DIECISÉIS #3
Cuando Clover levantó la vista y sus ojos se clavaron en los míos, el puto universo se detuvo.
Todo encajó. El reconocimiento mutuo, la electricidad, el hambre contenida de tantos años...
Éramos nosotros. Juntos. Subimos las escaleras huyendo del ruido, nos encerramos en mi cuarto, y la conversación nerviosa tardó exactamente dos minutos en convertirse en el mejor beso de mi vida.
Ese beso explotó. Perdimos el control, y acabamos teniendo el sexo más salvaje, desesperado y perfecto de nuestra existencia.
Cuando terminó, ella se quedó dormida. La tenía abrazada contra mi cuerpo, con su cabeza descansando en mi pecho, y yo no pegué ojo. No quería dormir. Había recuperado a mi muñeca de la forma más imprevista posible, y me juré a mí mismo que no iba a volver a soltarla jamás.
Hasta que, a las cinco de la madrugada, mi teléfono vibró sobre la mesita.
Era George. Él y otros dos idiotas de la fraternidad se habían saltado las normas del campus por un estúpido reto, habían conducido borrachos y la policía los tenía en el calabozo del distrito sur. Me necesitaban para el papeleo y para sacarlos del calabozo.
Miré a Clover dormir. La besé en la frente.
Pensé que sería cosa de un par de horas, que volvería antes de que abriera los ojos, y que entonces le prepararía el desayuno y hablaríamos de todo.
Pero el puto papeleo se atascó. Hizo falta un abogado de guardia.
Las dos horas se convirtieron en cuatro de pesadillas interminables.
Cuando por fin abrí la puerta de mi habitación, con el corazón en la boca, la cama estaba vacía. No había rastro de ella. Ni una nota. Ni un mensaje. Nada.
El pánico me ahogó. Corrí como un loco cruzando el campus hasta la residencia de Jessica. Aporreé la puerta hasta que la chica abrió, envuelta en una bata, asustada por mi nivel de desesperación. Le pregunté por Clover.
Jessica fingió sorpresa, se mordió el labio y me clavó el puñal.
—Clover se ha ido, Patrick. Volvió a su pueblo al amanecer. Me dijo que había cometido el peor error de su vida y que necesitaba largarse.
Me quedé de piedra. Le supliqué su número de teléfono, su dirección, cualquier puta cosa. Pero Jessica negó con la cabeza, adoptando una postura insinuante apoyada en el marco de la puerta.
—Me ha prohibido terminantemente que le dé sus datos a nadie de la fiesta, O'Malley. No quiere saber nada de ti. Ni de nadie.
Y justo cuando me di la vuelta para irme, me soltó el golpe de gracia.
—Deja de perseguirla. Ha vuelto a casa con su prometido.
Prometido. La palabra me reventó el cerebro.
Me quedé paralizado por el dolor y un cabreo monumental.
Pensé que me había usado. Que solo había sido un polvo de venganza, un desliz del que se arrepentía.
Me tragué el orgullo, me matriculé en la academia de bomberos y me obligué a seguir con mi vida enterrando su recuerdo.
O casi. Porque fui incapaz de meterme en la cama de ninguna otra chica.
Incapaz de dormir con nadie más. Hata que vi mi oportunidad de regresar a ella.
El recuerdo se disipó. Volví a la penumbra de la habitación mirándola a los ojos con la respiración entrecortada.
Ella seguía bajo mi cuerpo, petrificada, con los ojos inmensos y el pecho agitado, procesando la frase que acababa de soltarle.
—No te abandoné —le dije. Mi voz sonó áspera.
Le agarré la cara con ambas manos, obligándola a mirarme sin desviar la vista—.
Me llamó un hermano de la fraternidad desde el puto calabozo.
Tuve que salir por una urgencia legal, y cuando regresé con la intención de meterme en la cama contigo y no volver a soltarte, tú ya no estabas.
Clover soltó un jadeo roto. Sus manos, apoyadas en mi pecho, temblaron de forma incontrolable.
—Clover, escúchame bien —le exigí, clavando mis ojos en los suyos—.
Yo no te dejé tirada hace seis años en una habitación cualquiera.
Aquella era mi habitación de la fraternidad.
Era mi cuarto. Era mi cama. Una maldita cama a la que no había llevado a ninguna chica antes de ti, y a la que no llevé a ninguna después.
Una lágrima resbaló por la sien de Clover, perdiéndose en su pelo oscuro. Sus labios temblaron, incapaces de articular palabra.
—Me marché convencido de que volvería en un par de horas, antes de que despertaras —continué, con un nudo en la garganta al recordar la puta desesperación de aquella mañana—.
Pero cuando regresé, te habías esfumado.
No tenía tu número de teléfono. No tenía tu dirección exacta en Portland.
Fui corriendo a la residencia de Jessica a buscarte.
El nombre de su supuesta amiga pareció golpear a Clover como un latigazo. Parpadeó, incrédula.
—Le supliqué que me dijera dónde estabas —confesé, dejando que todo el dolor y la frustración de aquellos años sangraran en mis palabras—.
Y me dijo que te habías marchado al amanecer.
Me dijo que te habías arrepentido, que todo había sido un error, que habías dejado la universidad...
y que habías regresado al pueblo con tu prometido.
Clover se quedó sin respiración. La negación, el shock y un dolor infinito le cruzaron el rostro al mismo tiempo.