DIEZ #2
—Sí, debería —admití, encogiéndome de un hombro, sin borrar la media sonrisa de mi cara—. Y no hace falta que me lo enseñes ahora mismo. Pero dime un día. Pon tú la fecha y la hora, y enséñame cómo controlas todo este caos.
Clover se mordió el interior de la mejilla. La duda bailó en sus ojos durante unos segundos. Estaba evaluando el riesgo de dejarme entrar. Finalmente la inercia de esta extraña tregua pudo más.
Asintió lentamente, una sola vez.
El pecho se me infló de pura satisfacción. Le dediqué la más amplia y canalla de mis sonrisas, dándole un par de golpes suaves al marco de la puerta.
—Nos vemos, muñeca. Tengo una bronca esperándome abajo.
Me di la vuelta antes de que pudiera arrepentirse y bajé las escaleras metálicas de dos en dos.
Cuando empujé las pesadas puertas del hangar principal, mi grupo de instrucción ya estaba en formación semicircular alrededor del fuselaje de un helicóptero de entrenamiento.
El instructor, el veterano de las cicatrices, detuvo su explicación en el momento exacto en que mis botas resonaron en el cemento.
Se giró hacia mí, cruzándose de brazos, con los ojos entrecerrados bajo la gorra de la base.
—Llega tarde a mi instrucción, cadete O'Malley.
Borré cualquier rastro de chulería de mi cara al instante. Me cuadré frente a él, uniendo las manos en la espalda, manteniendo la barbilla alta y la mirada al frente. Nada de excusas. Nada de mentiras.
—Sí, señor. Mis disculpas —respondí, con la voz firme y desprovista de vacilación—. No volverá a ocurrir.
El instructor me escrutó durante dos segundos interminables antes de señalar mi sitio en la fila con un gesto seco de la cabeza.
Ocupé mi lugar entre mis compañeros mientras el veterano retomaba la explicación técnica sobre los rotores de cola.
A mitad de la clase, mientras revisábamos los anclajes del cabrestante lateral, Thomson, uno de los cadetes de mi promoción, se acercó a mi posición ajustándose los guantes técnicos.
—Oye, O'Malley —murmuró, asegurándose de que el instructor estuviera en el otro flanco de la aeronave—. Mañana es sábado. Todo el grupo de prácticas hemos quedado en el Icebreaker , ese bar rústico de madera que hay justo en la base de las pistas de esquí.
Asentí, comprobando la tensión de un mosquetón de acero.
—Es el primer fin de semana fuerte de la temporada —insistió, dándome un codazo cómplice—. El bar estará a reventar de turistas. Universitarias, esquiadoras que buscan entrar en calor... Va a ser un festival. Oportunidades fáciles para no volver a dormir solos. ¿Te apuntas?
Enganché el mosquetón con un clic metálico y me giré hacia él.
—Lo pensaré —respondí en tono neutro, volviendo mi atención al arnés táctico.
La verdad era que me importaba una mierda el Icebreaker . Me importaban una mierda las universitarias, las turistas buscando aventura en la montaña y cualquier otra mujer que pisara ese bar. La sola idea de salir de caza para ligar me producía un rechazo instintivo.
Mi único objetivo para ese sábado, mi única misión prioritaria, era averiguar exactamente en qué rincón de Wildwater Falls iba a estar Clover. Plantarme en ese lugar en intentar estar más cerca de ella.
✽✽✽
El ruido metálico de las puertas de las taquillas cerrándose de golpe resonó en el vestuario. El turno había terminado, y el cansancio me pesaba en los músculos de la espalda, pero el bullicio de los cadetes a mi alrededor no daba tregua.
Me colgué la bolsa de deporte al hombro. Thomson y un par de chicos más me cortaron el paso hacia la salida, bloqueando el pasillo con sus sonrisas de listillos.
—Vamos, O'Malley, no jodas —insistió, dándome un empujón amistoso en el pecho—. Te necesitamos mañana en el Icebreaker . Si entramos contigo y ese aire tuyo de chico malo torturado, tenemos a las universitarias servidas en bandeja de plata. Eres el puto cebo perfecto.
No me reí. Me quedé mirándolos con una inexpresividad que borró parte de la diversión de sus caras.
—Sois una panda de cavernícolas —comentó Molly, cruzándose de brazos al pasar por nuestro lado, con la bolsa táctica colgando del hombro—. Dais vergüenza ajena.
El grupo entero estalló en abucheos y quejas hacia ella.
Era la única mujer de nuestra promoción y sinceramente, si me hacían elegir un compañero de academia con el que quedarme en medio de la nada a diez bajo cero y sin soporte aéreo, ella sería mi primera opción.
Era rápida tomando decisiones críticas, una escaladora de diez y sabía mantener la cabeza fría por muy complicadas que se pusieran las cosas.
Rodé los ojos, sintiendo un agotamiento mental que superaba con creces al físico.
—Callaos ya la puta boca, parecéis monos en celo —les solté, tajante, cortando las risas de raíz—. Si mostrarais un mínimo de respeto en lugar de babear por las esquinas, no necesitaríais mis supuestos “aires” para que una tía os mirara a la cara. Paso de ir al bar de las pistas.
Una nueva ola de quejas y silbidos se levantó, llamándome aguafiestas, pero me importó una mierda. Me abrí paso entre ellos apartando a Thomson de un empujón con el hombro.
Me giré hacia Molly, que estaba a un par de metros esperando para salir por la puerta de doble hoja.
—Oye, Molly —la llamé, acortando la distancia—. ¿Te apetece ir a tomar una cerveza antes de dar por acabado el día? Pareces la única persona en esta promoción con dos dedos de frente.
Molly enarcó una ceja, sorprendida por un segundo, y luego esbozó una media sonrisa.
—Por mí, encantada. Necesito ahogar el sonido de estos idiotas.
Me di la vuelta, dispuesto a guiarla hacia el pasillo principal que llevaba a la salida del complejo, y me quedé completamente paralizado.
El corazón me dio un vuelco tan violento que casi me deja sin aire.
Clover estaba de pie a menos de tres metros, pegada a la pared del pasillo.
Llevaba su chaqueta oscura sobre el uniforme y tenía las manos metidas en los bolsillos.
Su postura era rígida como el acero. No tenía que ser un genio para saber que había escuchado y visto parte de mi conversación con Molly.
Abrí la boca, con el nombre de ella en la punta de la lengua, pero la mirada que me lanzó me congeló la sangre en las venas. Sus ojos turquesas no eran solo bloques de hielo; eran cuchillas afiladas.
—Venía a buscarte —dijo. Su voz sonó plana, gélida y con un tono de indiferencia tan perfecto que dolía—. Iba a ofrecerte esa clase extra en la sala de control que me pediste esta mañana.
Los labios de Clover se apretaron en una línea fina. Sus ojos se desviaron de mi cara, pasaron por encima de mi hombro y se clavaron en Molly durante un segundo cargado de veneno, antes de volver a mí.
—Pero ya veo que tienes planes.
No me dio tiempo a reaccionar. No me dejó abrir la boca. Se dio media vuelta sobre sus botas y desapareció por el pasillo hacia el aparcamiento con un paso rápido y furioso.