QUINCE #2
Solté la caja sobre el colchón de la cama, levanté ambos puños y agarré la tela blanca de su camiseta a la altura de su pecho. Tiré de él hacia mí con todas mis fuerzas, estrellando su cuerpo contra el mío, y le devoré la boca.
Abrí la boca, exigiéndole todo, y él respondió con una voracidad salvaje.
Nuestras lenguas se encontraron en un choque desesperado, húmedo y hambriento.
El sabor a menta y la fricción de sus labios me taladraron el cerebro.
Sus manos bajaron de mis mejillas a mi cintura, apretando la tela de mi pijama con fuerza.
El oxígeno se nos agotó. Patrick rompió el beso con un jadeo ronco, separándose apenas un palmo para tomar aire.
Apoyó la frente contra la mía. Sus ojos, oscuros y dilatados por el deseo, se clavaron en los míos. El fuego que ardía en su mirada era la pieza exacta que llevaba seis años buscando. Me perdí en ellos. Toda la cordura se esfumó.
Levanté los brazos, rodeándole el cuello con desesperación, y me lancé directamente contra él.
Patrick soltó un gruñido, me agarró por los muslos y me levantó del suelo en un solo movimiento fluido. Enrosqué las piernas alrededor de sus caderas, sintiendo la dureza de su erección pulsando contra mi centro, y volví a besarlo con toda el hambre que me quedaba dentro.
Patrick tomó el control del beso y nos desplazó hasta que caímos juntos sobre la cama, enredados en un caos de extremidades y respiraciones rotas.
Su peso me aplastó de la mejor manera posible.
Patrick metió una de sus rodillas entre mis piernas, separándolas, y yo me abrí por puro instinto para acomodarlo mejor.
A través de la tela de su pantalón de pijama y mi ropa interior, sentí la dureza de su polla pulsando contra mí.
Estaba tan jodidamente duro que no pude evitar arquear la cadera, restregando mi centro contra su muslo, buscando fricción.
Me sentía en llamas. Sentía que me iba a morir si no me corría en ese mismo instante.
Patrick soltó un gruñido ronco contra mi boca, apretó las manos en mis caderas para frenar mi movimiento y se separó unos centímetros. Tenía la respiración agitada y los ojos dilatados.
—Eh, frena —susurró, con la voz oscura y densa—. Esto no va a ser un polvo rápido y desesperado.
—No aguantaré, Patrick —jadeé, clavando mis dedos en su camiseta blanca.
Él esbozó esa sonrisa canalla suya, ladeando la cabeza con una arrogancia que me aceleró el pulso.
—Claro que aguantarás, muñeca. Ya no somos un par de críos de diecinueve años inexpertos.
El comentario me cayó como un jarro de agua fría. Me mordí el labio, repentinamente nerviosa, y desvié la mirada hacia su hombro.
—Yo... tengo casi la misma experiencia que hace seis años —murmuré.
Patrick levantó la cabeza de golpe. La sonrisa se le borró de la cara. Sus ojos se clavaron en los míos, escrutándome con una intensidad que me obligó a encogerme de hombros, un poco avergonzada.
—No he estado con nadie más.
—¿Qué me estás diciendo? —soltó, con la mandíbula tensa—. ¿Y qué pasa con todas esas putas citas que has tenido?
Negué con la cabeza, sintiendo el calor subiéndome a las mejillas.
—Lo que te dije en la cabaña era literal, Patrick. No he podido estar con nadie más. No he pasado de unos cuantos besos de mierda con ningún otro chico.
La expresión de Patrick se transformó. Salió de su ensimismamiento y atacó mi boca con una brutalidad que me hizo gemir.
Me devoró. Era una posesión absoluta. Solo pude aferrarme a él con todas mis fuerzas, hundiendo las manos en su pelo castaño, envolviendo mis piernas alrededor de sus caderas y apretando los muslos para atraparlo contra mí, buscando toda la maldita fricción que mi cuerpo exigía a gritos.
De repente, frenó. Se separó ligeramente, apoyando los antebrazos a ambos lados de mi cabeza, y me miró a los ojos con una seriedad abrumadora.
—¿Estás segura? —me preguntó, con la voz rasposa.
Entendí perfectamente lo que me estaba preguntando. Lo miré a los ojos, a esa negrura cálida que siempre había sido mi perdición, y no dudé ni una fracción de segundo.
—Sí.
Lo que siguió fue una tortura lenta y desquiciante.
Patrick empezó a besar cada centímetro de mi piel mientras me iba desnudando con una paciencia letal.
Me quitó la camiseta del pijama de cuadros, besando el surco de mis pechos, lamiendo la curva de mi cintura, y deshaciéndose de mis pantalones de franela.
Cuando llegó a mi ombligo, trazó el contorno con la lengua y me dio un ligero mordisco que me hizo arquear la espalda.
Levantó ligeramente la cabeza, mirándome desde abajo.
—Tu ombligo es la cosa más jodidamente sexi que he visto en mi vida —ronroneó.
Tuve que frotar mis muslos el uno contra el otro.
La humedad se me acumulaba solo por escuchar sus palabras.
La visión de tenerlo casi entre mis piernas, con el pelo alborotado, los ojos brillando de lujuria y esa media sonrisa canalla curvándole los labios, me puso a cien.
Me di cuenta de que cada vez que Patrick esbozaba esa expresión de macarra atractivo, lo que yo sentía no era odio.
Era deseo. Un deseo crudo y salvaje. Sentí la necesidad aplastante de que esa mirada de depredador y esa sonrisa estuvieran dedicadas única y exclusivamente a mí.
Ya no podía seguir negándolo. Ya no sabía si tenía las fuerzas para mantenerlo alejado, ni si podía seguir fingiendo que lo odiaba.
La única realidad era que lo necesitaba.
Lo deseaba más que al aire. Él era el único para mí, aunque la idea de que yo quizá no fuera la única para él me aterrara.
Pero en ese preciso instante, el miedo era lo que menos me importaba.
—Necesito correrme —solté en voz alta, sin filtros, con la respiración entrecortada—. Preferiblemente con tu boca. Y después quiero sentirte dentro y volver a correrme.
La sonrisa de Patrick se ensanchó, enseñando los dientes en un gesto de pura satisfacción masculina.
—Prepárate, muñeca —murmuró.
Me bajó las bragas de un solo tirón y se lanzó directamente a mi centro.
Un grito ahogado escapó de mi garganta cuando su boca caliente y húmeda se apoderó de mí.
Me lamió de arriba abajo con una precisión absoluta, abriendo mis pliegues, saboreando mi humedad.
Chupó mi clítoris y empezó a jugar con él usando la punta de la lengua, volviéndome loca.
Me retorcí en la cama, enredando los dedos en las sábanas, ofreciéndole todo. Estaba al borde del colapso.
Levanté un poco la cabeza, empujada por el morbo de querer ver cómo me comía. Y al bajar la vista, el corazón se me paró.
Patrick no tenía los ojos cerrados. Tenía la vista clavada directamente en los míos mientras me lamía y me chupaba el sexo. Me estaba mirando mientras me follaba con su boca.
Me corrí. Fue el orgasmo más cegador, explosivo y violento de toda mi vida.
Grité, cerrando los muslos contra su cabeza mientras oleada tras oleada de placer me atravesaba el cuerpo.
Me corrí con tanta fuerza que las piernas me temblaron incontrolablemente, sufriendo espasmos durante lo que me pareció una eternidad, mientras él seguía succionando para exprimir hasta la última gota de mi clímax.
Cuando por fin me dejó caer, Patrick sonrió contra mi piel mojada. Subió lentamente por mi cuerpo, besando y lamiendo mi piel cubierta de sudor, volviendo a dejar un mordisco posesivo junto a mi ombligo, hasta que volvió a quedar cara a cara conmigo.
Nuestros rostros estaban a la misma altura. Sus ojos castaños buscaron los míos y me resultó físicamente imposible apartar la mirada.
Tenía el pecho subiendo y bajando erráticamente.
Todas las emociones que llevaba seis años reprimiendo se agolparon en mi garganta.
No pude pronunciar ni una sola palabra. Estaba demasiado abrumada, y él tampoco dijo nada.
Pero en ese silencio, con nuestras respiraciones mezclándose, nos lo dijimos absolutamente todo con la mirada.