Flare (Wildwater Falls 5) DIECISIETE #2
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DIECISIETE #2

Violet me gruñó en respuesta, pero sentí cómo sus hombros se relajaban y cómo me devolvía el abrazo. Se notaba a kilómetros que, a pesar de sus quejas, estaba inmensamente feliz por nosotros. Se separó un poco y me miró directamente a la cara.

—Me encanta verte con este brillo en la mirada, Donovan —me dijo con cariño, apartándome un mechón de pelo de la cara.

Luego, su expresión se endureció. Giró la cabeza hacia Patrick y lo apuntó con el dedo índice, en una amenaza que empezó como una broma pero que escondía toda su lealtad hacia mí.

—Y tú, O'Malley. Más te vale encargarte de que ese brillo no le desaparezca jamás. Porque si la haces llorar otra vez, te juro que no habrá lugar en el estado donde puedas esconderte de mí.

—Te lo juro, Violet. Por mi vida.

Me emocioné tanto que sentí cómo los ojos se me cristalizaban.

—Vale, ya está bien de tanta intensidad antes de las ocho de la mañana —masculló Violet, rompiendo la tensión.

Dejó su taza, salió un momento hacia el recibidor y volvió enseguida con una bolsa de regalo de papel kraft con un lazo rojo. Me la tendió con una pequeña sonrisa.

—Feliz cumpleaños, Clover.

Me llevé las manos a la boca.

—Vi... no tenías por qué. —Agarré la bolsa, emocionada, y tiré del papel de seda del interior.

Saqué un marco de fotos de madera rústica.

Al darle la vuelta, el aire se me atascó en los pulmones.

Era una foto de nosotros tres: Patrick, Violet y yo.

Teníamos once años. Estábamos en una de las excursiones de montaña a las que íbamos con el colegio.

Estábamos equipados hasta arriba con ropa técnica, botas de montaña enormes y guantes, riendo como locos con las mejillas rojas por el frío del invierno.

Violet y yo mirábamos a la cámara con sonrisas desdentadas.

Pero Patrick no.

En la foto, el Patrick de once años tenía la cabeza girada. No miraba al objetivo. Me estaba mirando a mí, con la sonrisa más inmensa, auténtica y brillante del mundo. Era la mirada de un niño que acababa de encontrar su universo entero.

Una lágrima de pura felicidad se me escapó y aterrizó en el cristal del marco. Me quedé sin palabras. Levanté la vista hacia Violet y me lancé a sus brazos.

Ella me apretó con fuerza.

—Me alegro muchísimo de que le hayas perdonado, Clover —me susurró Violet al oído —. Quería darte esto para que entendieras que siempre ha sido él. Lo que siente por ti es sincero, Clover. Lo era a los once años en esa montaña, y lo es a los veinticinco.

Asentí frenéticamente contra su hombro, incapaz de articular sonido, y le di un apretón de agradecimiento antes de que ella se separara.

—Venga, marchaos ya, tortolitos —nos ordenó Violet, volviendo a su tono mandón habitual, señalando la puerta—. Vais a llegar tarde a la base. Nos vemos esta noche para celebrarlo todos en The Switchback .

Asentí, limpiándome la lágrima rebelde con el dorso de la mano, y me giré hacia Patrick.

Se había quedado apoyado contra la encimera, dándonos nuestro espacio con una taza de café en la mano. Me estaba observando con esa media sonrisa que me volvía completamente loca, dejándome disfrutar del momento con mi mejor amiga.

Caminé hacia él, acortando la distancia. Me puse de puntillas, le rodeé el cuello con un brazo y le di un beso dulce y prometedor en los labios, saboreando el café.

—¿Nos vamos ya al trabajo, bombero? —le susurré contra la boca.

Patrick asintió. Dejó la taza en el fregadero sin apartar la mirada de la mía, agarró mi mano, entrelazando sus dedos largos y cálidos con los míos con una firmeza que prometía no volver a soltarme nunca, y juntos caminamos hacia la puerta de salida.

✽✽✽

El calor, el olor a lúpulo tostado y el bullicio habitual de The Switchback nos recibieron como una bofetada reconfortante al empujar la pesada puerta de madera.

Patrick caminaba a mi lado. Caminábamos con los dedos entrelazados. Su mano inmensa envolvía la mía, con el pulgar acariciándome los nudillos en un gesto continuo y posesivo.

El dueño del local, limpiando la barra con un trapo, levantó la vista y se le iluminó la cara.

—¡Feliz cumpleaños, Clover! —me gritó por encima del ruido, saludándonos con la mano y señalando hacia el fondo con la cabeza—. Los tienes a todos atrás.

Le devolví una sonrisa inmensa y dejé que Patrick me guiara hacia el reservado de la parte trasera. Al cruzar el arco de ladrillo, un estallido de aplausos, silbidos y vítores nos dio la bienvenida.

La sala estaba llena. Y estaban todos. Caleb y Hannah, mi hermano Cormac, Violet, Noah y Sloane, Ian con una mano en la cintura de Savannah, Georgia, Logan y Avery, que se acariciaba distraídamente su barriga de casi siete meses de embarazo con una sonrisa radiante.

Incluso había varios compañeros de la base de rescate, además de Molly, la amiga de la academia de Patrick, que estaba apoyada contra la pared abrazando a su novia Candice.

El local había preparado todo exactamente como me gustaba. Había guirnaldas sobrias decorando las vigas, mesas rebosantes de platos de picoteo, pintas de mi cerveza artesana favorita llenando la barra privada y mi lista de reproducción sonando de fondo.

Solté la mano de Patrick temporalmente para dejarme envolver por la avalancha de abrazos y felicitaciones. Pero a nadie, absolutamente a nadie en esa maldita sala, le pasó por alto el detalle de que habíamos entrado juntos y de la mano. Las miradas de complicidad volaban por encima de mi cabeza.

Cuando logré zafarme del primer asalto de felicitaciones, Caleb apareció frente a mí. Me agarró por los hombros y me dio uno de esos abrazos de oso que amenazaban con romperme las costillas pero que me hacían sentir completamente a salvo.

—Feliz cuarto de siglo, enana —murmuró mi hermano mayor, besándome el pelo antes de separarse. Mantuvo las manos en mis brazos, bajó la vista hacia mí y luego la desvió hacia Patrick, que estaba a un par de metros charlando con Ian, pero sin quitarme el ojo de encima—. Así que... O'Malley.

Sentí cómo el calor me subía a las mejillas. Esbocé una sonrisa tímida, encogiéndome un poco de hombros.

—Hemos solucionado nuestras diferencias —respondí, intentando sonar casual.

Caleb arqueó una ceja oscura, con esa expresión socarrona tan puramente Donovan.

—Ya. Y a mí me parece que habéis solucionado algo más que las diferencias. Te brilla la cara desde que has entrado por esa puerta.

Solté una carcajada, sintiéndome repentinamente audaz, y me incliné hacia él.

—No te voy a dar detalles, hermanito —bromeé—, pero nos ha llevado literalmente toda la noche solucionarlas.

Caleb cerró los ojos, fingiendo horror, y levantó las manos en señal de rendición, dando un paso atrás.

—¡Vale, vale, frena! —se rio, negando con la cabeza—. Dios mío, no necesito ese tipo de información sobre mi hermana pequeña. Bórralo de mi mente.

Hannah se acercó riendo, le dio un codazo suave a Caleb para apartarlo y me rodeó con los brazos en un abrazo cálido y apretado.

—Me alegro muchísimo por vosotros dos, Clover —me susurró al oído—. De verdad. Ya era hora.

La abracé de vuelta, sintiendo cómo se me cerraba la garganta por la emoción.

Miré por encima del hombro de mi cuñada hacia el resto de la sala.

Todos charlaban, reían y bebían, aceptando a Patrick a mi lado como si fuera la pieza más natural del ecosistema.

Era increíblemente reconfortante y abrumador que mis personas favoritas en el mundo entero se alegraran tanto de vernos juntos.

No había juicios, no había suspicacias; solo alivio y pura felicidad.

La siguiente hora fue una neblina distendida de risas, cerveza artesana helada y comida deliciosa.

Me sentí ligera, como si me hubieran quitado una mochila llena de piedras de la espalda.

Cada vez que cruzaba la sala, Patrick buscaba mi mirada, rozaba mi cintura al pasar o volvía a entrelazar sus dedos con los míos bajo la mesa de madera.

Entonces, las luces del reservado se apagaron de golpe.

Un coro desafinado empezó a cantar el «Cumpleaños Feliz» mientras Violet y Hannah salían de las cocinas sosteniendo un pastel de chocolate inmenso, iluminado por un mar de velas que proyectaban sombras en las paredes.

Lo dejaron sobre la mesa principal frente a mí.

—¡Venga, Donovan! —gritó Cormac desde el otro lado de la sala, levantando su pinta de cerveza—. ¡Sopla de una maldita vez y pide un deseo antes de que la cera caiga sobre el chocolate!

El fuego de las velas iluminaba los rostros de todos los que me rodeaban.

Levanté la vista y mis ojos chocaron instantáneamente con los de Patrick, que estaba de pie justo enfrente, al otro lado de la mesa.

Le sonreí. No necesitaba pedir un deseo para que mi vida volviera a encajar, porque el mayor de todos, el que llevaba seis años reprimiendo, ya se había cumplido.

Sin embargo, pedí lo que llevaba trece años deseando poder cambiar. Cerré los ojos con fuerza, entrelazando las manos frente al pecho.

Pedí que el tiempo volviera atrás. Pedí que aquel día en el porche, antes de que el autobús se estrellara, yo no hubiera abierto la boca.

«Por favor»

«Ojalá mis últimas palabras a Carson no hubieran sido Te odio».

Abrí los ojos y, con el peso de la culpa que jamás me abandonaría, soplé las velas.