DIECISIETE
Clover
M i mente, que minutos antes había estado flotando en la bruma del orgasmo, ahora giraba a una velocidad vertiginosa. El techo de la habitación pareció desdibujarse mientras las piezas de un rompecabezas que llevaba seis años roto empezaban a encajar con una precisión aterradora.
Jessica .
Recordé su insistencia enfermiza aquella semana para que la acompañara.
Su repentino interés en arrastrarme a esa fiesta concreta.
Me había hablado hasta la saciedad de los chicos de aquella fraternidad, de un tal George con el que se estaba acostando, y sobre todo...
de aquel chico que le encantaba pero que, incomprensiblemente, siempre se le resistía.
El único idiota de la hermandad que no había querido meterse en su cama.
Un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal.
Yo no quería saber nada de chicos en aquella época.
Jamás había tenido novio. Mi familia apenas estaba logrando respirar tras la muerte de Carson, y yo vivía en modo supervivencia.
Mi único objetivo, mi única obsesión en Portland, era terminar los estudios universitarios básicos y poder especializarme en emergencia médica cuanto antes para regresar al pueblo.
Quería volver a Wildwater Falls, ayudar a Caleb a criar a Octavia y convertirme en rescatista.
El romance ni siquiera era una opción en mi mapa mental.
Tragué saliva, sintiendo cómo el nudo de mi garganta amenazaba con asfixiarme. Estábamos aún unidos, piel contra piel, con nuestras respiraciones mezclándose en la penumbra. Había una sola cosa que necesitaba verbalizar por encima todo.
—Yo no tenía ningún prometido, Patrick —susurré, con la voz temblorosa, clavando mis ojos arrasados en los suyos—. Jamás lo he tenido.
Patrick cerró los ojos un segundo. La tensión de su mandíbula era tan dura que parecía a punto de fracturarse.
—Lo sé —murmuró, apoyando la frente contra la mía con un peso abrumador—. Joder, Clover, creo que siempre lo supe.
La primera lágrima se escapó. Y tras ella, el muro entero se vino abajo.
Empecé a llorar. Fue un llanto desconsolado, feo y ruidoso.
Un llanto que venía desde las entrañas, nacido de la pérdida absurda de dos mil cien días de mi vida por culpa de una mentira venenosa.
Lloré por la niña de doce años, lloré por la chica de diecinueve rota en aquel autobús de vuelta al pueblo, y lloré por nosotros.
—Eh, eh... no, muñeca, por favor —me suplicó Patrick, con la voz repentinamente rota, acunándome la cara con sus manos grandes, secándome las lágrimas con los pulgares con desesperación—. No llores. Te lo juro, Clover, si tú lloras, yo lloro.
Pero no podía parar. El pecho me ardía. Me aferré a sus hombros desnudos, clavando las uñas en su piel, y entre hipos y lágrimas le lancé la pregunta que me estaba matando por dentro.
—¿Qué... qué habrías hecho? —sollocé—. ¿Qué habrías hecho si yo no me hubiera marchado al amanecer?
Patrick me miró. Y en sus ojos oscuros vi el mismo nivel de devastación que yo sentía.
—Te habría despertado con mis besos —respondió, con una sinceridad cruda que me partió el alma—. Te habría hecho el desayuno. Y después... jamás te habría soltado. Nunca. A la mierda la guerra de los Donovan y los O’Malley.
Lloré con más fuerza, enterrando el rostro en su cuello.
Patrick soltó un gruñido ahogado, lleno de dolor.
En un movimiento rápido pero protector, nos volteó sobre el colchón.
Salimos de nuestra unión con un sonido húmedo y quedamos tumbados de lado.
Me atrajo hacia su pecho con fuerza, envolviéndome con todo su cuerpo.
Enterró su rostro en el hueco de mi cuello, respirando mi olor, aferrándome como si temiera que me desvaneciera de nuevo.
—Todo es culpa mía —murmuró contra mi piel, con la voz vibrando de pura culpa—.
Joder, es mi puta culpa. Si te hubiera dicho claramente que esa era mi habitación...
Si te hubiera despertado para decirte que tenía que salir por una urgencia y que volvía enseguida...
Si te hubiera dicho que yo me había encargado de que Jessica te llevara a esa fiesta, nada de esto habría pasado.
Me quedé completamente quieta. El llanto se cortó en seco en mi garganta.
Levanté la cabeza despacio, separándome lo justo para poder mirarle a la cara en la oscuridad.
—Espera... —jadeé, con el corazón golpeándome las costillas—. ¿Qué quieres decir con que te encargaste de que Jessica me llevara a la fiesta?
Patrick inspiró profundamente. Me acarició el pelo, enredando sus dedos en los mechones húmedos de mi nuca, y me sostuvo la mirada con una mezcla de arrepentimiento y pura devoción.
—La semana antes de la fiesta te vi en el campus —confesó, bajando el tono de voz—.
Te vi a lo lejos. Te reconocí al instante, Clover.
Y te vi hablando con Jessica. Ella era una asidua a las fiestas de nuestra fraternidad, así que fui a buscar a George y le pedí que le dijera que viniera el viernes, pero con una condición: tenía que traer a su amiga Clover con ella.
»No sabía si querrías verme —continuó, rozando mi mejilla con el dorso de su mano—.
Había pasado mucho tiempo desde lo del porche.
Tenía miedo de que me escupieras a la cara o salieras huyendo, así que pensé que la fiesta de la fraternidad era la excusa perfecta para hacerme el encontradizo. Para volver a acercarme a ti.
Patrick no me había abandonado. Al revés. Él me había buscado. Él había orquestado nuestro encuentro porque no podía mantenerse alejado de mí.
Y Jessica... Jessica se había dado cuenta de todo.
Comprendí que el chico de la fraternidad que se le resistía a Jessica era Patrick.
Cuando me vio salir de su habitación al amanecer, cuando Patrick fue a buscarme a su residencia desesperado, la muy bruja sumó dos más dos.
Su orgullo herido y su mala hostia fabricaron la mentira del prometido para él, y la mentira del abandono para mí.
Aunque yo jamás le dije quién era Patrick para mí, sí sabía que había pasado la noche con él.
Y ella debía saber que era su habitación y su fraternidad.
Simplemente se lo calló e incluso me alentó a regresar al pueblo.
Un montón de casualidades de mierda, una urgencia inoportuna y los celos venenosos de una chica de hermandad nos habían robado otros seis años de nuestra vida.
Solté un suspiro largo, tembloroso, y dejé caer la frente contra el pecho desnudo de Patrick. Escuché el latido fuerte y constante de su corazón bajo mi oído. Él me rodeó con ambos brazos, apretándome contra su calor, y por primera vez en demasiado tiempo, sentí que estaba a casa.
✽✽✽
Conseguir salir de la cama fue una de las tareas más titánicas de mi vida.
Físicamente, tenía agujetas hasta en las pestañas.
Cada músculo de mi cuerpo protestaba con una tirantez sorda tras haber pasado la mitad de la noche hablando y la otra mitad haciendo el amor con la intensidad de dos personas que intentan recuperar seis años perdidos en cuestión de horas.
Estaba dolorida, sí, pero ni siquiera eso podía borrarme la inmensa y estúpida sonrisa que se me había instalado en la cara.
Me apoyé en el marco de la puerta del baño mientras Patrick terminaba de vestirse.
Llevaba sus pantalones de uniforme y una camiseta azul marino de la base.
Tenía una pinta tan insultantemente atractiva, con ese aire de hombre profundamente satisfecho y recién follado, que me mordí el labio inferior, sintiendo una punzada de deseo traicionero en el bajo vientre.
Si no fuera porque necesitaba urgentemente un período de recuperación antes del siguiente asalto, habría vuelto a arrastrarlo a la cama.
Tras una ducha rápida que nos devolvió a la realidad, salimos al pasillo y nos dirigimos a la cocina.
Violet estaba allí. Llevaba unos pantalones de yoga, una camiseta enorme y estaba encorvada sobre la isla de la cocina, aferrada a su primera taza de café del día como si fuera su único salvavidas.
—¡Buenos días, solecito! —la saludé, con un tono tan jovial y cargado de energía que sonó casi asqueroso a esas horas de la mañana.
Violet levantó la vista lentamente. Tenía los ojos entrecerrados y una expresión de pura mala hostia matutina. Nos repasó a los dos, deteniéndose en mi sonrisa brillante y en la postura relajada de Patrick a mis espaldas.
—Más os vale que esta reconciliación sea la puta definitiva —gruñó Violet, dándole un sorbo al café negro—. Porque como no lo sea, os voy a asesinar con mis propias manos y enterraré vuestros cuerpos en el bosque por no haberme dejado pegar ojo en toda la maldita noche.
El calor me subió por el cuello, incendiándome las mejillas a la velocidad de la luz. Me cubrí la cara con las manos, pero Patrick soltó una carcajada ronca y profunda a mi lado, completamente libre de culpa.
—Lo siento, Vi —se disculpó él, aunque su tono decía que no lo sentía en absoluto—. Te prometo que hoy te traigo unos tapones para los oídos del almacén de la base.
Violet lo fulminó con la mirada por encima del borde de la taza.
—O puedo darte una patada en la entrepierna y dejar tus partes completamente inutilizadas —rebatió ella, sin inmutarse—. Es una solución mucho más rápida, ecológica y económica.
Patrick volvió a reírse, pasándome un brazo por los hombros y atrayéndome hacia su costado.
—Ni se te ocurra, ninja —le advirtió él, con ese brillo canalla en los ojos—. Sobre todo ahora que hemos descubierto que Clover ama mis partes.
—¡Patrick! —chillé, dándole un empujón juguetón en las costillas con el codo para que se callara.
Él solo me besó en la sien, riendo por lo bajo, mientras yo intentaba que el sonrojo disminuyera. Mantuve mi sonrisa inamovible, me acerqué a Violet y le pasé los brazos por el cuello, apoyando mi mejilla contra la suya, haciéndole carantoñas.
—Te lo compensaré, te lo juro —le prometí en voz baja—. Haré la colada durante un mes y te compraré todos los cruasanes de chocolate que quieras.