Flare (Wildwater Falls 5) DIECISÉIS #2
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DIECISÉIS #2

—Y luego... luego llegó Portland —continuó Clover, abriendo los ojos, mirándome con una angustia que me cortó la respiración—.

Me entregué a ti. Te di todo lo que tenía.

Y cuando me desperté... me desperté sola.

En una habitación de fraternidad anónima.

En la cama de un jodido desconocido. Te habías esfumado sin decir nada.

Sin dejar una nota. Sin despertarme. Simplemente te largaste y me dejaste allí tirada como si fuera basura.

Me quedé paralizado. El oxígeno se atascó en mis pulmones.

—Y ahora estás aquí —sollozó, clavando sus uñas en mis brazos—. Estás en el pueblo de forma temporal para hacer tu especialización, y luego cogerás tus cosas y te volverás a marchar. Me dejarás sola de nuevo. Como haces siempre.

La miré, procesando lo que llevábamos arrastrando durante seis años.

Mi cerebro unió las piezas del desastre.

Clover pensaba que la había llevado a un cuarto cualquiera para follar y que la había abandonado, en la cama de otro tío.

Dios mío. Con razón me odiaba. Con razón había levantado ese muro de hielo.

Me sentí un bastardo. Sabía que le había fallado aquella mañana, sabía que la cagué de una forma monumental, pero no la había dejado tirada en una habitación anónima. Jamás habría hecho algo así. Jamás la habría expuesto de esa manera.

Levanté una mano temblorosa, aparté un mechón de pelo oscuro de su mejilla empapada en lágrimas y acuné su rostro. Mantuve mi mirada clavada en la suya.

—Clover —dije. Mi voz sonó un poco más grave de lo normal —. La habitación en la que estuvimos hace seis años... era mi habitación.

Clover dejó de respirar.

Sentí cómo su cuerpo entero se quedaba petrificado bajo el mío.

Sus músculos se tensaron hasta el límite.

Sus ojos inmensos se agrandaron, fijos en los míos, mientras los engranajes de su mente empezaban a girar a una velocidad vertiginosa.

Vi el momento exacto en que la comprensión de mis palabras empezó a inundar su cabeza.

No había estado en la cama de un desconocido. Había estado en la mía.

Sabía que una sola frase no iba a borrar el daño, y que necesitaba contarle, minuto a minuto, con un detalle milimétrico, qué cojones pasó realmente la mañana que destrozó nuestras vidas.

Los recuerdos me golpearon, arrastrándome seis años atrás en una fracción de segundo.

Seis años antes

Tenía diecinueve años. Estaba en mi segundo año de universidad en Portland, centrado en terminar la formación básica antes de meter la cabeza de lleno en la academia de bomberos.

Era un martes normal, saliendo de una clase infumable en la facultad de economía, cuando un destello al otro lado del patio me paralizó los pies.

Una melena castaña al viento. Y luego, una risa.

Habría reconocido esa carcajada en medio de un puto huracán.

Era Clover. Me acerqué en silencio, esquivando grupos de estudiantes, hasta que alguien la llamó y ella se giró.

Sus ojos, de ese azul turquesa inconfundible de los Donovan, chocaron contra la luz del sol.

Me quedé petrificado tras la estatua del fundador.

La niña salvaje que había sido mi mejor amiga, mi cómplice, se había convertido en la mujer más jodidamente impresionante que había visto en mi vida.

Sentí una necesidad física, casi dolorosa, de acercarme, de tocarla, de escuchar su voz de nuevo.

Pero la realidad me abofeteó. Había demasiada mierda entre nosotros.

El portazo, el odio, los años de silencio.

Sabía que, si me acercaba a plena luz del día, probablemente me escupiría a la cara o saldría huyendo.

Entonces me fijé en el grupo que la rodeaba.

Y la vi a ella. Jessica. Una chica de otra facultad que prácticamente vivía en las fiestas de mi fraternidad, que se había liado con media hermandad y que llevaba un año entero intentando meterme en su cama.

Justo ese viernes teníamos fiesta grande en la casa.

Así que jugué mis cartas. Fue un movimiento bajo, el típico truco de fraternidad, pero me importaba una mierda.

Agarré a George, uno de mis hermanos de hermandad, y le dije que invitara a Jessica con una condición indispensable: tenía que traer a su amiga Clover con ella.

Llegó la noche del viernes. Me pasé dos horas apoyado en la barandilla de madera de las escaleras de la casa, ignorando a todo el mundo, con un vaso de cerveza caliente en la mano, esperando. Hasta que la puerta principal se abrió. Entró Jessica, y detrás de ella... mi muñeca.

Clover estaba descolocada. Incómoda. Se notaba a la legua que el ambiente de una fraternidad la asfixiaba.

Se quedó parada en el pasillo, dudando, buscando un refugio con la mirada hacia la barra improvisada en la cocina, mientras Jessica la dejaba completamente tirada para irse a flirtear con el primer idiota que vio.

Era mi momento. Me abrí paso entre el ruido, la música y el olor a sudor, y calculé la trayectoria perfecta para hacerme el encontradizo. Chocamos.