TRECE
Clover
E l aullido del viento golpeando contra el cristal de la ventana era ensordecedor, pero dentro de la habitación, el silencio me estaba asfixiando.
Llevaba lo que parecían horas tumbada de lado, dándole la espalda, rígida como una tabla bajo la colcha de la cama. Estaba tan cerca del borde del colchón que casi podía sentir el vacío hasta el suelo, pero no me atrevía a moverme ni un milímetro hacia el centro.
No podía dormir. Era físicamente imposible.
El espacio era demasiado pequeño y él era demasiado grande.
Su calor irradiaba a través de las sábanas, pero lo que realmente me estaba volviendo loca era su olor.
El aroma a aire frío y a ese rastro de masculinidad limpia llenaba cada rincón del cuarto.
Me encantaba. Dios, me encantaba tanto que dolía respirar.
Lo único que deseaba era darme la vuelta y hundir la nariz en su cuello.
La tensión de la discusión, el desgaste emocional de haberle gritado a la cara y haberme expuesto por completo me pasaron factura de golpe.
Un nudo doloroso me bloqueó la garganta. Apreté los párpados con fuerza, pero fue inútil. La primera lágrima resbaló caliente por el puente de mi nariz y se fundió en la almohada.
Me mordí el labio inferior hasta saborear la sangre, intentando ahogar el sonido, negándome a dejar que me viera llorar otra vez.
Las lágrimas empezaron a caer en silencio, empapándome la cara, sacudiendo mis hombros con pequeños temblores que intenté reprimir encogiéndome sobre mí misma, abrazándome las rodillas.
El colchón crujió a mis espaldas.
Sentí cómo Patrick se movía, desplazando su peso.
Luego, el movimiento cesó. Sabía que me estaba observando en la penumbra.
Me había escuchado, o había sentido mi llanto en el movimiento de la cama.
Contuve la respiración, rezando para que se quedara en su lado, para que fingiera que no se había dado cuenta.
Pero Patrick O'Malley jamás huía de nada.
El colchón volvió a hundirse. El calor de su cuerpo se acercó hasta que su pecho rozó mi espalda. No dijo ni una palabra. No me pidió explicaciones ni exigió que me girara. Simplemente levantó su brazo derecho y lo deslizó por encima de mi cintura, tirando de mí hacia él.
Mi primer instinto fue resistirme. Intenté clavar los pies en el colchón para no ceder, pero estaba tan agotada... El dolor me había vaciado por completo.
Y él era tan cálido, tan firme.
Me rendí. Dejé escapar un sollozo roto contra la almohada y dejé que me arrastrara esos escasos centímetros hasta que mi espalda chocó con su torso.
—No llores, muñeca —susurró Patrick. Su voz rasposa vibró directamente en mi nuca —. Ya está.
Apretó el abrazo, escondiendo el rostro en la curva de mi cuello, respirando mi olor.
—Siento haberte presionado así —continuó, con un tono tan bajo que era casi una confidencia en la oscuridad—.
Siento haberte acorralado. Puedo esperar.
Te juro que puedo esperar hasta que estés preparada.
Pero tenemos que hablarlo, Clover. Tenemos que sacar todo este veneno de dentro y aclarar las cosas de una maldita vez, porque nos estamos matando.
—Lo sé —susurré, con la voz rota y ahogada por el llanto.
Patrick me abrazó más fuerte, como si quisiera fusionar su cuerpo con el mío para protegerme de mi propio dolor.
Me dejé envolver por su calidez. Cerré los ojos, sintiendo el latido acompasado de su corazón contra mi espalda.
Era pura ironía. Era una completa locura que la persona con la mayor capacidad para destruirme, el hombre que me había dejado hecha pedazos, fuera exactamente la misma persona capaz de proporcionarme este nivel de consuelo. Nadie más podía calmarme así. Solo él.
Y eso era tóxico. Era una dependencia retorcida y enferma que me aterraba. No quería esto para mi vida. No quería necesitar a nadie para sentirme completa, y mucho menos a alguien que ya había demostrado que podía soltarme la mano cuando más lo necesitaba.
Pensé en Caleb. Pensé en Hannah. En cómo mi hermano y mi cuñada habían chocado, habían ardido y, sin embargo, habían logrado forjar algo sano.
Algo sólido. Un vínculo irrompible y leal.
Si ellos lo habían conseguido, ¿por qué nosotros solo sabíamos hacernos daño?
¿Por qué nuestra historia siempre terminaba en un portazo o en una cama vacía?
Apreté los ojos con tanta fuerza que vi destellos de luz. No podía seguir torturándome. No esta noche. El cerebro me iba a explotar si seguía analizando el desastre que éramos.
Estábamos atrapados por la nieve. No había salida, no había dónde huir, y el calor de Patrick era lo único real en esa cabaña helada. Quizá, cuando amaneciera y las quitanieves despejaran la carretera, volvería a odiarlo. Quizá la conversación pendiente nos terminaría de dinamitar.
Quizá esta sería la última noche de mi vida en la que podría sentir su cuerpo contra el mío, la última vez que me permitiría ser débil y dejarme sostener por el chico que siempre fue mi pieza faltante.
Si iba a ser la última vez, pensaba exprimirla hasta el final.
Deslicé mi mano y entrelacé mis dedos con los suyos sobre mi estómago. Me moví hacia atrás, acoplándome a la curva de su cuerpo de forma instintiva, buscando más de él. Inspiré profundamente, llenándome los pulmones de su olor a invierno y madera.
Patrick soltó una exhalación temblorosa contra mi pelo. Soltó nuestro agarre solo para empezar a mover su mano con una lentitud hipnótica. Sus dedos ásperos comenzaron a trazar círculos suaves en mi espalda y luego a acariciar mi brazo, subiendo y bajando en un ritmo constante y protector.
No dijo nada más. Solo me abrazó en silencio mientras la tormenta aullaba ahí fuera, hasta que el agotamiento me venció por completo y me hundí en la oscuridad del sueño.
✽✽✽
Lo primero que noté, incluso antes de abrir los ojos, fue el calor.
Estaba envuelta en algo pesado y suave. El peso de un edredón grueso me cubría hasta la barbilla, pero la verdadera fuente de ese calor era el muro de músculos que tenía pegado a la espalda.
Los brazos de Patrick me rodeaban con firmeza, manteniéndome contra su cuerpo en un abrazo que no dejaba espacio ni para el aire.
Abrí los ojos despacio. La tenue luz azulada de la mañana se filtraba por la ventana cubierta de escarcha, iluminando la puerta cerrada del dormitorio.
De golpe, el peso de la noche anterior me cayó encima. La tormenta de nieve. La cabaña aislada. La discusión brutal en la penumbra.
Me quedé completamente inmóvil, escuchando. La respiración de Patrick era profunda, pausada y regular contra mi pelo. Dormía. Una de sus manos, grande y relajada, descansaba sobre el colchón, justo a escasos centímetros de mi pecho.
Mis pies, que siempre estaban helados sin importar cuántos pares de calcetines de lana me pusiera, estaban completamente enredados con los suyos. Patrick siempre irradiaba calor, y ahora mismo, sus piernas tenían atrapadas las mías, calentándome.
Moví mi mano derecha bajo el edredón, milímetro a milímetro, hasta rozar el dorso de la suya.
Trazando la piel áspera de sus nudillos, deslicé mis dedos entre los suyos hasta entrelazarlos por completo. Su mano era tan grande que casi devoraba la mía. Cerré los ojos, respirando su olor, y durante un maldito minuto, me permití ser débil. Me dejé imaginar que esta era mi realidad.
Despertar así cada día, por el resto de nuestras vidas.
Enredada en él. Respirando el mismo aire.
Siendo su centro de gravedad. Ojalá el mundo fuera tan sencillo.
Ojalá jamás nos hubiéramos hecho tanto daño.
Ojalá ese niño de doce años nunca me hubiera escupido que me odiaba en el porche de mi casa.
Ojalá... ojalá el hombre que tenía a mi espalda jamás me hubiera abandonado en aquella habitación, destrozándome como si yo no valiera absolutamente nada.
El nudo volvió a cerrarse en mi garganta, pero esta vez me tragué la angustia.
Necesitaba verle la cara. Necesitaba ver su rostro dormido, despojado de esa actitud chula y arrogante.
Jamás habíamos dormido juntos, ni siquiera cuando éramos niños e inseparables, porque mi madre, Vera, siempre lo había considerado "profundamente inadecuado".
Y aquella única vez, hace seis años, cuando el sol me despertó, él ya se había esfumado.
Girándome milímetro a milímetro bajo el pesado edredón, intentando no alterar la respiración que me acariciaba el cuello, me di la vuelta para quedar frente a él.
Me congelé en el acto.
Patrick no estaba dormido.
Sus ojos castaños estaban abiertos de par en par en la penumbra, clavados en mi cara. No dijo nada. Su respiración seguía siendo calmada y regular.
El corazón se me disparó en el pecho con tanta violencia que estuve segura de que él podía sentirlo a través de la ropa.
Había estado despierto todo el tiempo. Había sentido cómo acariciaba su mano, cómo entrelazaba mis dedos con los suyos en ese gesto de necesidad desesperada, y me había dejado hacer, observándome en silencio.
Tragué saliva, incapaz de apartar la mirada.
Patrick bajó la vista lentamente, trazando la línea de mi nariz hasta clavarse en mis labios. Estábamos tan cerca que compartíamos el mismo aliento, rozándonos las narices, respirándonos el uno al otro.
Me acerqué un centímetro más. Fue solo un movimiento minúsculo. Patrick no necesitó otra invitación. Bajó la cabeza y me besó.
En el instante exacto en que su boca entró en contacto con la mía, la chispa detonó como un polvorín. Fue como volver a la boda de Hannah y Caleb, como volver a hace seis años, pero mil veces más urgente. Patrick soltó mi mano, hundió los dedos en mi pelo y profundizó el beso con voracidad.
Un gemido ahogado vibró en mi garganta. Sus labios devoraban los míos marcando su territorio.