Flare (Wildwater Falls 5) DOCE
39%

DOCE

Patrick

E l grave y sordo latido del bajo de la música retumbaba al otro lado de la pared, pero dentro de la habitación, el único sonido era el de la respiración errática y rasgada de Clover.

Estaba de espaldas a mí, a escasos dos metros, frente a la cama.

Tenía los hombros tensos, subiendo y bajando con una fuerza desmedida, y sus puños estaban tan apretados a los costados que los nudillos se le marcaban blancos.

En la penumbra de la habitación, no era capaz de descifrar si estaba a punto de estallar de rabia o si estaba llorando.

—Se acabó la huida, Clover —repetí, dando un paso lento hacia el centro del cuarto, con la voz ronca—. Las cartas sobre la mesa. Ahora mismo.

Ella no se movió. Su espalda se volvió de piedra.

—Háblame. Dime de una maldita vez por qué me odias con tantas ganas —le exigí, elevando el tono para romper el muro de silencio—.

Porque no me trago que este nivel de hostilidad sea solo por el portazo y lo que te solté cuando teníamos doce años.

Y si nos ponemos a diseccionar todo, yo tengo más motivos que tú para guardar resentimiento.

Fue como si hubiera apretado un gatillo.

Clover giró sobre sus talones como un resorte.

La rabia pura le deformaba las facciones, pero fueron sus ojos, esos enormes faros turquesas brillando en la oscuridad, los que me detuvieron en seco.

Estaban arrasados. El dolor que irradiaban era tan crudo, tan inmenso y descarnado, que me golpeó el pecho con la fuerza física de un puñetazo.

Me quedé completamente paralizado, con la respiración cortada en la garganta.

—¿Que cómo te puedo odiar? —siseó, con una ironía tan amarga que casi escocía en el aire—.

¿Cómo puedes tener la sangre tan jodidamente fría de preguntarme algo así?

¿Cómo puedes ser tan insensible, O'Malley?

¡¿Cómo te atreves a plantarte aquí y fingir que lo que pasó entre nosotros hace seis años no existió? !

La acusación me encendió la sangre. La distancia que llevaba manteniendo a duras penas se evaporó. Acorté el espacio entre nosotros con dos zancadas rápidas, parándome a un palmo de su cara. Estaba harto de esta mierda.

—¡No lo estoy obviando! —le grité de vuelta, bajando la cabeza para clavar mis ojos en los suyos, con la mandíbula tan tensa que me dolían las muelas—.

¡No he obviado ni un solo puto segundo de lo que pasó en Portland!

¡Lo único que he hecho desde que pisé Wildwater Falls es darte la oportunidad de fingir que no sucedió jamás, exactamente igual que llevas haciendo tú los últimos seis malditos años!

La expresión de Clover cambió. El hielo se rompió por completo y el infierno se desató.

Nunca en toda mi vida la había visto tan enfadada. Sus facciones temblaron, una lágrima furiosa se deslizó por su mejilla y me dio un empujón brutal en el pecho con ambas manos, intentando alejarme, aunque apenas me movió un centímetro.

—¡Te habría perdonado casi cualquier cosa! —me gritó, con la voz rota, golpeándome el pecho de nuevo, dejando que la barrera se desmoronara del todo—. ¡Casi cualquier cosa, Patrick! ¡Pero tú siempre, siempre, te empeñas en destrozarme el corazón!

Fruncí el ceño, completamente descolocado. La furia de sus manos golpeando mi pecho no me dolió la mitad que sus palabras.

—Me arruinaste —sollozó, dejando caer las manos, mirándome con una vulnerabilidad que me desgarró las entrañas—. Me rompiste por completo.

—¿Qué dices? —murmuré, sintiendo un vértigo frío en la base del estómago. Levanté las manos por puro instinto, rozándole los brazos para estabilizarla—. Yo no te rompí. Clover, yo jamás...

—¡Sí lo hiciste! —chilló, zafándose de mi agarre como si mi tacto le quemara—. ¡Lo hiciste! ¡Soy incapaz de tener una maldita relación normal con ningún otro chico por tu culpa! ¡Te odio! ¡Te odio a ti y odio lo que me hiciste!

Me quedé helado. El caos de la habitación desapareció. La gravedad pareció triplicarse, aplastándome contra el suelo de madera.

—¿Qué te hice? —La pregunta salió de mi garganta como un bloque de hielo. Mortalmente seria. Estaba acojonado hasta límites insospechados—. Dímelo, Clover. ¿Qué cojones te hice?

Ella tomó aire de forma errática. Las lágrimas le brillaban en las pestañas, pero sostuvo mi mirada con todo el dolor del mundo.

—¡Me diste la mejor noche de toda mi vida!

—estalló, con la voz desgarrada, vaciándose por dentro—.

¡Para luego arrebatármelo todo y dejarme ahí tirada como si no significara nada, como si fuera basura!

¡Y por tu culpa no puedo dejar que nadie más me toque!

Porque cada vez que intento salir con un chico, cada vez que beso a alguien, o que otras manos...

—No me hables de otros putos tíos tocándote.

La frase rugió desde el fondo de mi garganta, cargada de posesividad, cortándola en seco. La simple imagen mental de las manos de otro hombre sobre su piel me encendió la sangre con una violencia que me obligó a apretar los puños hasta clavarme las uñas.

Pero ella ignoró mi arrebato. Me taladró con los ojos, alzando la barbilla, con las lágrimas cayendo libremente por su rostro.

—¡Porque cuando lo hacen, solo puedo comparar! —me gritó, terminando la frase con un golpe de voz que retumbó en las paredes de la habitación—. ¡Y nada, Patrick! ¡Absolutamente nada ni nadie se acerca siquiera a lo que me hiciste sentir aquella noche hace seis años!

Mi corazón se detuvo. Literalmente, sentí el fallo en el motor. Un silencio atronador se tragó todo el ruido de mi cabeza, y al segundo siguiente, mi pulso explotó contra mis costillas con la fuerza de un puto tren de mercancías.

El aire volvió de golpe a mis pulmones. La estaba mirando. La estaba escuchando llorar, respirando entrecortadamente, lanzándome las palabras como si fueran granadas, pero mi cerebro solo podía decodificar una cosa.

Aquello era una declaración de amor. Una declaración envuelta en dolor y en alambre de espino, pero era la confesión más real que había escuchado en mi vida.

Una parte de mi cerebro, la más visceral, rugió de orgullo. Clover no había podido estar con ningún otro tío en seis años.

Tragué saliva, sintiendo que el corazón me iba a reventar contra las costillas.

Lo entendía con una claridad aterradora.

Sabía exactamente cómo se sentía ese puto infierno, porque a mí me había pasado exactamente lo mismo.

Durante dos mil ciento noventa días. Cada vez que había intentado pasar página, cada vez que había acabado en la habitación de otra chica, el olor equivocado o un gemido que no sonaba a ella me cortaban la respiración.

Terminaba apartándome, vistiéndome a oscuras y largándome a las tres de la mañana con el pulso latiéndome en las sienes y la cara de Clover Donovan grabada a fuego en las retinas.

Había pasado seis años en blanco. Y en ese instante la última barrera de autoengaño que me quedaba se hizo pedazos.

El traslado a la base. Las prácticas. La academia. Todo había sido una puta excusa. La razón real, la única y verdadera razón por la que había regresado a Wildwater Falls, era ella. Había vuelto para recuperarla o para sacármela de la cabeza de una vez por todas.

Pero me tragué todas esas palabras. Apreté los puños a los costados y obligué a mi mente a centrarse en la pieza del puzle que me estaba taladrando el cerebro.

—Clover —dije mortalmente serio.

Ella parpadeó, sorprendida por el cambio de registro. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos sobre las mangas del vestido de lana, y levantó sus ojos arrasados hacia mí.

—¿Qué quieres decir con que te quité todo y te dejé tirada? —pregunté, acortando la distancia con un solo paso lento, clavando mi mirada en la suya—. Explícamelo. Ahora.

Clover soltó una risa ahogada y sin humor. Las lágrimas volvieron a resbalar por sus mejillas, pero esta vez no hizo ningún esfuerzo por apartarlas.

—¿De verdad me vas a obligar a decirlo en voz alta?

—escupió, con la voz temblando —. ¡Hiciste exactamente eso!

Me arrastraste a esa habitación. Me hiciste tocar el puto cielo, me juraste...

—Se le quebró la voz, tomó una bocanada de aire temblorosa y apretó la mandíbula—.

Y cuando me desperté, estabas desaparecido.

Te habías largado. Me dejaste sola en una cama de una fraternidad cualquiera, como si fuera un rollo de una noche del que te querías deshacer rápido.

El frío se apoderó de mi cuerpo. Me quedé mirándola como si estuviera hablando en otro puto idioma.

—Y no volviste a buscarme —añadió Clover, clavándome la mirada con una dureza que me atravesó el pecho—. Sabías perfectamente en qué facultad estaba. Sabías en qué residencia vivía. Y no fuiste capaz de dar la cara.

—Estoy flipando —susurré, sacudiendo la cabeza, incapaz de procesar la realidad paralela que acababa de vomitarme—. Clover, me estás jodiendo. Me estás jodiendo, ¿verdad?

—¿Por qué iba a joderte con esto, Patrick? —replicó ella, con una ironía venenosa que camuflaba un dolor atroz.

—¡Porque mis recuerdos de esa mañana no tienen absolutamente nada que ver con lo que me estás contando! —estallé, dando un paso más hacia ella, invadiendo su espacio, necesitando desesperadamente que me escuchara—. ¡Nada, Clover! ¡Yo no te dejé tirada!

—¡Ah, claro! ¿Entonces qué pasó? —me desafió, echando la cabeza hacia atrás—. ¡Ilumíname!

Abrí la boca, con la verdad quemándome en la punta de la lengua, dispuesto a desenterrar la mañana más jodida de mi vida, cuando tres golpes secos y violentos contra la puerta de madera me cortaron el aire.

—¡O'Malley! ¡Donovan! ¿Estáis ahí dentro?

Ambos nos congelamos. El eco de los golpes resonó en la habitación, rompiendo la burbuja de tensión en la que estábamos encerrados.

Clover jadeó. Se giró de espaldas a la puerta con una rapidez desesperada, pasándose las manos por la cara, limpiándose el rastro de las lágrimas bajo los ojos y respirando hondo para recomponerse.