Flare (Wildwater Falls 5) DIECIOCHO #2
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DIECIOCHO #2

—Mi intención es quedarme, Molly —me sinceré, bajando la voz—.

Quiero pedir una reunión formal con el comandante Harris de la base aérea para ver si puedo entrar en algún puesto de forma temporal o definitiva.

Pero tú y yo sabemos cómo funcionan los presupuestos del condado.

Ahora mismo no hay vacantes disponibles en rescate vertical.

Nadie se va a jubilar y nadie se va a marchar.

Así que... mis opciones de quedarme en Wildwater Falls están completamente en el aire.

Molly me miró con comprensión, apretó los labios y me dio un último apretón en el brazo antes de prepararse para volver a la barra con Candice.

—Habla con Harris —me aconsejó con firmeza—. Y sigue a tu corazón, Patrick. Si algo nos enseña este trabajo, es que no puedes desperdiciar ni un solo segundo de felicidad. Lucha por quedarte.

—Lo haré. Gracias, Molly.

Las chicas se alejaron, perdiéndose entre la multitud. Volví a centrar mi atención en la pista justo a tiempo para ver cómo Clover bajaba de un salto de la mesa. Se despidió de Violet con un choque de manos y empezó a caminar hacia mí, abriéndose paso al ritmo de la música.

Tenía el pelo castaño ligeramente revuelto por el baile, las mejillas encendidas y un brillo en esos ojos turquesas que me paralizó la respiración. Estaba insultantemente sexi.

En cuanto llegó a mi altura, no me lo pensé dos veces. Alargué el brazo, la agarré por la cintura y la estrellé contra mi cuerpo, atrapando sus labios en un beso hambriento que supo a cerveza, a fiesta y a ella.

Clover se dejó hacer, enredando los dedos en la tela de mi camiseta oscura. Cuando nos separamos un poco, manteniendo nuestras frentes unidas y con la respiración agitada, ella se puso de puntillas.

Acercó los labios a mi oído. Sentí su aliento caliente rozando mi piel, erizándome los vellos de la nuca.

—Pat... —susurró, y el sonido de mi nombre en su boca me dio una sacudida eléctrica que me bajó directo a la entrepierna—. Necesito tu ayuda en el baño.

Levanté la cabeza de golpe.

La miré fijamente. Sus ojos chispeaban con una mezcla de picardía y provocación. La erección se me disparó en cuestión de un milisegundo, dura, pesada y dolorosa, pulsando contra la cremallera de mi pantalón con una urgencia que amenazaba con hacerme perder el control en medio del bar.

La agarré más fuerte por la cintura, acercando mis caderas a las suyas para que sintiera exactamente lo que acababa de provocarme, me incliné sobre ella y le devolví el susurro, ronco y oscuro contra su oreja:

—Estaré encantado de ayudarte donde y cuando sea, muñeca. Vamos.

Observé cómo Clover se separaba de la multitud, me lanzaba una última mirada por encima del hombro y empujaba la puerta de madera con la silueta masculina.

Le di exactamente tres segundos de ventaja antes de seguirla.

El baño de hombres estaba vacío, mucho menos concurrido que el de mujeres.

Me abrí paso hasta el fondo y abrí la puerta del último cubículo.

Por suerte, los dueños de The Switchback tenían buen gusto y las puertas de los retretes llegaban desde el techo hasta el suelo, creando un aislamiento perfecto.

Clover estaba sentada sobre la tapa bajada del inodoro, esperándome. Tenía las rodillas juntas, las mejillas encendidas por el alcohol y el baile, y el pecho subiendo y bajando bajo el jersey. Al verme entrar y pasar el pestillo de metal, hizo el amago de levantarse.

Di un paso al frente, levanté el dedo índice y me lo llevé a los labios, exigiéndole silencio. Con la otra mano libre, le agarré el hombro con firmeza y apliqué la presión justa para obligarla a quedarse sentada.

Ella obedeció al instante.

Llevé las manos a la hebilla de mi cinturón y tiré de ella. El clic metálico resonó en el espacio minúsculo.

Vi cómo los ojos de Clover se oscurecían.

Su mirada trazó una línea errática desde mi entrepierna hasta mi cara, y de vuelta a la cremallera de mi pantalón.

La expresión de mi muñeca cambió de forma radical, perdiendo cualquier rastro de la chica divertida de la pista de baile.

Se pasó la punta de la lengua por el labio inferior de forma lenta y deliberada.

Me bajé la cremallera, aparté la tela del bóxer y dejé que fuera ella quien liberara mi polla.

Clover la agarró con ambas manos. Estaba dura como una puta roca, latiendo de necesidad. No dudó un segundo. Abrió la boca y me engulló por completo.

Eché la cabeza hacia atrás, soltando un gruñido ronco y ahogado.

Clover era una maldita experta en aniquilar mi cordura.

Me chupó y me lamió con una voracidad y un ritmo tan perfectos, tragándome hasta el fondo con los ojos cerrados, que la fricción húmeda de su lengua casi me hace cruzar la línea de no retorno.

En menos de dos minutos, el orgasmo me estaba quemando la base de la columna.

—Arriba —jadeé, agarrándola por los brazos y tirando de ella para levantarla del retrete.

La puse de pie frente a mí. Mi polla rebotó contra mi propio vientre, gruesa, dura y brillante por la saliva de Clover.

Ella no podía apartar la vista de mi entrepierna. Tenía los labios hinchados y los ojos desenfocados por el deseo.