Flare (Wildwater Falls 5) ONCE
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Clover

E l crujido de la nieve compactada bajo los neumáticos de mi coche fue el único sonido en kilómetros hasta que apagué el motor.

Aparqué a un lado del camino forestal, justo detrás de una fila de media docena de todoterrenos y camionetas esparcidos entre los pinos.

La cabaña que había alquilado Oskar se alzaba en medio de la nada, una estructura inmensa de troncos de madera maciza, con dos plantas, al menos siete habitaciones y unos ventanales que escupían luz cálida y el latido ahogado de un bajo electrónico hacia el bosque oscuro.

Era el refugio perfecto para aislarse del mundo, o para montar un desmadre absoluto sin que las patrullas del condado vinieran a tocar las narices.

Agarré la bolsa de papel con el regalo del asiento trasero, comprobé mi reflejo en el espejo retrovisor durante un segundo innecesario y abrí la puerta.

El viento cortante me golpeó las piernas, pero el vestido de punto grueso de manga larga y cuello vuelto, ceñido a mis curvas en color burdeos, junto con las botas altas de ante negro, me protegían lo suficiente para cruzar el claro de nieve.

Subí los escalones del porche y empujé la puerta principal.

Una bofetada de calor asfixiante, olor a leña quemada, cerveza derramada y perfume me dio de lleno en la cara.

La inmensa sala principal estaba a reventar.

Habían apartado los sofás de cuero para crear una pista de baile improvisada frente a la chimenea de piedra, y al fondo, sobre la isla de la cocina, alguien había montado una barra de cócteles.

—¡Clover!

La voz de Oskar resonó por encima de la música.

Se abrió paso entre la gente y casi me tira al suelo con un abrazo de oso.

Llevaba unos pantalones cortos color caqui, unas chanclas de goma y una camisa hawaiana de flores fucsias desabrochada hasta el esternón, como si estuviéramos en una playa de Malibú y no a tres grados bajo cero en Pine Ridge.

—Estás completamente loco, Oskar —me reí, dándole un empujón amistoso en el pecho, entregándole la bolsa del regalo—. Felices veinticinco. Te vas a congelar los dedos de los pies antes de soplar las velas.

—La hipotermia es un mito si tienes suficiente ron en sangre, Donovan —bromeó, guiñándome un ojo y señalando hacia la cocina con una botella a medio empezar—. Pilla lo que quieras de la barra. ¡Esta casa no duerme hoy!

Oskar desapareció entre la multitud que coreaba su nombre.

Me quedé en el borde de la pista, estirando el cuello por encima de las cabezas, buscando la melena oscura de Violet. Escaneé la sala entera, los rincones y las escaleras de madera que subían al segundo piso. Nada. Ni rastro de ella.

Suspiré, alisándome la falda del vestido, y me di la vuelta hacia la isla de la cocina dispuesta a servirme una copa.

Di un paso. Y choqué de frente contra un muro de ladrillo.

Mis palmas impactaron contra un pecho duro y ancho. Unas manos grandes y calientes se cerraron alrededor de mis antebrazos para estabilizarme. El impacto me sacó el aire de los pulmones, pero fue el olor lo que me paralizó por completo. Aire frío de la montaña y él.

Levanté la vista despacio.

El suelo bajo mis botas pareció desaparecer.

La cabaña de madera se esfumó. De repente, ya no estaba en Pine Ridge.

Estaba atrapada bajo el estruendo de una fiesta universitaria de una fraternidad de Portland, seis años atrás.

Era el mismo choque. La misma sorpresa. El mismo pecho inabarcable bajo mis manos y la misma altura que me obligaba a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

Patrick O'Malley me observaba desde arriba, con una camisa oscura remangada hasta los antebrazos, una sombra de barba perfectamente descuidada y esa arrogancia brillando en sus ojos castaños.

Estaba tan jodidamente guapo que tuve que parpadear un par de veces para centrarme.

Quería acortar el poco espacio que nos separaba, enredar los dedos en su pelo y dejarme caer.

—Hola, muñeca —ronroneó.

El sonido de su voz rompió el espejismo.

La imagen de él marchándose con Molly el día anterior en el pasillo de la base borró de un plumazo la niebla de deseo que me estaba traicionando. Apreté la mandíbula, di un paso atrás para zafarme de su agarre y crucé los brazos sobre el pecho.

—O'Malley —lo saludé. Mi voz salió seca. No pude evitar que la lengua se me afilara—. ¿Qué tal tu cita de ayer? ¿Molly, verdad?

Recordaba su nombre de los informes de la academia que me había dado el comandante Harris.

Patrick no se inmutó. De hecho, la comisura de sus labios se elevó lentamente, formando una sonrisa torcida, plenamente consciente del interrogatorio encubierto. Se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros oscuros, apoyando el peso en una pierna.

—Fantástica —respondió, arrastrando las sílabas, disfrutando de cada segundo—. Molly es genial. De todos los monos en celo de mi escuadrón, es la más sensata y la que se toma la academia más en serio. Pasamos un rato muy bueno.

Apreté los dientes con tanta fuerza que casi escuché el esmalte rechinar. No iba a darle la satisfacción de verme reaccionar.

Patrick ladeó la cabeza, inclinándose un par de centímetros hacia mí. Sus ojos oscuros brillaron bajo las luces tenues de la cabaña.

—Pero solo fue una cerveza —añadió, bajando el tono de voz hasta convertirlo en una confidencia —. Tenía prisa por llegar a casa. La estaba esperando Candice. Su novia.

Levanté la cabeza de golpe.

El nudo de tensión que llevaba veinticuatro horas instalado en mi estómago se deshizo en un segundo.

Parpadeé con el alivio inundando mi sistema.

Él seguía mirándome fijamente, escudriñando mis facciones, esperando una reacción.

No iba a darle esa satisfacción, ya me sentía lo bastante tonta como para que viera toda mi vulnerabilidad.

Levanté un hombro, obligándome a adoptar una postura indiferente.

—Bien por ella —repliqué, dándole la espalda hacia la barra de bebidas —. Voy a por una copa. Ya nos veremos por ahí.

Escuché su risa baja a mi espalda. No intentó detenerme. Me dejó marchar, dándome el espacio que ambos sabíamos que no me serviría de absolutamente nada, porque la tensión no resuelta que vibraba entre los dos amenazaba con incendiar la cabaña entera en cualquier momento.

✽✽✽

La caipiriña sin alcohol que me sirvió el amigo de Oskar llevaba una sombrilla de papel fucsia que desentonaba absurdamente con los tres grados bajo cero del exterior.

Me apoyé contra la pared de troncos, apartada del caos de la pista de baile, y le di un sorbo. Estaba buenísima. Me pasé el vaso a la mano izquierda, levanté un poco el bajo de mi vestido y saqué el teléfono móvil que llevaba escondido en la caña de la bota.

La pantalla se iluminó con un mensaje.

Violet: No llego. Me quedo cerrando unos temas en el dojo. Lo siento, te haré la colada durante una semana.

Solté un bufido, bloqueé la pantalla y volví a guardarme el teléfono en la bota.

Genial. No quería venir a esta cabaña sola; solo había accedido a arrastrarme hasta aquí en mitad de la noche porque ella me juró que me acompañaría.

Decidí que me quedaría media hora más, lo justo para cumplir con el protocolo de la amistad, y daría la noche por terminada.

Levanté la vista. Me resistí con todas mis fuerzas a buscarlo. Me obligué a mirar el fuego de la chimenea, los ridículos pantalones de Oskar, la barra improvisada... cualquier maldita cosa.

Pero mis ojos tenían voluntad propia. Y cada vez que chocaban con él, el cabreo me subía por la garganta.

Patrick estaba apoyado en el respaldo de un sofá de cuero, con esa actitud suya tan relajada, con su habitual pose de chulo macarra y jodidamente atractivo, socializando con media fiesta.

Tenía a un enjambre de chicas revoloteando a su alrededor.

Se reían a carcajadas, exageradas, como si el tipo estuviera soltando el mejor monólogo de la televisión.

Bufé con fastidio. Patrick era divertido, yo lo sabía mejor que nadie, pero no era para tanto.

Todas tenían la misma postura: sacando pecho, arqueando la espalda, atusándose el pelo cada cinco segundos.

Se estaban ofreciendo como en un bufé de carne.

Y el muy idiota parecía encantado con el espectáculo. No estaba tocando a nadie pero era evidente que le encantaba absorber toda esa atención.

Entonces, sin previo aviso, levantó la mirada por encima del grupo de chicas y me encontró. Como si hubiera sabido de antemano dónde estaba yo. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos atravesando el salón.

Levanté la barbilla. Un movimiento seco. Medio saludo, medio desafío. Patrick esbozó la sonrisa más grande, brillante y canalla de todo su repertorio.

Idiota.

El corazón se me disparó contra las costillas.

Fue una reacción física, involuntaria y traicionera.

Lo odié, pero durante ese instante, rodeada de ruido, dejé de luchar.

Me permití sentirlo. Lo miré de verdad. Vi lo guapo que era, lo increíblemente bueno que estaba bajo esa camisa oscura.

Recordé lo decidido y frío que era en cada rescate, lo dedicado, responsable y comprometido que era con su trabajo cuando la vida de la gente pendía de un hilo.

Y, por debajo de todo eso, sentí la verdad que llevaba años intentando aplastar.

Patrick era mi pieza faltante.

Siempre había pensado que las personas estamos hechas de un montón de piezas.

Vas por la vida coleccionando partes que te construyen: tu familia, tus amigos, tu formación, tus intereses, lo que amas, lo que odias, tus cicatrices.

Pero siempre hay una pieza final. La que te completa.

No siempre tiene que ser una pareja romántica; a veces es un amigo del alma, un hijo, o incluso tu perro o tu gato.

Pero siempre hay un algo o un alguien que es tu pieza final. La que encaja contigo y solo contigo.