Flare (Wildwater Falls 5) DOCE #2
41%

DOCE #2

Solté una maldición por lo bajo, cerré los ojos un segundo para calmar la adrenalina que me estaba reventando las venas y giré sobre mis talones. Agarré el pomo y di un tirón seco a la puerta.

Oskar estaba plantado en el pasillo. Llevaba su ridícula camisa hawaiana abierta y un vaso de plástico rojo en la mano, pero la euforia de la fiesta había desaparecido de su cara.

—Joder, menos mal —dijo Oskar, frotándose los brazos desnudos cubiertos de piel de gallina—. Chicos, tenemos un problema.

—¿Qué pasa? —pregunté, interponiendo mi cuerpo en el marco para tapar a Clover, manteniendo la voz lo más neutra posible.

—El sheriff acaba de llamar —informó Oskar, señalando hacia el salón principal con el pulgar—.

Tenemos una tormenta de nieve encima. Acaban de dar aviso de código rojo, la carretera forestal ya está bloqueada y han restringido la movilidad en todo el perímetro del valle.

Nadie entra y nadie sale. Nos tenemos que quedar aquí a pasar la puta noche.

«Mierda»

—¿Y cuántos somos? —logré preguntar.

—Por suerte, la mitad de la gente se ha pirado antes de que empezara a cuajar —se encogió de hombros Oskar—.

Quedamos unas veintipico personas. La casa es enorme, hay camas de sobra, sillones y un par de colchones inflables.

Solo hay que compartir habitación y apañarse hasta que pasen las quitanieves mañana por la mañana.

No íbamos a salir de esta cabaña hasta la mañana siguiente.

—Vale. Gracias, Oskar. Ahora salimos —dije.

Me giré ligeramente.

Clover seguía de espaldas, con los brazos cruzados sobre el pecho y la postura rígida, perfilada por la poca luz que entraba desde la ventana. El viento aulló contra los cristales, confirmando lo que Oskar nos acababa de contar.

Oskar se asomó a la habitación, frotándose los brazos desnudos por el frío. Iba a tener que cambiarse esa ridícula camisa.

—Pillaos esta habitación, chicos —nos dijo, bajando la voz —. Las demás van a ser latas de sardinas con cuatro o cinco personas en cada una. Ya que estáis aquí dentro, aprovechad la comodidad.

Asentí con un movimiento de barbilla.

—Gracias, Oskar.

Cerré la puerta asegurando el pestillo. Hasta ese momento, con la adrenalina del enfrentamiento bloqueándome los sentidos, ni siquiera me había fijado en el cuarto.

Era un espacio doble, pero ridículamente pequeño.

Una cama de matrimonio empujada contra la pared del fondo, una cómoda de madera sobria y un armario básico.

A los pies de la cama, una puerta entreabierta dejaba ver un baño minúsculo con una placa de ducha.

Caminé hacia el armario y abrí las puertas con la esperanza de encontrar algo útil.

Nada. Solo dos toallas limpias dobladas sobre una balda.

Ni rastro de edredones extra, cojines o sacos de dormir con los que improvisar una cama en el suelo.

Cerré el armario y me di la vuelta.

Clover estaba de pie en el centro de la habitación, clavando los ojos en el colchón como si fuera un campo de minas.

El pánico silencioso vibraba en la línea de sus hombros.

Estaba atrapada. Atrapada por la intensidad brutal de lo que acabábamos de gritarnos, atrapada por la puta tormenta de nieve y atrapada ante la perspectiva de tener que meterse en esa cama conmigo.

—Si quieres, me voy —dije, rompiendo el silencio. Mi voz sonó áspera—. Te dejo sola. Puedo dormir en uno de los sofás del salón o buscar un hueco en el suelo de cualquier otra habitación.

Clover levantó la vista hacia mí. Sus ojos seguían enrojecidos, pero la rabia había dejado paso a un agotamiento profundo. Negó con la cabeza.

—Es una tontería que te vayas —murmuró, pasándose una mano por el pelo de forma nerviosa—. Ahí fuera todo debe ser un caos. Son más de veinte personas peleándose por un puñado de colchones. Lo mejor es que nos quedemos aquí. Al menos... al menos nosotros ya nos conocemos.

Asentí, aceptando.

—¿Quieres darte una ducha rápida? ¿Lavarte la cara? —le ofrecí, intentando darle espacio.

Ella volvió a negar con la cabeza. Caminó hasta el borde de la cama, se sentó con lentitud y empezó a bajarse la cremallera de las botas de ante.

—Puedo dormir en el suelo —insistí, señalando las tablas de madera frente a la cómoda.

Clover detuvo sus manos sobre la bota. Levantó la vista y me escrutó en la penumbra. Vi la tentación en sus ojos, las ganas de decirme que sí, que me tirara al suelo y desapareciera de su vista. Pero un segundo después soltó un suspiro cansado.

—He visto el armario. No hay más mantas ni edredones —rebatió, dejando las botas a un lado—. Ahí fuera está nevando y helando. Dormir en ese suelo de madera sin nada con lo que taparte es una locura.

Me encogí de un hombro, sosteniéndole la mirada con una seriedad absoluta.

—Por ti lo haría.

Clover tragó saliva. Vi lo tentada que estaba de aceptar, pero en seguida sacudió la cabeza, apartando la vista.

—No es necesario tanto sacrificio, Patrick —dijo en voz baja—. No hace falta que nos desvistamos. Podemos tumbarnos en la cama con la ropa puesta, cada uno en su lado, y no tocarnos. Ya está.

Dejé escapar un suspiro fuerte que me vació los pulmones.

—Vale. ¿Qué lado prefieres? —le pregunté, acercándome al colchón—. Estar contra la pared agobia bastante, y el lado de fuera a veces es incómodo si tienes la sensación de que te vas a caer.

—El de fuera —respondió rápido.

Me senté a los pies de la cama, me desaté las botas y las aparté de una patada.

Me puse en pie un segundo para desabrocharme el cinturón de cuero, dejarlo sobre la cómoda y quitarme la camisa de franela.

Me quedé solo con los vaqueros y la camiseta de manga corta, y repté sobre la colcha hasta el lado pegado a la pared, apoyando la espalda contra el cabecero de madera.

Clover aprovechó mi movimiento para levantarse, cruzar la habitación a toda prisa y encerrarse en el cuarto de baño.

Me dejé caer, tumbándome bocarriba con las manos entrelazadas sobre el estómago. Clavé los ojos en las vigas del techo. La adrenalina seguía bombeando en mis venas. Respiré hondo para poder calmarme.

Por fin lo entendía. Después de seis putos años de dar palos de ciego, acababa de descubrir la raíz del odio de Clover.

La hostilidad, el hielo, la distancia...

todo venía de esa noche en Portland. Ella estaba convencida de que me había aprovechado de ella y la había dejado tirada en esa fraternidad.

Era una locura. Mis recuerdos de aquella mañana no se parecían en absolutamente nada a la pesadilla que ella me había descrito.

El instinto me gritaba que me levantara y la obligara a escuchar mi versión hasta que se diera cuenta del inmenso error que nos había robado seis años de nuestra vida.

Pero apreté la mandíbula y me obligué a mantener la cabeza fría.

Este no era el momento. No en medio de una tormenta, encerrados en una habitación de la que no podíamos escapar.

Habíamos estado a un segundo de despellejarnos vivos.

Si seguía tensando la cuerda ahora y la conversación explotaba, no habría ningún sitio al que huir.

Estábamos atrapados. Forzarla a escucharme solo haría que la situación fuera mil veces más volátil y dolorosa para ella.

El clic del pestillo me sacó de mis pensamientos.

La puerta del baño se abrió y Clover salió, aún vestida con el ajustado vestido burdeos de invierno. Apagó la luz del baño, dejando la habitación sumida en la oscuridad, iluminada solo por el reflejo de la nieve a través de la ventana.

Caminó hasta la cama, se tumbó con cuidado en el borde opuesto y se quedó bocarriba, rígida como una tabla, manteniendo un palmo de distancia de seguridad entre nuestros cuerpos.

El silencio se adueñó de la cabaña, había tanta calma que podía escuchar el latido de mi propio corazón.

Al cabo de un minuto, Clover se dio media vuelta, dándome la espalda por completo.

—Buenas noches, Patrick —murmuró en un susurro.

Cerré los ojos con fuerza. Mis manos, apoyadas sobre el colchón, temblaron con un impulso casi incontrolable de acortar la distancia, rodear su cintura con el brazo, pegarla a mi pecho y no soltarla en toda la maldita noche.

Apreté los puños, obligándome a no invadir su espacio. Abrí los ojos, clavando la vista en la oscuridad del techo, respirando el mismo aire que ella, sintiendo el calor de su cuerpo a escasos centímetros del mío.

—Buenas noches, muñeca.