Flare (Wildwater Falls 5) CATORCE
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CATORCE

Patrick

E l aroma a grano de café tostado y a bollería de canela recién horneada saturaba el interior del Blackbird Coffee.

Estaba sentado en una mesa junto a la cristalera, con las manos rodeando una taza de café solo, observando la fachada de ladrillo del dojo de Violet al otro lado de la calle cubierta de nieve.

Había pasado exactamente una semana. Siete jodidos días desde la tormenta de nieve en Pine Ridge.

Siete días desde que la boca de Clover Donovan me había destrozado las defensas en aquella cama y desde que ella había salido huyendo de la habitación dejándome con el pulso latiendo en la garganta y la verdad a medio desenterrar.

Desde entonces, Clover se había convertido en un fantasma.

Había empalmado turnos dobles en la sala de control de la base.

Me estaba evitando con una precisión militar.

En el apartamento, se había vuelto casi invisible; si yo estaba en la cocina, ella se encerraba en su cuarto.

Si yo estaba en el salón, ella desaparecía.

No habíamos vuelto a cruzar más de dos palabras seguidas, y mucho menos habíamos vuelto a quedarnos a solas para terminar la conversación que empezamos en la cabaña.

La campanilla de la puerta de la cafetería tintineó, arrancándome de mis pensamientos.

Hannah entró sacudiéndose la nieve de los hombros de su abrigo de lana.

Su rostro se iluminó al verme. Mi hermana mayor desprendía esa calidez serena que siempre me recordaba al hogar.

Se acercó a la mesa, se inclinó para darme un beso sonoro en la mejilla y se dejó caer en la silla de enfrente con un suspiro de alivio.

—Necesito cafeína en vena antes de ir al dojo —anunció Hannah, quitándose los guantes de cuero—. Octavia está tan nerviosa por la competición de judo que lleva despierta desde las cinco de la mañana haciendo llaves imaginarias contra las almohadas del sofá. Caleb está a punto de perder la cabeza.

Esbocé una sonrisa genuina, la primera de la mañana, y le empujé el capuchino caliente que le había pedido un minuto antes de que llegara.

—Te conozco —murmuré—. Bebe.

Hannah le dio un sorbo largo, cerrando los ojos con satisfacción. Cuando los volvió a abrir, me escrutó con esa mirada clínica, capaz de leerme a la perfección.

—Estás agotado, Patrick. Tienes unas ojeras que te llegan al suelo —diagnosticó, apoyando los codos en la mesa—. ¿Cómo van las prácticas?

—Duras. Pero bien —Me encogí de hombros, trazando el borde de mi taza—. Terminar la academia es mi único objetivo ahora mismo.

Hannah asintió lentamente, pero su expresión se volvió más reflexiva.

—Hablé anoche con mamá y papá —dijo, bajando el tono de voz—. Están pensando muy seriamente en regresar a Wildwater Falls.

Levanté las cejas, sorprendido.

—¿Volver al pueblo? ¿Definitivamente?

—Sí. Papá está a punto de jubilarse del hospital, y a mamá le gustaría montar una pequeña consulta pediátrica privada aquí.

Ya sabes que en el pueblo no hay pediatras de familia, solo los de urgencias del Regional.

La vida de ciudad les pesa, y quieren estar cerca de Octavia para verla crecer.

—Hannah hizo una pausa, ladeando la cabeza—.

Y, además, desde que te viniste a hacer la especialización, tienen medio asumido que tú también vas a quedarte a vivir aquí cuando te gradúes.

La presión en mi pecho aumentó. Clavé la vista en el líquido negro de mi taza.

—Esa era mi intención —confesé, con la voz rasposa—. Quería solicitar una plaza fija en la base de rescate, o quizá en el cuerpo de bomberos de Springwater. Está a menos de una hora, hay un buen hospital operativo... Podría hacer carrera ahí y seguir estando cerca de vosotros.

—¿Era? tu intención, en pasado —repitió Hannah, captando el matiz al vuelo. Su tono se suavizó por completo, lleno de una comprensión absoluta—. ¿Y ahora?

Solté un suspiro largo, pasándome una mano por el pelo.

—Ahora estoy dudando, Hannah. Porque el motivo real por el que quería quedarme en este pueblo... quizá ni siquiera exista.

Hannah no me apartó la mirada. Conocía perfectamente a su hermano, sabía de mis lealtades y de mi corazón, y no le hacía falta ser un genio para rellenar los huecos que estaba dejando en blanco.

Habíamos hablado mil veces de los Donovan a lo largo de los años, de la guerra entre las familias, pero jamás habíamos abordado directamente de mi relación con Clover, ni la pasada ni la presente.

—Sé sincero conmigo, Patrick —me pidió en un susurro, cubriendo mi mano con la suya sobre la mesa—. ¿Qué está pasando con ella?

El silencio se extendió entre nosotros durante unos segundos. Necesitaba soltarlo. Necesitaba que alguien me escuchara sin juzgarme.

—Nos vimos hace seis años —solté de golpe.

Hannah abrió los ojos, sorprendida.

—Coincidimos en la universidad, en Portland.

Pasó... pasó algo entre nosotros aquella noche —continué, midiendo las palabras, sintiendo que el corazón me latía con fuerza—.

Pero Clover me odia desde entonces y hasta hace una semana yo no tenía ni puta idea de por qué.

Su percepción de lo que ocurrió a la mañana siguiente no coincide en absolutamente nada con mis recuerdos.

Me culpa de algo que yo no hice, Hannah.

O que al menos, no fui consciente de haber hecho.

—Patrick, tienes que aclararlo con ella —dictaminó mi hermana, con la firmeza de quien sabe lo que son las heridas del pasado—. No puedes dejar que algo así os pudra por dentro a los dos.

—¡Ya lo sé! —bufé, frustrado, retirando la mano para apretarme el puente de la nariz—.

Pero me evita como a la peste. Cuando nos vemos, es en la base rodeados de cadetes, o en un pasillo donde se da media vuelta y sale huyendo.

Incluso viviendo bajo el mismo techo, es jodidamente invisible para mí.

No me da ni un solo milímetro de espacio para hablar.

Y sé que si la presiono va a explotar como una supernova.

Hannah asintió, encogiéndose de hombros con una sonrisa triste.

—Lo sé. Ha dormido en nuestra casa dos noches esta semana.

Me quedé helado.

—Caleb y yo sabíamos perfectamente que lo hacía para huir de ti —admitió Hannah—.

Ella no ha dicho ni una palabra sobre el tema.

Se ha limitado a dormir en la habitación de invitados y a jugar con Octavia por las tardes.

Creo que está asustada, Patrick. Pero un Donovan nunca admite algo así con facilidad. Odian mostrarse vulnerables.

Apreté los dientes. Saber que la había empujado fuera de su propia casa me carcomía por dentro.

—Cambiando de un terreno minado a otro —murmuré, buscando desviar la presión que me ahogaba antes de perder los estribos—. ¿Cómo lo lleva Caleb con los Donovan? ¿Cómo están las cosas con tu queridísima suegra?

Hannah soltó una pequeña risa resignada.

—Caleb sigue poniéndose tenso cada vez que su madre respira cerca de él. Es instintivo.

—No me extraña en absoluto —repliqué, con un tono mucho más duro y vehemente del que pretendía—. Tener a Vera Donovan como madre tiene que ser una tortura psicológica. La mujer es un maldito bloque de hielo.

—Patrick... —Hannah me reprendió con suavidad, dándome un golpecito en la mano—. Entiendo lo que dices y sé perfectamente por qué lo dices. Pero Vera ha cambiado bastante en el último año. Especialmente en su relación con Octavia y con Caleb. Está intentando reparar los puentes.

Fruncí el ceño, escéptico y a la defensiva por ella.

—¿Ah, sí? ¿Y ha cambiado contigo también? —la desafié—. ¿O te sigue mirando como si fueras la culpable de que su hijo Carson muriera?

Hannah suspiró profundamente. La luz de la ventana le iluminó el rostro, mostrando una mezcla de tristeza y resignación.

—No lo sé con seguridad, Patrick —admitió—.

Creo que Vera por fin ha aceptado lo inevitable de la muerte de Carson.

Y sé que, en el fondo, está profundamente agradecida de que la salvara a ella de morir en aquel otro accidente el año pasado.

Pero... sigue habiendo frialdad. Aunque no sé si es por mí o simplemente es su carácter.

—Frialdad —repetí, mascando la palabra con asco.

—Le cuesta mirarme a los ojos —explicó Hannah—. Le cuesta hablarme directamente o pedirme algo. Cuando quiere ver a Octavia o recogerla del colegio, generalmente lo hace a través de Clover. Clover actúa de mediadora incluso para las cosas más cotidianas.

Apreté los puños bajo la mesa, sintiendo cómo el desprecio absoluto que sentía por Vera Donovan me subía por la garganta. Seguía cargando en su hija pequeña responsabilidades que en realidad solo eran cosa suya.

—Es una cobarde —sentencié, incapaz de perdonarla—.

Hannah, yo no puedo. No puedo mirar a esa mujer a la cara y fingir que no pasa nada.

Soy muy consciente de que, si no fuera por ella, por su frialdad y por el odio que sembró tras el accidente, gran parte de la mierda y del dolor que hemos sufrido nosotros y que han sufrido Caleb, Octavia y Clover jamás habría sucedido.

Hannah me miró con una ternura infinita, comprendiendo mi instinto de protección hacia nuestra familia. Iba a replicar, seguramente para pedirme paciencia, cuando la puerta de la cafetería volvió a abrirse.

—Bueno —murmuró mi hermana, mirando por encima de mi hombro hacia la entrada—. Hablando de los Donovan. Intenta no morder a nadie, O'Malley.

Caleb Donovan cruzó la puerta sacudiéndose los copos de nieve de los hombros de su cazadora, pero apenas tuve tiempo de mirarlo porque, un segundo después, Octavia pasó como una exhalación por su lado, enfundada en su abrigo acolchado y con el pelo recogido en una trenza tensa.

—¡Mamá! —exclamó la niña, lanzándose directamente contra Hannah.

Hannah la recibió con los brazos abiertos, atrapándola en un abrazo apretado contra su pecho, riendo mientras Octavia escondía la cara en su cuello para calmar los nervios que la hacían vibrar de pies a cabeza.