DIECIOCHO #3
Esbocé mi mejor sonrisa canalla, inclinándome hacia ella.
—¿Estás hipnotizada, muñeca? —me burlé en un susurro grave.
Clover parpadeó, levantando por fin la vista hacia mis ojos, y soltó una pequeña risa ronca que me vibró en el pecho.
—Puede —admitió, encogiéndose de hombros, descarada—. Hipnosis de pene, lo llamo. Es un fenómeno muy real.
Solté una carcajada por lo bajo, incapaz de resistirme a ella.
Acerqué mi cuerpo al suyo, rozando mi erección contra su abdomen vestido.
—¿Cuánto lo deseas? —le pregunté, mirándola fijamente a los labios.
Clover tragó saliva. Estaba temblando.
—Mucho —susurró, agarrándome por la cintura—. Muchísimo.
—¿Y dónde la quieres, Clover?
—Dentro de mí.
—Sé más específica —la provoqué, bajando las manos hasta el borde de su falda—. ¿Dónde la quieres exactamente?
—En mi coño —gimió, clavándome las uñas a través de la camiseta—. La quiero en mi coño.
Sonreí, satisfecho, acariciando la curva de su cadera.
—Bien. ¿Y dónde quieres mi corrida?
Clover se mordió el labio inferior, perdiendo la poca cordura que le quedaba, excitada más allá de cualquier límite por el tono de interrogatorio sucio.
—En mi boca.
Asentí despacio. Di un paso al frente y la acorralé contra la puerta del cubículo. Acerqué mi rostro al suyo, saqué la lengua y le lamí los labios húmedos con lentitud. Ella soltó un estremecimiento violento, temblando de puro deseo. Estaba jodidamente loco por ella.
—Este es el plan —le susurré contra la boca, marcando las normas—. Primero te voy a follar contra esta pared. Y cuando te hayas corrido, te bajaré para que acabes el trabajo y consigas que me corra en tu boca. ¿Entendido?
Clover tragó saliva, con los ojos dilatados, y asintió frenéticamente.
Metí las manos bajo su falda. Le bajé las medias y las bragas de un solo tirón experto, apartando la tela hasta los tobillos, y la agarré por los muslos para alzarla contra la pared.
Clover me rodeó la cintura con las piernas al instante. Estaba empapada, hirviendo y más que preparada. La embestí con un solo golpe de cadera, hundiéndome hasta la raíz.
Un grito de placer intentó escapar de su garganta, pero lo ahogué estrellando mi boca contra la suya, metiendo mi lengua en su boca con la misma fuerza y ritmo con los que mi polla había invadido su cuerpo.
—Silencio, muñeca —le advertí al oído, respirando erráticamente—. Estamos en un baño público.
Ella asintió, con los ojos cerrados, pero bajó una mano hasta mi cintura, agarrándome del cinturón para instarme a penetrarla aún más profundo.
—Ansiosa —me burlé, apretando el agarre en sus muslos.
—Fóllame de una vez, Pat —suplicó ella, con la voz rota.
Y lo hice. Empecé con embestidas largas, llenándola por completo, y fui acelerando el ritmo a medida que el calor de su coño me succionaba el cerebro.
Estar en el interior de Clover era la mejor puta sensación del universo.
Estaba tan estrecha, tan ridículamente húmeda y caliente que sentí que la cabeza me iba a estallar.
La fricción brutal de nuestros cuerpos resonaba en el pequeño cubículo, pero sus gemidos se quedaban ahogados contra mi cuello y mis labios.
Colé una mano entre nuestros cuerpos atrapados y encontré su clítoris hinchado.
Empecé a frotarlo con el pulgar al mismo ritmo que mis embestidas.
Fue el golpe de gracia. Clover se rompió en pedazos.
Se corrió de forma violenta, ahogando un grito en mi hombro mientras sus piernas temblaban de forma incontrolable a mi alrededor y las paredes de su vagina sufrían espasmos que ordeñaron mi polla con una presión letal.
Cerré los ojos, apretando la mandíbula hasta que me dolieron los dientes, obligándome a no correrme dentro de ella. Tenía que aguantar. Se lo había prometido.
Cuando los espasmos de Clover empezaron a ceder y abrió los ojos, la bajé despacio por la pared hasta que sus pies descalzos tocaron el suelo.
Ella no necesitó instrucciones. Se puso en cuclillas frente a mí, apartó el pelo de su rostro y me engulló de nuevo.
Esta vez fue hasta el fondo. Me chupó, lamiendo la base y masajeándome con una técnica que me dinamitó la resistencia.
No aguanté más de un minuto. Agarré la parte posterior de su cabeza con una mano, entrelazando mis dedos en su pelo para evitar que se golpeara contra la puerta de metal por la fuerza de mis embestidas, y con la otra mano le acaricié la mejilla con devoción.
—Estoy a punto... —gruñí, mirándola desde arriba mientras ella no apartaba sus ojos turquesas de los míos—. Eres la mejor puta visión que he tenido en años.
Me corrí.
El orgasmo me atravesó el cuerpo entero en oleadas ardientes. Me vacié en su boca, bombeando mi corrida mientras ella tragaba, manteniéndome la mirada con una intensidad que me robó el aliento.
Me apoyé contra la pared, con la respiración rota y el corazón a mil por hora. Miré a la mujer arrodillada frente a mí, a mi muñeca, a la chica que por fin me llamaba Pat, y supe que estaba perdido de por vida. Sí, Clover Donovan acababa de volarme la cabeza, la polla y el puto mundo.