DIEZ #3
Dejé caer la bolsa de deporte al suelo. Hundí los hombros, completamente derrotado, y levanté la vista hacia los fluorescentes del techo, exhalando todo el aire de mis pulmones en un soplido áspero. Joder. Un paso hacia adelante y veinte hacia atrás.
Molly se paró a mi lado. Se asomó por el pasillo vacío y luego me miró a mí.
—Vale —murmuró Molly, asintiendo lentamente—. Definitivamente necesitas esa copa ahora mismo. Y de paso, si te hace falta desahogarte, soy una tumba.
Asentí, recogí la bolsa del suelo y salimos de la base envueltos en el viento invernal de la tarde.
Veinte minutos después, estábamos sentados en una mesa apartada de un bar de carretera cercano a la base.
Yo tenía ambas manos aferradas a un vaso de cerveza sin alcohol, con la vista clavada en la espuma que se iba deshaciendo contra el cristal, ignorando el ruido de las pantallas de televisión deportivas.
Molly llevaba un buen rato observándome en silencio, dándole tragos lentos a su pinta.
—Tu relación con la jefa de comunicaciones parece muy... intensa —comentó finalmente, sin rodeos.
Levanté la vista del vaso, la miré brevemente y volví a clavar los ojos en la madera de la mesa. Asentí, lento y pesado.
—Somos amigos de la infancia —admití, con la voz rasposa—. Pero cuando creces en un pueblo tan pequeño como este, se acumula mucha mierda. Hay malentendidos y errores que son jodidamente difíciles de solucionar.
Molly apoyó un codo en la mesa.
—La forma en la que os miráis no parece de “simples amigos de la infancia”, O'Malley.
Apreté la mandíbula. Le di un trago a mi cerveza, sintiendo el frío del líquido bajarme por la garganta.
—Ya —concedí, encogiéndome de hombros—. Pero no siempre se obtiene lo que uno quiere en esta vida.
Molly frunció el ceño.
—No pareces el tipo de hombre que se rinde a la primera de cambio.
Giré el rostro para mirarla de frente. Apenas la conocía desde hacía un par de meses, desde que entramos juntos en la academia, pero había algo en ella que me transmitía una lealtad limpia. Era una buena tía y su preocupación era sincera.
—Y no lo soy. Más bien soy de los que se rinden a la un millón de cambio. Y ya voy por la novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve —le aseguré, siendo completamente honesto—. Gracias por sentarte aquí a aguantar mi mal humor, Molly. Lo digo en serio.
Ella soltó una carcajada baja y negó con la cabeza.
—Tranquilo. Te entiendo perfectamente. Yo también estuve en una posición muy parecida a la tuya. Enamorada hasta las trancas de mi mejor amiga de la infancia, sin saber si algún día conseguiría lo que quería.
Me quedé quieto. La sorpresa me asaltó por un segundo al enterarme de que Molly era lesbiana, jamás había mencionado nada.
Me encogí de hombros mentalmente, a fin de cuentas, el amor era el amor; cada cual amaba y follaba como le daba la puta gana, y aquello no cambiaba el respeto absoluto que sentía por ella como compañera.
—¿Y cómo acabó tu historia? —pregunté, apoyando los antebrazos en la mesa.
Molly se rio entre dientes, trazando el borde de su pinta con el dedo.
—Hace un año fui la dama de honor de su boda. Con un tal Chad.
Hice una mueca, sintiendo una punzada de empatía real.
—Joder. Lo siento mucho, Molly.
—No, no pasa nada —se encogió de hombros, con una sonrisa amplia y sin rastro de dolor—. Porque resulta que en esa misma boda conocí a la hermana del novio. Candice. Una chica californiana espectacular que ahora mismo me está esperando en mi casa para cenar.
Solté una carcajada ronca, negando con la cabeza.
—No tengo ni idea de si eso se supone que debe darme ánimos o deprimirme más.
—Lo que quiero decirte, O'Malley, es que a veces no obtenemos lo que queremos...
sino que obtenemos algo mucho mejor —sentenció Molly, mirándome fijamente—.
Mi mejor amiga no era para mí. Pero, por lo que acabo de ver en ese pasillo, por cómo te miraba la jefa de comunicaciones y por lo jodidamente cabreada que estaba al saber que te venías a tomar algo conmigo...
yo diría que ella sí es para ti. Nadie se enfada así si no le importas una mierda.
Molly se puso de pie, sacó un billete del bolsillo y lo dejó sobre la mesa.
—Invito yo. Nos vemos mañana en la base, Romeo.
La vi salir del bar y me quedé a solas con mi cerveza, con las palabras de Molly resonando en mi cabeza como un eco constante.
La pantalla de mi móvil, apoyado bocabajo junto al vaso, vibró con fuerza.
Le di la vuelta. Era un mensaje de texto masivo en un grupo de la infancia que alguien acababa de reactivar.
Una invitación para la fiesta de cumpleaños de uno de los chicos con los que íbamos al instituto. Se celebraría la noche del día siguiente. En una cabaña en medio del bosque de Pine Ridge.
Deslicé el dedo por la pantalla, repasando la lista de contactos añadidos al evento. Mi pulso se aceleró de golpe al leer el nombre que figuraba en la sexta línea.
Clover Donovan.
Una sonrisa lenta y decidida se dibujó en mi boca. Bloqueé la pantalla y me terminé la cerveza de un solo trago. Aún había esperanza.