Flare (Wildwater Falls 5) TRECE #2
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TRECE #2

Pasé una pierna por encima de su cadera, buscando más fricción, buscando acercarme más.

La reacción de Patrick fue inmediata. Su mano libre bajó por el contorno de mi espalda, trazando la curva de mi cintura hasta engancharse con fuerza bajo mi muslo.

Tiró de mí hacia arriba y hacia adelante con un movimiento rudo y firme, ajustando su entrepierna directamente contra la mía.

La presión dura y caliente de su erección contra mi centro a través de las capas de ropa me hizo perder la cabeza. Me apretó contra el colchón, dominando el ritmo, comiéndonos a besos mientras nuestros cuerpos se restregaban buscando un alivio imposible.

Patrick rompió el beso apenas un segundo.

Mantuvo la frente pegada a la mía, respirando de forma agitada. Y con un movimiento lento, casi inconsciente, se lamió los labios hinchados, saboreándome, con los ojos dilatados de puro deseo.

Ese simple gestó fue como una bofetada de realidad. La neblina de calor desapareció de golpe. El oxígeno volvió a mi cerebro.

«¿Qué mierda estoy haciendo?»

El pánico me invadió.

—No —jadeé, empujando su pecho con ambas manos.

Rompí el contacto de forma brusca. Patrick soltó un gruñido ronco, desconcertado por el rechazo repentino, pero aflojó el agarre de inmediato para que yo pudiera zafarme.

Me arrastré hacia atrás, salí de la cama de un salto casi tropezando con el edredón y recogí mis botas del suelo en un movimiento desesperado. No lo miré. No me atreví a cruzar mis ojos con los suyos.

Hui hacia la puerta del fondo, me encerré en el baño minúsculo y pasé el pestillo con manos temblorosas.

Dejé caer las botas al suelo. Abrí el grifo del lavabo a máxima potencia, llené mis manos de agua helada y me la eché a la cara, intentando bajar la fiebre que me quemaba la piel.

Apoyé las manos temblorosas y levanté la vista hacia el espejo.

El reflejo me devolvió la imagen del desastre.

Tenía el pelo revuelto, los ojos soñolientos pero inyectados de un brillo febril, las mejillas encendidas en un rubor furioso y los labios dolorosamente rojos e hinchados, marcados por la boca de Patrick O'Malley.

Cerré los ojos, apoyando la frente contra el cristal frío del espejo, con el corazón golpeándome las costillas a mil por hora.

Me quedé ahí, escuchando los sonidos en la habitación.

El sonido de la cama liberando el peso. Unos pasos pesados. Después, el pomo de la puerta principal girando y el golpe seco al cerrarse.

Patrick se había ido.

Dejé escapar el aire que ni siquiera sabía que estaba reteniendo y salí del baño minúsculo. Efectivamente, la habitación estaba vacía. Las sábanas estaban revueltas en el lado que él había ocupado, conservando aún el hueco de su cuerpo.

Me senté despacio en el borde de la cama, calzándome las botas con movimientos mecánicos. Cerré los ojos y me eché la bronca mental más monumental de la última década.

Clover Donovan no era una cobarde.

Lidiaba con pilotos testarudos, con cirujanos iracundos y coordinaba rescates con vidas en juego.

No iba a salir huyendo y esconderme en un cuarto de baño cada vez que las cosas con Patrick se pusieran difíciles.

No iba a darle ese puto poder sobre mí. Apreté la mandíbula, me puse en pie y cuadré los hombros.

Abrí la puerta y salí al pasillo trasero.

El salón principal de la cabaña parecía la zona cero de un desastre de proporciones épicas. La luz deslumbrante de la mañana entraba por los ventanales e iluminaba a media docena de cuerpos tirados en los sofás y colchones inflables. Había un nivel generalizado de resaca que casi se podía oler.

Oskar, que por fin había entrado en razón y había abandonado su atuendo hawaiano en favor de unos vaqueros y un jersey de lana gruesa, me vio aparecer.

—Buenos días, superviviente —murmuró, acercándose con las manos metidas en los bolsillos.

Tenía unas ojeras formidables—. Un par de chicos están fuera despejando el camino hacia la carretera principal y quitando la nieve de los coches.

Por suerte, la mayoría aparcasteis bajo la marquesina de madera y no han quedado sepultados.

Asentí, frotándome los brazos.

—¿En qué puedo ayudar? —le pregunté—. ¿Recojo botellas? ¿Preparo café?

Oskar soltó un suspiro trágico.

—Poco hay que hacer, Clover. La cabaña es alquilada, y básicamente la pillé solo para la fiesta, así que no hay nada en la despensa. Ni siquiera tenemos café soluble.

Solté una carcajada baja ante su cara de miseria. Una resaca en medio de la montaña sin cafeína era el infierno en la tierra.

La puerta principal se abrió de golpe, arrastrando una ráfaga de viento gélido y un chorro de luz cegadora. Tres chicos entraron pisando fuerte para sacudirse la nieve de las botas.

Entre ellos estaba Patrick.

Llevaba la cazadora oscura abrochada hasta el cuello y el pelo castaño alborotado por el viento. Tenía las mejillas ligeramente enrojecidas por el frío, pero su presencia llenó el salón al instante.

Nuestras miradas se engancharon. No hubo sonrisas canallas. No hubo saludos. Solo una intensidad cruda.

—Las quitanieves del condado ya han pasado por la ruta 42 —anunció Patrick, apartando la vista para dirigirse a Oskar y al resto de la sala.

Su tono era puramente profesional, era el bombero O’Malley en ese momento—.

Hemos limpiado el camino de acceso lo suficiente para que los todoterrenos puedan traccionar hasta la carretera principal de forma segura. Ya podéis salir del perímetro.

Varios murmullos de alivio y quejas resacosas llenaron la sala.

—Te debo una, O'Malley. Gracias, tío —dijo Oskar, palmeándole el hombro.

—Yo me voy —anuncié, rompiendo mi silencio. Hablé hacia Oskar, pero era muy consciente de los ojos de Patrick en mí—. Debo regresar al pueblo. Me... me están esperando en casa.

Patrick ladeó la cabeza. Levantó una ceja escaneándome de arriba abajo. Sabía perfectamente que Violet estaba en el dojo y que no me esperaba nadie, pero sobre todo, sabía que estaba poniendo la primera excusa barata que se me había ocurrido para salir huyendo de allí.

Lo ignoré. O al menos, intenté ignorar cómo ese escrutinio silencioso me ponía los vellos de punta.

Me despedí de Oskar con un abrazo rápido, deseándole un feliz cumpleaños y que sobreviviera a la limpieza, y esquivé el centro de la sala, encaminándome hacia la salida sin mirar atrás.

Crucé la puerta y el aire helado de la mañana me cortó la respiración. Bajé los escalones de madera del porche, pisando la nieve compactada en dirección a mi todoterreno, dispuesta a arrancar el motor y escapar a toda prisa.

El sonido de unas botas pesadas detrás de mí me detuvo en seco.

—Clover.

Me quedé paralizada. Cerré los ojos un segundo, preparándome para la confrontación. Iba a sacar el tema. Iba a exigirme respuestas por el beso, para preguntarme por qué demonios le había correspondido con esa agresividad para luego huir como una cría asustada.

Me giré, a la defensiva, con el pecho apretado.

Pero Patrick no acortó la distancia. Se quedó parado al pie de las escaleras del porche, con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora. Su expresión estaba despejada, sin rastro de burla ni de reproche.

—Conduce con cuidado, muñeca —dijo, en voz baja—. Aún hay placas de hielo en la salida del cañón.

Me quedé muda.

De repente, estaba agotada. Estaba harta de pelear. Harta de la hostilidad constante. El beso que habíamos compartido en esa cama, esa explosión de necesidad bruta y desesperada, me había dejado vulnerable, expuesta en carne viva. No tenía fuerzas para otro enfrentamiento.

Relajé los hombros. Asentí lentamente.

—Lo haré —respondí.

No hubo más. Ni él intentó retenerme, ni yo intenté herirlo. Me di media vuelta, me subí al coche y arranqué el motor, dejando a Patrick O'Malley atrás en el retrovisor.