segundos después—. Uno en la ladera sur y otro atacando la cara norte, en Black Rock . Las coordenadas de las balizas coinciden exactamente con la pared de Black Rock . El registro indica un grupo de tres alpinistas experimentados.
—Inicia protocolo de comunicación por radiofrecuencia de emergencia y banda ciudadana. Intenta contactar con ellos. Ya.
Cross lanzó los avisos. El silencio estático de la radio fue la única respuesta. Lo intentó una segunda vez. Nada. Cuando las balizas se encienden pero no hay respuesta por radio, significa que las cosas están muy mal.
—No responden, Clover.
Asentí, procesando las variables topográficas y meteorológicas lo más rápidamente posible.
—Aquí Base Wildwater —hablé por el canal general, pulsando el botón de transmisión de mi consola—. Alfa Uno, reporte de estado.
— Base, aquí Alfa Uno —respondió la voz tensa de Caleb—. Seguimos atrapados en el accidente múltiple de la interestatal. Tenemos para largo. Prioridad crítica aquí abajo.
—Entendido, Alfa Uno. Mantengan posición. —Cambié de canal de inmediato—. Beta Dos y Charlie Tres, aquí control de base. Código rojo en Granite Pass , cara norte de Black Rock . Doble activación de balizas de emergencia. Tres alpinistas incomunicados. Despegue inmediato.
Las confirmaciones de ambos helicópteros resonaron en mis oídos.
El Charlie Tres llevaría el equipo médico pesado, pero el Beta Dos comandaría la operación de extracción.
Mi pulso se alteró al recordar quién estaba en la cabina del Beta Dos haciendo su rotación.
Patrick. Tragué saliva, bloqueé esa información en una caja fuerte mental y me centré en las pantallas.
No era mi novio. Era un cadete de apoyo.
Quince minutos después, los indicadores GPS de ambos helicópteros se acercaban a la zona cero.
— Base, aquí Beta Dos. Estamos en la aproximación final a Black Rock —informó el piloto.
Su voz delataba la tensión de los rotores luchando contra la atmósfera—.
Tenemos corrientes térmicas traicioneras.
Vientos cruzados sostenidos de cuarenta nudos rebotando contra la pared de piedra.
Mantener un vuelo estacionario va a ser un puto infierno.
—Copiado, Beta Dos —respondí, tecleando para desplegar el mapa de corrientes de viento en mi pantalla secundaria—.
Tienes una ventana de estabilidad térmica si te aproximas desde el noroeste a unos cincuenta metros por encima de la cota máxima del saliente.
Haz una pasada de reconocimiento visual y reporta.
Esperé, con los ojos clavados en el radar y las manos apoyadas en la consola.
— ¡Contacto visual, base! —gritó el bombero de rescate principal del Beta Dos a través del canal—.
Están en un saliente a doscientos metros de la cumbre.
Veo a dos alpinistas conscientes, asegurados a la pared, haciendo señales visuales.
El tercero está tendido en el suelo de piedra, a sus pies.
No se mueve. Parece inconsciente o politraumatizado.
La adrenalina tomo el control de la sala, pero mi tono se mantuvo inalterable.
—Beta Dos, evalúa opciones de extracción. ¿Puedes posar los patines?
— Negativo, Base —respondió el piloto mientras el sonido del viento rugía por el micrófono—. El saliente es demasiado estrecho y el ángulo de las palas chocaría con la pared norte. La única opción es intentar un vuelo estacionario en altura y bajar personal con grúa de rescate.
— Aquí bombero líder del Beta Dos —intervino la voz del especialista, ahogada por el ruido de la puerta lateral abriéndose—. Preparamos descenso dual. El cadete O'Malley y yo bajaremos con el cable para evaluar y estabilizar a los heridos en el saliente antes de subirlos.
Mi corazón dio un vuelco brutal contra mis costillas. Un descenso dual con grúa, con vientos cruzados de cuarenta nudos contra una pared de roca helada, era una de las maniobras más arriesgadas del manual. Un golpe de viento podía estamparlos contra la pared de granito antes de tocar el suelo.
Me aferré al borde de la mesa, clavándome las uñas en las palmas, pero cuando pulsé el botón de transmisión, mi voz fue firme y segura:
—Recibido, Beta Dos. Tienen luz verde para descenso con grúa. Mantengan actualización de telemetría constante. Base a la escucha. Tengan cuidado ahí fuera.
La sala de control se redujo al tamaño de mi pantalla principal y a la voz distorsionada que salía por mis auriculares. El resto del mundo dejó de existir.
— Beta Dos iniciando maniobra de descenso con grúa —informó el bombero líder del helicóptero. El sonido del viento a través de su micrófono era un rugido constante—. Cadete O'Malley y yo asegurados al cable. Puerta abierta.
Apreté un botón en la consola, aislando la frecuencia de coordinación.
—Charlie Tres, aquí Base. Beta Dos ha iniciado el descenso. Mantén patrón de espera en órbita a tres millas náuticas al sur de Black Rock . Evitaremos que la estela de tus rotores cruce el vector de viento del Beta Dos. Os encargaréis de la extracción secundaria de los heridos leves.
— Charlie Tres copiado. Manteniendo posición.
Me incliné sobre la pantalla de telemetría. Los datos del anemómetro del Beta Dos parpadeaban en amarillo.
— Base, aquí O'Malley en descenso —La voz de Patrick sonó por el auricular.
Era fría y tensa pero absolutamente profesional, sin rastro del hombre que había estado entre mis piernas horas antes—.
Las ráfagas cruzadas están golpeando fuerte contra la pared.
El péndulo del cable empieza a ser inestable.
— Lo tengo controlado, equipo —intervino la voz del piloto del Beta Dos por el intercomunicador—. Ajustando paso cíclico para compensar la deriva.
Pero la pantalla de mi consola me decía otra cosa. Los vectores de viento mostraban picos repentinos que rebotaban contra el granito de la montaña, creando vórtices impredecibles. El vuelo estacionario no estaba controlado. Ni de lejos.
—Charlie Tres, aquí Base —ordené, con un tono tajante que no admitía debate—. Aumenta la distancia de seguridad a cinco millas náuticas. Las corrientes térmicas se están desestabilizando. No quiero ni una sola turbulencia extra cerca de esa pared.
— Charlie Tres copiando y alejándose.
Mantuve el dedo sobre el botón de transmisión, con el corazón golpeándome las costillas a un ritmo frenético, pero mi voz interna de jefa de Comunicaciones ahogó por completo mi pánico.
Durante los siguientes tres minutos, solo escuché el sonido del viento y las indicaciones cortas entre el piloto y el cableador.
— ¡Contacto con la cornisa! —gritó el bombero líder, ahogado por el ruido—. O'Malley y yo estamos en tierra. Desconectando cable. Procedemos a triaje rápido.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Base a la escucha, Beta Dos. Informad del estado del paquete.
Tardaron exactamente cuarenta y cinco segundos en responder. Fue Patrick quien tomó la transmisión.
— Base, aquí O'Malley. Evaluación inicial completada.
Tres víctimas. Un verde, ileso pero en shock.
Un amarillo, consciente con posible luxación anterior de hombro.
Y un rojo, inconsciente. Presenta traumatismo craneoencefálico severo y posibles fracturas múltiples.
Ha sufrido una caída en péndulo de unos cuatro metros contra la pared de roca.
— El herido amarillo intentó frenar la caída desde la cornisa y se dislocó el brazo —añadió el bombero líder—. El rojo se quedó colgando a un palmo de un abismo de treinta metros. Lo han izado a pulso.