Flare (Wildwater Falls 5) DIECIOCHO
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DIECIOCHO

Patrick

E l resplandor de las velas iluminaba el rostro de Clover, dibujando sombras suaves sobre sus pómulos. Me quedé apoyado en el borde de la mesa de madera, con los brazos cruzados sobre el pecho, observándola en silencio.

Segundos antes de cerrar los ojos, su mirada turquesa había buscado la mía. Me había dedicado una sonrisa radiante, una sonrisa que me gritaba sin palabras que por fin tenía todo lo que quería.

Pero entonces, cerró los ojos.

Vi cómo esa sonrisa se desvanecía. Vi cómo sus hombros se tensaban ligeramente y cómo una sombra le cruzaba el rostro.

Clover sopló las velas. Las luces del reservado volvieron a encenderse y el estallido de aplausos, silbidos y vítores ahogó cualquier rastro de melancolía.

La siguiente media hora fue un torbellino de risas, pintas de cerveza vacías y papel de regalo rasgado.

Clover fue abriendo los paquetes que le iban entregando.

Hannah y Caleb le regalaron unas entradas para el concierto de uno de sus cantantes favoritos; Ian y Savannah le entregaron unos guantes técnicos de rescate de alta montaña de última generación, y Violet le dio una bolsa llena de accesorios para sus escaladas.

Cuando el ruido empezó a menguar, di un paso al frente y metí la mano en el bolsillo del pantalón.

Saqué una pequeña caja cuadrada de cartón rígido negro y se la tendí.

Clover parpadeó, completamente desconcertada. Bajó la vista hacia su propia muñeca, donde el brazalete de plata y turquesa que le había puesto la noche anterior brillaba contra su piel, y luego me miró con el ceño fruncido, interrogativa.

—Ya me has dado mi regalo —murmuró.

Le dediqué mi mejor sonrisa, ladeando la cabeza.

—Ábrelo, muñeca.

Clover suspiró, intentando disimular la sonrisa que le curvaba los labios, y retiró la tapa de la caja.

El aire pareció atascarse en su garganta. Dentro, descansando sobre la almohadilla, había una brújula. No era una brújula cualquiera; era una brújula táctica militar, forjada en acero negro mate, pesada y con tapa. Una herramienta de precisión y supervivencia real.

Clover pasó los dedos temblorosos por el metal frío y luego, con cuidado, le dio la vuelta.

En la parte trasera del acero negro estaban grabadas sus iniciales, C. D. , y debajo, en una caligrafía limpia, una sola frase:

«Regresa siempre al hogar».

La vi tragar saliva con fuerza. Esa frase era parte de uno de los juramentos de la academia de rescate.

Era un código que compartíamos como profesionales que se jugaban la vida a diario.

Pero también tenía un significado mil veces más profundo.

Era una declaración de intenciones. Significaba que, sin importar lo dura que fuera la tormenta, ella era mi hogar.

Y yo sentía, con cada célula de mi cuerpo, que también me había convertido en el suyo.

Y siempre encontraríamos el camino hacia el otro.

Clover levantó la vista. Tenía los ojos empañados en lágrimas.

No dijo ni una sola palabra. Simplemente soltó la caja sobre la mesa y se lanzó a mis brazos riendo y llorando a la vez.

La atrapé al vuelo, agarrándola con firmeza por debajo de los muslos mientras ella rodeaba mi cintura con las piernas y hundía las manos en mi pelo.

Y la besé. Porque no podía tener a mi chica así y no besarla.

Fue un beso desesperado y hambriento. Nos devoramos allí mismo, en medio del reservado, olvidándonos por completo de que estábamos rodeados de nuestra familia, nuestros amigos y nuestros compañeros de la base.

Me importaba una mierda quién nos mirara.

Me importaba una mierda el mundo entero.

Cuando finalmente tuvimos que separarnos para tomar aire, lo hicimos a escasos milímetros de distancia. Mantuve mi agarre en sus muslos, sosteniéndola contra mi cuerpo sin ningún esfuerzo.

El reservado entero estaba vitoreando, silbando y aplaudiendo como locos ante el espectáculo.

Pero mis ojos seguían clavados en los de ella, y los de ella en los míos.

Clover sonrió. Una sonrisa dulce, abrumadora, que le iluminó los ojos turquesas. Me acarició la nuca y, con la voz un poco ronca, susurró dos palabras que me destrozaron.

—Gracias, Pat.

El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí el impacto en las costillas. Me quedé completamente paralizado, con la respiración cortada. Hacía trece malditos años que no escuchaba esa palabra salir de su boca.

Clover ladeó la cabeza, leyendo mi expresión.

—¿Qué pasa? —preguntó, bajando la voz en medio del ruido del bar—. ¿Por qué pones esa cara de sorpresa?

Tragué saliva, apretando un poco más los dedos en sus muslos para asegurarme de que esto era real.

—Hace trece años que no me llamabas así —logré articular, con la voz rasposa.

El rubor le subió por el cuello, pero no apartó la mirada. Rozó su nariz con la mía, en un gesto de pura intimidad.

—¿Y te gusta que te llame así? —susurró.

Una sonrisa inmensa se me extendió por la cara.

—Me vuelve loco —le confesé, pegando su frente a la mía—. Porque yo soy Pat, y tú eres mi muñeca.

✽✽✽

El bajo de la música atronaba por los altavoces, haciendo vibrar las tablas de madera del suelo bajo mis botas.

Con un vaso de agua con gas en la mano, me apoyé contra una de las columnas de madera del local y me dediqué, simple y llanamente, a disfrutar de la mejor vista del mundo.

Clover estaba en su elemento. La pista de baile improvisada en el centro del reservado era completamente suya.

Estaba desplegando todo ese carácter jovial, arrollador y divertido que guardaba bajo siete capas de reserva.

La vi dar vueltas riendo a carcajadas con sus hermanos, Caleb y Cormac; la vi arrastrar a Hannah a saltar con ella, y la vi coordinarse con Violet en una coreografía absurda que debían llevar practicando años.

Pero lo que de verdad me mantenía el pulso acelerado era que, cada pocos minutos, en medio de la locura y los bailes, sus ojos turquesas cruzaban la sala para buscarme.

Me miraba, me dedicaba una de esas sonrisas que me derretían los huesos, comprobando que yo seguía ahí.

Y yo le devolvía la mirada, dejándole claro que no pensaba moverme ni un maldito centímetro.

—Me he dado cuenta de que somos los únicos intrusos de la academia de rescate en toda la fiesta.

La voz divertida de Molly me hizo girar la cabeza. Mi compañera de instrucción se acercaba hacia mí, abriéndose paso entre la gente, llevando de la mano a su novia Candice.

Me encogí de hombros, dándole un sorbo a mi agua con gas.

—Clover no tenía ninguna intención de invitar a una legión de cadetes a su cumpleaños —le expliqué, esbozando una media sonrisa—. Pero hizo una excepción contigo porque sabe que eres mi amiga.

Molly se echó a reír, se apoyó en la columna a mi lado y me guiñó un ojo con una expresión de triunfo.

—Así que, al final, resulta que la jefa de comunicaciones sí que era para ti, O'Malley —bromeó—. Quien la sigue, la consigue.

Solté una carcajada ronca, negando con la cabeza mientras volvía a clavar la vista en la pista de baile.

—Clover y yo hemos sido el uno del otro desde que teníamos siete años, Molly —le aseguré, con un tono mucho más serio y profundo del que pretendía—. Un vínculo así es jodidamente difícil de romper, por mucho que nos hayamos empeñado en intentarlo.

Molly suavizó el gesto, cruzó una mirada llena de ternura con Candice y me dio un pequeño golpe amistoso en el hombro.

—Me alegro muchísimo por ti, Patrick. De verdad. Hacéis una pareja increíble.

—Gracias. —Asentí, agradecido por su lealtad, y decidí cambiar de tema para alejarme del terreno emocional antes de ponerme sentimental—. Por cierto, ¿qué vas a hacer cuando terminemos la academia? ¿Vas a pedir destino aquí en el condado?

Molly se encogió de hombros, pasando un brazo por la cintura de su novia.

—He solicitado una plaza en San Francisco. Es la ciudad de donde es originaria Candice, y las dos queremos instalarnos allí para vivir cerca de su familia.

Levanté las cejas, sorprendido por la distancia.

—Eso está muy lejos de aquí.

—Lo sé —admitió Molly, con una sonrisa pacífica—.

Pero cada uno debe seguir a su corazón, O'Malley.

Candice hizo el enorme esfuerzo de trasladarse a Oregón y dejar su vida en pausa mientras acababa mi instrucción militar y ahora la academia, solo para que pudiéramos seguir juntas. Ahora me toca a mí.

Asentí despacio, comprendiendo perfectamente el nivel de sacrificio que requería una decisión así.

Justo en ese momento, los primeros acordes de Man!

I Feel Like A Woman! de Shania Twain reventaron por los altavoces.

Un chillido de pura emoción resonó en el reservado.

Desvié la mirada hacia la pista y no pude evitar que una sonrisa inmensa se apoderara de mi cara: Clover y Violet acababan de subirse a una de las mesas de madera maciza, usaban botellines de cerveza vacíos como micrófonos y estaban cantando a pleno pulmón, dándolo absolutamente todo.

Estaba preciosa. Estaba viva, salvaje y libre.

—¿Y tú qué vas a hacer, Patrick?

La pregunta de Molly me arrancó de mi ensoñación. Parpadeé y me giré hacia ella.

—¿Cuándo acabe la academia? —Suspiré, sintiendo cómo el peso de la realidad se me instalaba en el pecho—. Tengo un puesto fijo esperándome en el parque de bomberos de Portland. Mi capitán ya me ha avisado de que me espera de vuelta en mi turno justo después de la ceremonia de graduación.

Molly levantó una ceja, claramente confundida, y señaló con la barbilla hacia la mesa donde Clover seguía bailando.

—Pero... parece que vosotros dos vais muy en serio. ¿Te vas a marchar a Portland?

Apreté la mandíbula. Era la primera vez que verbalizaba el callejón sin salida en el que me encontraba profesionalmente.