Flare (Wildwater Falls 5) CATORCE #2
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CATORCE #2

Observarlas me derritió algo en el pecho.

Me apoyé en el respaldo de mi silla, dejando que una sonrisa suave se me instalara en la boca.

Hannah no compartía ni una sola gota de ADN con esa niña, pero daba exactamente igual.

Para cualquiera que tuviera ojos en la cara, eran madre e hija de forma incondicional.

El vínculo entre ellas era una de las cosas más sanas y sólidas que había visto en mi vida.

Caleb se acercó a nuestra mesa, con esa presencia imponente que lo caracterizaba. Me dio una palmada firme y amistosa en el hombro a modo de saludo.

—O'Malley —dijo, tomando asiento a mi lado, dejando a su mujer y a su hija en el banco de enfrente. Levantó una mano hacia el camarero para pedir su café y luego se giró hacia mí—. ¿Listo para el espectáculo?

Antes de que pudiera contestar, Octavia se separó del abrazo de Hannah, apoyó las manos en el borde de la mesa y me miró con unos ojos enormes que chispeaban de pura adrenalina.

—¡Tío Patrick! —me saludó, casi rebotando sobre las suelas de sus zapatillas.

—Ey, enana —le sonreí, inclinándome hacia ella—. ¿Qué? ¿Estás preparada para darlo todo en el tatami? Me han dicho que los del dojo de Springwater vienen fuertes.

Octavia levantó la barbilla con un gesto de suficiencia que me resultó dolorosamente familiar.

—Nací lista —sentenció, sin un ápice de duda.

Solté una carcajada ronca que me raspó la garganta.

Esa niña era puro fuego. Me recordaba tanto a Clover cuando teníamos su edad, con esa misma fiereza indomable, que me era imposible no adorarla con cada célula de mi cuerpo.

Desde el primer momento me había propuesto ser un pilar para ella.

Quería que Octavia supiera que siempre, pasara lo que pasara, podría contar conmigo.

Desde que Hannah se había convertido en su madre la llamaba por videollamada antes y después de cada competición y exhibición de judo, participaba en todas las llamadas familiares y la llamaba para animarla cada vez que tenía algún evento del colegio.

Y ahora que estaba en el pueblo, no pensaba separarme de la primera fila.

—¿Y tú? —me desafió Octavia, entrecerrando los ojos y señalándome con un dedo acusador—. ¿Estás listo para ver cómo tumbo a todos mis oponentes? Violet me ha enseñado una llave nueva de cadera.

—Yo también nací listo, fiera —le aseguré, guiñándole un ojo—. Y más te vale que los tumbes a todos, porque vengo dispuesto a quedarme afónico gritando tu nombre desde las gradas.

Octavia soltó una risita nerviosa y volvió a rebotar sobre sus talones. Sus niveles de energía estaban tan disparados que amenazaba con hacer un agujero en el suelo de madera de la cafetería antes incluso de pisar el dojo.

Decidí intervenir para bajarle las revoluciones.

—A este paso vas a llegar cansada al combate —bromeé, apoyando los codos en la mesa—. Por cierto, ¿qué tal la bici de montaña que arreglamos el otro día? ¿Ya has probado a saltar la rampa de tierra del final del bosque o papá te ha restringido el acceso?

—¡La salté el jueves! —exclamó Octavia, picando el anzuelo al instante, olvidándose del judo y lanzándose a relatar su hazaña mientras Caleb ponía los ojos en blanco con una mezcla de orgullo y resignación paternal.

Estábamos riéndonos a carcajadas de la imitación que Octavia estaba haciendo de la cara de pánico de su padre, cuando el tintineo de la puerta del local volvió a sonar.

Levanté la vista y el oxígeno se me atascó en los pulmones.

Clover entró en la cafetería. Llevaba unos vaqueros ajustados, unas botas planas de invierno y el pelo suelto cayéndole en ondas oscuras sobre los hombros. Sostenía una gran bolsa de papel marrón arrugada contra el pecho.

Vi el momento exacto en que sus ojos barrieron el local y localizaron nuestra mesa. Su paso se ralentizó. Fue un titubeo de apenas un segundo, pero vi cómo sus hombros se tensaban, cómo su espalda se volvía rígida y cómo el muro de hielo volvía a levantarse frente a mí con una rapidez devastadora.

Se obligó a reanudar el paso, forzando una sonrisa brillante, y llegó hasta nuestra mesa.

—¡Hola a todos! —saludó efusivamente, ignorando la silla libre que quedaba a mi otro lado para quedarse de pie junto a Octavia.

Besó la mejilla de Hannah, le alborotó el pelo a su hermano Caleb y apretó los hombros de Octavia con cariño.

Y entonces, sus enormes ojos turquesa, esos que la hacían parecer una muñeca de porcelana casi irreal, se detuvieron en mí.

—O'Malley —dijo. Un simple asentimiento de cabeza. Seco. Cortante. A una distancia sideral del afecto que había demostrado al resto.

Sostuve su mirada fría y, despacio, dejé que mi boca se curvara en la mejor de mis sonrisas. La más ancha de mi repertorio, diseñada única y exclusivamente para desarmarla.

Funcionó.

Los ojos de Clover perdieron su dureza de golpe. Parpadeó, y durante un segundo, un solo y jodido segundo, se quedó embobada, con los labios ligeramente entreabiertos y la respiración atascada en el pecho. Vi cómo tragaba saliva, luchando por recuperar la compostura.

Sacudió la cabeza de forma casi imperceptible y me tendió la bolsa de papel arrugada con un movimiento brusco.

—Toma —dijo, intentando que su voz sonara firme, aunque el tono la traicionó con un ligero temblor—. Es para ti. La camiseta que te prometí para la competición.

—Gracias, muñeca —murmuré.

Alargué la mano para agarrar la bolsa. Al hacerlo, mis dedos rozaron los suyos.

Fue apenas un roce. Piel contra piel, una fracción de segundo, pero el chispazo de electricidad estática fue tan violento que casi se escuchó en el aire.

Clover apartó la mano como si se hubiera quemado.

Retiró el brazo a la velocidad de la luz y yo, con la bolsa ya en mi poder, me quedé observando sus manos.

Vi cómo cerraba los dedos en un puño apretado y, justo después, cómo los volvía a abrir, frotándose la yema del pulgar contra el índice y el corazón, como si intentara desesperadamente borrar el cosquilleo abrasador que le había dejado mi tacto.

No lo pudo evitar. Su cuerpo reaccionaba al mío con la misma violencia con la que mi sangre hervía por ella.

Una nueva sonrisa, esta vez cargada de una satisfacción depredadora, se extendió por mi cara. Me acomodé en la silla, sin apartar los ojos de su mano.

—¿De qué te ríes, O'Malley?

La voz grave y socarrona de Caleb rompió la burbuja. Giré la cabeza hacia él. Mi cuñado me estaba mirando con una ceja arqueada y una media sonrisa de quien sabe perfectamente que algo se está cociendo bajo la superficie, pero prefiere disfrutar del espectáculo.

—De nada, jefe —respondí, con un tono arrastrado y tranquilo. Volví a clavar mis ojos en los de Clover, lanzándole una mirada cargada de intención —. Solo pensaba en las cosas buenas de la vida.

Clover se quedó paralizada, mirándome un segundo de más. El rubor le trepó por el cuello, incendiándole las mejillas. Sabía perfectamente a qué me refería.

Desvió la mirada de golpe, aclarándose la garganta, y se giró hacia la pequeña de los Donovan para huir del fuego cruzado.

—Bueno, fiera, ¿estás lista para destrozarlos a todos? —le preguntó, con un entusiasmo un poco más agudo de lo normal, agarrándole los hombros—. Te he traído agua isotónica y unas barritas de chocolate. Las vas a necesitar cuando llegues a la final.

—Deberíamos ir yendo ya hacia el dojo —intervino Hannah, mirando el reloj de su muñeca mientras se levantaba del asiento—. Octavia tiene que calentar antes de que abran el cuadro de combates.

El grupo entero se puso en movimiento. Octavia salió disparada hacia la puerta del local, incapaz de contener los nervios por más tiempo.

Caleb se puso en pie, agarró la mano de Hannah con una naturalidad envidiable, entrelazando sus dedos con los de su mujer, y ambos caminaron hacia la salida envueltos en su propia burbuja de complicidad.

Clover y yo nos quedamos rezagados, obligados a caminar uno junto al otro para salir de la cafetería.

El espacio entre las mesas era estrecho. Al llegar al umbral de la puerta principal, Clover dio un paso para salir al mismo tiempo que yo.

Su hombro chocó con mi pecho.

Fue involuntario, pero la descarga que me atravesó el torso me cortó la respiración. El calor de su cuerpo traspasó la tela de mi cazadora y la de su abrigo. Sentí la atracción salvaje que vibraba en cada poro de mi piel y en cada terminación nerviosa de mi cuerpo.

La vi apretar los labios y acelerar el paso hacia la acera nevada, intentando poner distancia entre nosotros.

Me quedé un instante bajo el marco de la puerta, con la bolsa de papel en la mano y el pecho ardiendo. La miré caminar detrás de Caleb y Hannah, tan a la defensiva, tan asustada y a la vez tan malditamente preciosa. Y mía.

Había huido en la cabaña y seguía huyendo ahora, pero yo ya había sentido cómo me devolvía el beso. Ya había visto cómo se le encendía la sangre con solo rozarnos los dedos.

Apreté la mandíbula, respirando el aire helado de la calle. Daba igual lo rápido que intentara correr o los muros de hielo que intentara levantar. Era solo cuestión de tiempo antes de que toda esta tensión reventara y nos llevara a los dos por delante.