Flare (Wildwater Falls 5) DIECISÉIS
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DIECISÉIS

Patrick

E staba mirándola fijamente. El sabor de sus fluidos aún me empapaba los labios y la lengua.

Apoyado sobre mis antebrazos por encima de ella, con la respiración rota, solo podía pensar en una maldita cosa: Clover Donovan era la visión más preciosa que había tenido frente a mis ojos en toda mi puta vida.

Y era mía. Solo mía. No lo dije en voz alta, porque el aire no me daba para tanto, pero el instinto de posesión me rugió en las venas con una fuerza animal.

Mi polla estaba más dura que nunca. Una erección casi dolorosa que latía buscando alivio, frotándose contra la humedad de su centro a través de la fina tela de mi pantalón de pijama. Estaba a punto de reventar.

Me levanté de la cama de un salto, pero no aparté los ojos de ella ni un segundo.

Me quedé de pie junto al colchón, devorando la imagen de mi muñeca.

Estaba desnuda, abierta para mí, con los muslos temblando por los espasmos de su orgasmo, la piel sonrojada y el pecho subiendo y bajando de forma errática.

Era el paraíso. No tenía absolutamente nada que ver con lo que hicimos hace seis años de forma torpe e inexperta.

Esta vez pensaba empaparme de cada detalle.

Iba a grabarme a fuego la visión de Clover, mi muñeca, entregándose a mí. Y no pensaba dejarla marchar.

Agarré el bajo de mi camiseta blanca y me la quité por la cabeza de un tirón. Luego bajé mis pantalones de pijama y los calzoncillos, pateándolos lejos.

Me arrodillé en el borde de la cama y tragué saliva, obligando a mi cerebro a funcionar.

—Clover —dije, con la voz tan ronca que apenas la reconocí—. No tengo condón.

Ella parpadeó, sacudiendo las pestañas oscuras. Bajó la vista, alternando la mirada entre mis ojos y mi polla, y se humedeció los labios hinchados.

—Ya te lo he dicho —susurró, con la voz velada por la excitación—. No he estado con nadie desde la última vez que estuvimos juntos. Y... llevo las inyecciones anticonceptivas. No hace falta.

Me abalancé sobre ella. Volví a tumbarme encima, encajando mi cuerpo contra su suavidad, sintiendo el calor de su piel desnuda contra la mía.

Empecé a besar la curva de sus pechos, lamiendo la piel antes de cerrar los labios alrededor de un pezón y darle un mordisquito suave.

Clover se estremeció entera bajo mi boca, soltando un gemido agudo que me volvió loco.

Repetí el proceso con el otro, saboreándola, marcando mi territorio.

Luego subí hasta alinear mi rostro con el suyo. Nariz con nariz. Compartiendo el mismo aire caliente.

La miré a los ojos turquesas y le solté mi verdad.

—La última vez que estuve dentro de una chica... también fue hace seis años, Clover. Contigo.

El aire se atascó en sus pulmones. Vi cómo sus ojos se abrían de par en par, asimilando la confesión, y en cuestión de un segundo, se le llenaron de lágrimas.

No dejé que pensara más. Bajé la cabeza y la besé, sellando la promesa contra su boca.

Sin decir nada más, deslicé mi cadera hacia abajo, alineando la cabeza de mi polla empapada de su propio flujo con su entrada apretada.

Empecé a empujar hacia adentro. Suave. Milímetro a milímetro.

Clover soltó un jadeo contra mis labios, levantó las piernas y me rodeó la cintura, clavando los talones desnudos en mi trasero para tirar de mí hacia ella.

Apreté los dientes. El calor de su coño estrecho y húmedo tragándome me paralizó el cerebro. Estaba tan caliente, tan jodidamente apretada, que tuve que clavar los nudillos en el colchón para mantener el control y no correrme ahí mismo antes de tiempo.

—Joder, Patrick, métela ya —me suplicó ella, retorciéndose debajo de mí, alzando las caderas para buscar más profundidad, frustrada por mi lentitud—. Lo necesito ya.

—Para quieta —gruñí, respirando hondo, con el sudor perlado en la frente—. No quiero hacerte daño, muñeca. Soy grande y no has estado con nadie en seis putos años.

Clover resopló, me miró con una mezcla de fuego y esa ironía Donovan que tanto me ponía, y alzó una ceja.

—No me ha vuelto a crecer la virginidad, O'Malley —espetó, clavándome las uñas en la espalda—.

Puede que no haya estado con ningún chico en seis años, pero tengo un cajón en mi mesita de noche con dos juguetes de silicona de color rosa y azul a los que llamo Bob y Dylan.

Ellos me han proporcionado todos mis orgasmos en este tiempo.

Así que métela entera de una maldita vez.

Me quedé completamente paralizado. Eso me puso cachondísmo. Tendríamos que probarlo en otro momento.

Escuchar esas palabras salir de la boca de Clover fue, sin lugar a duda, la cosa más obscena y jodidamente erótica que había oído en mi vida. Me puse más duro, si es que eso era físicamente posible.

—Agárrate bien, muñeca —le advertí.

Le dediqué mi mejor sonrisa canalla, agarré sus caderas con ambas manos y la embestí con toda mi fuerza, hundiendo mi polla hasta la base de un solo golpe.

Clover soltó un grito de puro placer, arqueando la espalda como un arco tenso.

Ataqué su boca al mismo tiempo. Metí mi lengua, imitando el ritmo brutal y constante con el que la estaba penetrando.

La follé sin descanso. Cada embestida era profunda, sonora, buscando golpear su centro de gravedad, intentando llenar todos los rincones que esos estúpidos juguetes de colores no podían alcanzar.

Ella no dejaba de mirarme, con los ojos empañados en deseo.

Me la comí a besos, bajando por su mandíbula hasta su cuello.

Abrí la boca contra su piel sudada, chupé y mordí con fuerza, clavando los dientes lo suficiente como para dejar una marca oscura y morada.

Sabía que era un gilipollas, un hombre de las cavernas por hacerlo, pero me importó una mierda.

Quería marcarla. Quería marcarla de todas las formas posibles para que el mundo entero, para que cualquier otro imbécil que la mirara, supiera que estaba pillada. Que era mía.

El choque de nuestros cuerpos resonaba en la habitación.

El placer empezó a cosquillearme en la base de la columna, construyendo un orgasmo que amenazaba con reventarme el pecho y ser el más brutal de mi existencia.

Miré hacia abajo. Clover tenía los ojos entrecerrados, la boca abierta gimiendo mi nombre en cada golpe, completamente abandonada al placer, entregándome el control que tanto le costaba soltar en su vida diaria.

Metí una mano entre nuestros cuerpos resbaladizos por el sudor. Encontré su clítoris hinchado y empecé a frotarlo en sintonía con mis embestidas.

Clover se rompió. Se corrió en dos embestidas más. Sus paredes internas se contrajeron violentamente alrededor de mi polla, ordeñándome, mientras gritaba mi nombre a todo pulmón, arañándome la espalda.

El impacto de su orgasmo apretándome me tiró por el precipicio.

Rugí. Llegué al clímax más cegador y salvaje de mi vida, vaciándome por completo. Me corrí dentro de ella con espasmos incontrolables, soltando hasta la última gota de mi ser en lo más profundo de su cuerpo. Y cuando terminé, me dejé caer con todo mi peso sobre ella.

No salí. Me quedé hundido hasta la raíz.

Escondí la cara en la curva de su cuello, respirando erráticamente. Saqué la lengua y lamí la marca que le acababa de hacer. La abracé, aplastándola contra el colchón bajo mi peso. No pensaba apartarme de ella. Ni esa noche, ni mañana, ni jamás en mi puta vida.

Pero Clover, fiel a su cabezonería, intentó huir en cuanto la neblina del orgasmo empezó a disiparse.

Apoyó las manos en mis hombros e hizo el amago de empujarme para deslizarse hacia un lado y escapar de la cama.

No se lo permití.

Desplacé mi peso justo lo necesario para inmovilizarla contra las sábanas, atrapando sus caderas entre las mías. Seguía profundamente hundido en su interior, duro y palpitante, y me aseguré de que lo sintiera al presionar mi cadera contra la suya, cerrándole cualquier puta vía de escape.

—No —le advertí en un susurro ronco, rozando su nariz con la mía—. De aquí no te mueves.

Clover tragó saliva. Sus ojos turquesas, aún brillantes y dilatados, se abrieron con una mezcla de pánico y vulnerabilidad.

—Déjame levantarme, Patrick... —pidió, con un hilo de voz inestable.

—No voy a dejarte huir esta vez. —Me apoyé en los antebrazos para no aplastarla, pero mantuve mi cuerpo sobre ella, obligándola a mirarme—. Háblame, Clover. Deja de guardártelo todo. Dímelo de una maldita vez.

El dique se rompió.

La fuerza que la había mantenido entera durante años se desmoronó. Sus facciones temblaron y un sollozo roto y gutural escapó de su garganta. Sus manos, que antes me empujaban, se cerraron en puños sobre las sábanas.

—¡Estoy aterrada! —estalló, llorando sin filtros, con el pecho subiendo y bajando de forma errática contra el mío—. ¡Tengo terror de que me vuelvas a abandonar! ¡De que me vuelvas a dejar tirada como hiciste hace seis años!

Fruncí el ceño, sintiendo un pinchazo de frustración y dolor. Eran exactamente las mismas palabras que me había escupido en la cabaña. Seguía sin entender su versión de la historia.

—Explícamelo —le exigí, suave pero implacable, manteniendo nuestros rostros a milímetros de distancia—. Haz que lo entienda, muñeca.

Clover cerró los ojos, dejando que las lágrimas le empaparan las sienes.

—A los doce años me quedé sola —empezó, con la voz desgarrada —.

Me abandonasteis todos. Carson murió y nos destrozó la vida.

Mis padres se rompieron y dejaron de mirarme, como si yo también estuviera muerta.

Y tú... tú te plantaste en mi porche, me gritaste que me odiabas y te largaste del pueblo. Me dejaste completamente sola.

El dolor crudo de sus palabras me atravesó las costillas como un cuchillo. La culpa por aquel arrebato infantil me quemó las entrañas. Sabía el daño que le había hecho, pero escucharlo de su boca era devastador. Las lágrimas me quemaban la garganta.