Flare (Wildwater Falls 5) ONCE #2
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ONCE #2

Él era la mía. La única. La insustituible. Era la única persona en el mundo que me hacía sentir completa, la única que encajaba en mis bordes rotos con una perfección tan absoluta que solo quería rendirme, perderme en ese sentimiento y no volver a encontrarme jamás.

Lo sentí a los siete años, cuando lo conocí. Lo sentí a los doce cuando me llamaba muñeca. Lo sentí a los diecinueve en aquella fraternidad. Y lo sentía ahora, a los veinticinco, viéndolo al otro lado de una fiesta rodeado de gente.

Pero exactamente por eso, porque era mi pieza, era el único ser humano en el planeta capaz de destrozarme el corazón de una forma tan definitiva que jamás podría volver a reconstruirme.

Di un último trago. El hielo chocó con mis dientes y me di cuenta de que el vaso estaba vacío.

Me separé de la pared de troncos de golpe. Era la hora de regresar a casa. Ahora mismo. Porque si me quedaba en esta cabaña un solo minuto más, iba a acabar cruzando la habitación, apartando a esas chicas de un empujón y cometiendo la estupidez monumental de besarle esa sonrisa irresistible.

Dejé el vaso vacío con la sombrilla fucsia apoyado en la esquina de la barra improvisada.

Al darme la vuelta, el espacio que había calculado mal desapareció y casi choco de bruces contra un pecho enfundado en un jersey de lana gris.

¿Es que no podía ir a una fiesta sin ir chocando con cada chico que había?

—¡Ey! Cuidado por ahí, Donovan —rio el chico, maniobrando con su propia botella de cerveza para no derramarla.

Parpadeé. Era uno de los chicos del pueblo, apenas un año menor que yo.

¿Jack? ¿Josh? Sí, Josh. Creo. Tenía el pelo rubio ceniza un poco revuelto y una de esas sonrisas sencillas y abiertas que iluminaban toda su cara.

Era indudablemente atractivo, con ese aire sano de los chicos criados en las faldas de la montaña.

Le devolví la sonrisa. Y, por muy estúpido que fuera admitirlo, la idea de cruzar la puerta de salida y dejar a Patrick a sus anchas, rodeado de aquella jauría de chicas dispuestas a todo, me revolvía las tripas. De repente el orgullo me impedía marcharme.

—Perdona, Josh —dije, apostando por el nombre que más me sonaba. El brillo en sus ojos me confirmó que había acertado—. Estaba mirando hacia la pista y no te he visto.

Quince minutos después, habíamos acabado acomodados en uno de los sofás de cuero del fondo.

Josh era majo. Muy majo. Su tonteo era directo pero inofensivo, sin sombras de arrogancia, y, aunque era obvio que no había ni una sola chispa de atracción entre nosotros, su conversación estaba siendo un salvavidas perfecto.

—Te lo juro, Clover —decía Josh, gesticulando con la mano libre—. Estaba en la pista negra de Granite Peak, intentando impresionar a una monitora de Aspen. Quise hacer un giro en paralelo súper agresivo. ¿El resultado? Se me cruzaron los esquís como si fueran palillos chinos.

Solté una carcajada, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo el nudo de tensión en mis hombros cedía por primera vez en toda la noche.

—Por favor, dime que al menos te caíste con dignidad —bromeé, apoyando un codo en el respaldo del sofá, mirándolo divertida.

—¿Dignidad? —Josh resopló—. Bajé cien metros de ladera resbalando de cara, rebotando como un muñeco de trapo en la nieve virgen, y acabé estrellado contra la red de seguridad justo delante del bar. La monitora asomó la cabeza y me dio un aplauso lento.

Volví a reírme con ganas, llevándome una mano al estómago.

Una sombra inmensa bloqueó la luz de las guirnaldas que colgaban del techo. Levanté la vista. La risa se extinguió en mi garganta.

Patrick estaba de pie frente a nosotros.

Tenía las manos metidas en los bolsillos delanteros de los vaqueros, los hombros anchos interceptando casi todo mi campo de visión.

Bajo las luces tenues, la sombra de su mandíbula y el brillo canalla de sus ojos oscuros lo hacían lucir tan insultantemente guapo que un latigazo me atravesó la espina dorsal.

Carraspeé, enderezándome en el cojín de cuero para enmascarar el vuelco salvaje de mi corazón.

—¿Qué quieres, O'Malley? —pregunté, inyectando todo el fastidio posible en mi voz.

Él ladeó la cabeza. Su mirada descendió hasta mis labios y volvió a subir.

—No estás preparada para escuchar lo que quiero, muñeca —ronroneó.

Su voz fue directa a mi entrepierna. Crucé las piernas de forma refleja, revolviéndome en el asiento. Su chulería me encendía como un puto interruptor. Lo odiaba. Odiaba que un solo cambio en su tono de voz me mojara la ropa interior.

—Nos estás interrumpiendo —repliqué, alzando la barbilla en un intento desesperado por recuperar el control.

Patrick ignoró mis palabras con una tranquilidad pasmosa. Apartó la vista de mí y la fijó en Josh. No hubo agresividad en su gesto, pero la autoridad que irradiaba fue aplastante.

—Tengo que hablar un momento con Clover —le dijo al chico.

Josh, que tenía instinto de supervivencia, captó la tensión eléctrica a nuestro alrededor. Parpadeó, miró de Patrick a mí, y levantó las manos con una sonrisa nerviosa.

—Toda tuya, tío. Nos vemos, Clover.

Josh se puso de pie y se desvaneció entre la multitud antes de que pudiera articular una protesta.

Traidor.

El hueco en el sofá quedó vacío, pero Patrick no se sentó. En ese preciso instante, el ritmo de la fiesta cambió. El bajo electrónico dio paso a los primeros acordes de una canción lenta. El ruido de las voces pareció amortiguarse.

Patrick sacó una mano del bolsillo y me la ofreció, con la palma abierta hacia arriba.

—Baila conmigo.

Me quedé petrificada.

El oxígeno abandonó mis pulmones de golpe.

La música lenta, la luz tenue, su mano inmensa extendida hacia mí...

El déjà vu me golpeó con la violencia de un bate de béisbol.

La casa de la fraternidad. Las escaleras en penumbra.

Sus dedos calientes entrelazándose con los míos antes de destrozarme el corazón a la mañana siguiente.

El pánico me cerró la tráquea. Las paredes de troncos de la cabaña empezaron a venirse encima.

Me puse en pie de un salto, ignorando su mano, chocando las rodillas contra la mesa de centro.

—No —solté, con la respiración rota, sintiendo que me ahogaba—. Necesito... necesito aire.

No esperé a ver su reacción. Me di la vuelta y hui. Me abrí paso a empujones ciegos entre la gente que empezaba a emparejarse en la pista. Enfilé el pasillo trasero de la cabaña, alejándome del ruido y del olor de Patrick, buscando refugio en la primera puerta de madera que vi cerrada.

Agarré el pomo, entré a trompicones en una habitación a oscuras, intenté cerrar de un portazo. Pero la madera nunca llegó a encajar en el marco.

Una bota negra bloqueó el recorrido.

Retrocedí un paso por pura inercia. La puerta volvió a abrirse de golpe y Patrick se coló en el interior de la habitación. Con un movimiento rápido y ciego de su brazo, cerró la puerta a sus espaldas.

Me quedé atrapada, con el pecho subiendo y bajando en espasmos erráticos, arrinconada en la pequeña habitación.

Patrick apoyó ambas manos en la madera a su espalda, bloqueando la única salida. Sus ojos brillaban en la oscuridad, clavados en los míos.

—Se acabó, Clover —sentenció, con una firmeza que no dejaba margen a ninguna escapatoria—. Quizá ha llegado el momento de poner las malditas cartas sobre la mesa.