Flare (Wildwater Falls 5) QUINCE
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QUINCE

Clover

E l giro metálico de mis llaves en la cerradura sonó demasiado fuerte en el pasillo. Empujé la puerta y el silencio sepulcral del apartamento me recibió de golpe.

Dejé caer la bolsa de lona con la ropa sucia de la base junto al perchero de la entrada, dispuesta a poner la lavadora más tarde, y me descalcé, pateando las botas hacia una esquina.

El piso estaba a oscuras. No me extrañó que Violet no estuviera —últimamente su dojo parecía tener un agujero negro que se tragaba todas sus horas—, pero el silencio en la habitación de Patrick sí me descolocó.

Era su día libre. Me había preparado mentalmente durante todo el trayecto desde la base para ignorarlo en el salón, pero el apartamento estaba vacío.

Caminé descalza hasta la cocina, encendí la luz sobre la encimera y llené el hervidor de agua.

Necesitaba una taza de té hirviendo que me ayudara a descongelar el frío que se me había metido en los huesos.

Me apoyé contra el mármol, cruzando los brazos sobre el pecho mientras el zumbido eléctrico del hervidor empezaba a llenar el silencio.

Mañana era mi cumpleaños.

Un nudo se instaló en mi garganta de forma automática.

Odiaba esa fecha. Desde que Carson murió, la palabra «cumpleaños» se había convertido en una pesadilla en la familia Donovan.

Porque había alguien que ya no cumpliría más años.

Tras el accidente de autobús, mis padres se desconectaron de la realidad.

El dolor los vació por completo y, en el proceso, se olvidaron de que tenían otros tres hijos vivos.

Pero la diferencia entre mis hermanos y yo fue brutal.

Cormac ya estaba desplegado con el ejército.

Caleb tenía veintidós años, una vida propia y la coraza suficiente para largarse de casa.

Yo, en cambio, solo tenía doce años. Yo no tenía adónde ir.

De la noche a la mañana lo perdí absolutamente todo: perdí a mi hermano mayor, perdí a la versión feliz de mis padres, perdí a mi mejor amigo y toda la maldita estabilidad de mi mundo se esfumó.

Cerré los ojos.

Aquel primer cumpleaños sin Carson, apenas dos meses después de su muerte, fue el día más solitario de mi vida. La casa era un funeral silencioso. Ninguno de mis padres lo recordó. Nadie me felicitó.

Nadie, excepto Patrick.

Por aquel entonces, el odio entre los Donovan y los O'Malley aún no había explotado del todo. Mi madre todavía no había iniciado su campaña de destrucción total, y aunque mis padres no me dejaban cruzar la calle para jugar con él, Patrick y yo aún nos mirábamos de lejos.

Desde que nos conocimos a los siete años, teníamos una tradición.

La noche antes del cumpleaños de cualquiera de los dos, a medianoche exacta, nos escapábamos de nuestras casas sin hacer ruido y nos encontrábamos en el porche de los O'Malley.

Allí, sentados en el frío, nos dábamos nuestros regalos justo cuando el reloj marcaba las doce en punto.

Siempre eran tesoros infantiles, cosas pequeñas hechas a mano que significaban el mundo para nosotros: un marco de fotos torcido hecho con macarrones pintados de dorado; un botecito de cristal con «polvo de la suerte» que en realidad era tiza de colores machacada y purpurina robada de clase de plástica; pulseras de hilo trenzado con nuestras iniciales en bolas de plástico...

Abrí los ojos y miré el vapor que empezaba a salir del hervidor.

Aún conservaba esa caja. Era una caja de zapatos que guardaba en el fondo del cajón de mi mesita de noche.

Un cofre del tesoro que escondía las únicas pruebas de que, alguna vez, no estuve sola.

En cada maldito cumpleaños desde que Patrick se marchó a Portland, yo abría esa caja, tocaba los regalos y la volvía a cerrar durante trescientos sesenta y cinco días más.

La última vez que cumplimos la tradición fue hace trece años. Yo cumplía doce.

Aún recordaba el frío de aquella noche. Patrick apareció en su porche, con las manos metidas en los bolsillos.

No se sentó a mi lado. Se quedó de pie y me tendió su regalo: una pulsera de cuero oscuro con una piedra azul turquesa.

No era una turquesa de verdad, era de cristal o de plástico pulido, pero a la luz de las farolas brillaba con un azul profundo y perfecto.

— Feliz cumpleaños, Clover— me dijo.

Me la entregó rozando apenas mis dedos, se dio media vuelta y volvió a meterse en su casa, cerrando la puerta a sus espaldas.

Poco después de aquella noche, todo saltó por los aires. Los gritos, el odio, el portazo definitivo y la enemistad envenenada que lo pudrió todo.

El clic del hervidor cortó el hilo de mis pensamientos.

Solté una exhalación pesada, pasándome las manos por la cara para borrar cualquier rastro de melancolía estúpida. Levanté la vista hacia los números rojos del reloj del microondas. Sólo eran las nueve y media.

Ni siquiera me preparé el té. Apagué la luz de la encimera, sumiendo la cocina de nuevo en la oscuridad.

Lo mejor que podía hacer era meterme bajo el chorro de agua caliente de la ducha y encerrarme en la cama.

Desaparecer bajo las sábanas, cerrar los ojos y dormir hasta que las siguientes veinticuatro horas pasaran de largo, como si el día de mi cumpleaños nunca hubiera existido.

✽✽✽

Tras una ducha de agua hirviendo me sequé de forma autómata, me enfundé en mi viejo pijama de franela de cuadros rosas y amarillos y me metí en la cama. Me subí el edredón hasta la barbilla y me quedé mirando la oscuridad del techo.

La pantalla del móvil, bocabajo sobre la mesita de noche, marcaba las once.

El crujido de la puerta principal del apartamento me tensó los músculos. Escuché los inconfundibles pasos pesados de Patrick avanzando por el pasillo de madera. Sus botas resonaron un par de segundos antes de que el sonido se detuviera frente a su cuarto. La puerta se abrió y se cerró con un clic.

El silencio volvió a devorarlo todo.

Me di media vuelta, dándole la espalda a la puerta de mi propia habitación, y apreté los ojos con tanta fuerza que vi destellos. El nudo en mi garganta se cerró como un puño de hierro. Me había dejado tirada. Una vez más, la noche antes de mi cumpleaños, el vacío ganaba la partida.

Y entonces, el sonido de unos pasos descalzos rompió el silencio. Se detuvieron justo al otro lado de mi puerta.

Toc, toc.

Dos golpes suaves contra la puerta.

Me giré sobre el colchón como si me hubieran inyectado adrenalina directa al corazón. Me quedé clavada mirando la puerta en la penumbra convencida de que me lo había imaginado.

Toc, toc.

Esta vez fueron un poco más firmes.

Salté de la cama tirando el edredón al suelo, crucé la habitación a trompicones y abrí la puerta de un tirón seco.

Patrick estaba plantado en el pasillo. Llevaba unos pantalones azules de pijama de algodón y una camiseta blanca de manga corta que se ajustaba de forma obscena a la anchura de sus hombros y a la dureza de sus pectorales.

Tenía el pelo castaño ligeramente revuelto y un olor a jabón y a limpio que me golpeó de lleno.

Tragué saliva al darme cuenta de lo insultantemente bien que le sentaba esa maldita camiseta básica y lo desesperadamente besable que estaba.

Él apoyó un brazo en el marco de la puerta, bajó la vista hacia mi pijama de cuadros y esbozó la sonrisa más canalla y brillante de su repertorio antes de guiñarme un ojo.

—Hola, muñeca —ronroneó en voz baja—. ¿Puedo pasar?

No dije ni una palabra. Me limité a dar un paso atrás, apartándome para cederle el paso.

Patrick cruzó el umbral y cerró la puerta a sus espaldas con suavidad. Fue entonces cuando me di cuenta de que llevaba un pequeño paquete cuadrado en la mano derecha.

El corazón me dio un vuelco tan violento que casi me deja sin aire.

—Sé que aún no es medianoche —dijo Patrick, acortando la distancia hasta detenerse a un palmo de mí, bajando el tono a un susurro denso y grave—. Pero también sé que hoy has tenido turno doble, estás reventada y mañana tienes que madrugar. No quería despertarte a las doce en punto.

Levantó la mano y me tendió la cajita oscura.

—Feliz cumpleaños, muñeca.

Me temblaron las manos. Me temblaron las rodillas y juraría que me tembló hasta la puta alma. Me quedé mirando el pequeño paquete como si fuera una bomba a punto de estallar. Levanté mis dedos inestables y agarré la caja, rozando su piel en el proceso.

Aún no la había abierto, pero levanté la vista y lo miré directamente a los ojos, sin titubeos y sin escondernos nada.

—Te has acordado... —susurré, con un hilo de voz —. Pensé que...

Patrick ladeó la cabeza. Arqueó una ceja oscura y la sonrisa de sus labios se suavizó, transformándose en algo tan intenso y leal que me cortó la respiración.

—Yo jamás me he olvidado de ninguno de tus cumpleaños, Clover —sentenció, con una voz rotunda, pesada y cargada de verdad—. Ni de uno solo. Y jamás lo olvidaré.

El impacto de sus palabras me desestabilizó. Apreté los labios, conteniendo un sollozo, y quité la tapa de la caja.

El aire abandonó mis pulmones de golpe.

Esta vez no era un regalo hecho a mano. No era un trozo de cuero con una piedra falsa.

Descansando sobre una pequeña almohadilla de terciopelo, había un brazalete de plata maciza, fino y elegante, engarzado con pequeñas piedras de azul turquesa auténtico.

Y en el centro, grabadas sobre el metal con una precisión perfecta, estaban nuestras iniciales.

C & P.

Mi armadura se hizo pedazos. Las lágrimas se desbordaron de mis ojos sin que pudiera hacer nada para frenarlas, resbalando calientes por mis mejillas, acompañadas de un sollozo ahogado que me partió el pecho.

Patrick soltó una exhalación temblorosa. Dio el último paso que nos separaba, levantó las manos, acunó mi rostro entre sus palmas grandes y ásperas, y bajó la cabeza.

Me besó.

Fue un beso dulce. Apenas un roce cálido y suave de sus labios contra los míos. Una caricia cargada de ternura para calmar mis lágrimas, para decirme que estaba ahí, que no me iba a soltar.

Se separó apenas un milímetro, dispuesto a apartarse de mí.

No iba a dejarle ir. No otra vez.