Flare (Wildwater Falls 5) DIEZ
32%

DIEZ

Patrick

D os días después de la cena improvisada, estaba de pie en la zona norte del hangar principal, con los brazos cruzados sobre el pecho.

El instructor de vuelo, un veterano con la cara surcada de cicatrices, llevaba veinte minutos desgranando los protocolos de seguridad en tierra para aproximaciones con rotores en marcha.

El olor a queroseno impregnaba el aire frío de la mañana.

Yo asentía de vez en cuando, manteniendo la atención justa, cuando un destello azul marino captó mi visión periférica.

Clover caminaba por el pasillo exterior acristalado que conectaba los vestuarios con la sala de control. Llevaba el uniforme de comunicaciones: botas de caña alta, pantalones tácticos ajustados, camisa y chaqueta técnica.

Giró la cabeza hacia el hangar. Sus ojos turquesas barrieron la formación de cadetes y, por una fracción de segundo, se engancharon a los míos a través del cristal.

El mundo a mi alrededor pareció silenciarse.

Me tensé, esperando que apartara la vista, como llevaba haciendo desde que pisé Wildwater Falls.

Pero no lo hizo. Clover sostuvo mi mirada y, con un movimiento casi imperceptible, levantó la barbilla en un saludo seco.

El impacto me pilló tan desprevenido que tuve que tragar saliva. Una sonrisa lenta tiró de la comisura de mi boca. Le devolví el saludo con una inclinación de cabeza. Que Clover Donovan reconociera mi existencia en público sin ladrarme era un jodido triunfo.

Continuó su camino. Y yo me aseguré de que el instructor estuviera mirando hacia la pizarra antes de dejar que mis ojos la siguieran.

Me la comí con la mirada. Fue un escaneo rápido, trazando cómo la tela rígida de los pantalones se ajustaba a la curva de sus caderas y a la fuerza de sus muslos con cada paso que daba.

Apreté la mandíbula, obligándome a clavar la vista de nuevo en el instructor antes de que alguno de mis compañeros se diera cuenta de que estaba a punto de perder la cabeza por la jefa de comunicaciones.

Inspiré hondo, llenando mis pulmones de aire frío para calmar una incipiente erección.

No entendía por qué todo tenía que ser tan retorcido entre nosotros.

Si tan solo pudiéramos sentarnos frente a frente y tener una maldita conversación honesta, sin escudos ni ataques preventivos, quizá podríamos avanzar.

Hacia dónde, no lo sabía. Yo tenía muy claro hasta dónde quería llegar con ella, lo que quería hacerle cuando cerráramos la puerta de la habitación, pero a estas alturas, me conformaba con recuperar a mi mejor amiga.

Con que dejara de mirarme como si fuera una cucaracha me bastaba.

Dos horas más tarde, durante el descanso programado de la academia, caminé hacia la máquina expendedora del pasillo central. Saqué un vaso de cartón y subí las escaleras de metal hacia la sala de control.

La puerta estaba abierta. Clover estaba sentada frente a la consola de tres monitores, tecleando a toda velocidad con los auriculares de diadema descansando sobre su cuello.

Apoyé los nudillos en el marco de la puerta abierta, dando dos golpes secos.

Ella se giró en la silla de ruedas ergonómica. Me acerqué con paso tranquilo y dejé el vaso humeante sobre su escritorio, justo al lado de su teclado.

—Café con leche —dije, regalándole mi sonrisa habitual, cruzándome de brazos. Aún estaba por ver si me lo iba a tirar a la cara.

Clover miró el vaso. Sus dientes capturaron su labio inferior. Levantó la vista hacia mí, con una mezcla de sorpresa y esa cautela que nunca abandonaba del todo. Suspiré interiormente, tensando los músculos del abdomen por si decidía mandarme a la mierda.

Agarró el vaso. El cartón crujió bajo sus dedos.

—Gracias, O'Malley —murmuró, dándole un sorbo vacilante.

El alivio me destensó los hombros. Paso a paso.

Abrí la boca para decirle que si necesitaba ayuda con los informes de la tarde yo tenía una hora libre, pero el crujido agudo de la emisora principal me cortó la frase. La luz roja de la consola de Clover empezó a parpadear con violencia.

El instinto profesional de Clover tomó el mando en un segundo. Se colocó los auriculares sobre las orejas y pulsó el pedal de transmisión.

—Base Wildwater. Adelante, central.

— Tenemos un código 10-50 masivo en la Ruta Estatal 7, kilómetro ochenta y nueve, paso del cañón —informó la operadora del 911—.

Colisión frontal entre un autobús escolar vacío y un camión cisterna.

El conductor del camión está atrapado. El conductor del autobús presenta trauma torácico severo y signos de neumotórax a tensión.

Las ambulancias de tierra informan de un atasco en ambas direcciones, no pueden acceder al punto caliente.

Solicitan evacuación aeromédica inmediata.

Clover no parpadeó. Sus manos volaron sobre el teclado, abriendo los mapas de los radares y las cuadrículas de despliegue.

—Recibido, central. Asumo el control del espacio aéreo en el cuadrante siete.

Me aparté de su línea de visión directa, apoyando la espalda contra la pared, sin hacer ruido. No iba a perderme esto.

—¿Me puedo quedar? —pregunté en un susurro grave, señalando una esquina de la sala—. Solo para observar la coordinación.

Clover me miró de reojo y asintió una sola vez con firmeza antes de volver a la radio.

—Beta Dos, Charlie Tres, aquí Base —ordenó, con una voz tan afilada y clínica que cortaba el aire de la sala—. Activación inmediata. Código rojo en el paso del cañón. Despegue en tres minutos.

— Beta Dos copiado. Rotores en marcha —respondió la voz del piloto.

— Charlie Tres copiado. Equipo de excarcelación pesada a bordo.

Clover cambió de canal con un movimiento rápido de los dedos en el panel.

—Patrulla de Carreteras, aquí Base de Rescate.

Necesito que despejéis la interestatal desde el kilómetro ochenta y siete.

Creadme un perímetro de aterrizaje de cincuenta metros.

Vientos del noroeste a doce nudos. Charlie Tres tomará tierra en el carril sur para la extracción técnica.

Beta Dos quedará en vuelo estacionario a veinte metros para inserción de los médicos mediante cabrestante.

— Recibido, Base. Cortando tráfico y asegurando la zona de aterrizaje.

Observar a Clover coordinar el caos era un puto espectáculo.

Sus ojos turquesas escaneaban las pantallas térmicas mientras su cerebro calculaba vectores, velocidades de viento y tiempos de llegada con precisión.

Era el epicentro de la tormenta, manteniendo vivos a los heridos antes incluso de que nuestros equipos tocaran el suelo.

—Beta Dos, Charlie Tres, atención. El camión cisterna transporta gasóleo —advirtió Clover, cruzando datos en su segunda pantalla—. Riesgo de deflagración alto. Charlie Tres, quiero espuma química sobre el chasis antes de meter las cizallas.

— Charlie Tres recibido. Espuma lista.

Se giró hacia su izquierda, descolgando el teléfono rojo de línea directa con el hospital.

—Aquí Base de Rescate Aéreo. Póngame con la cirujana jefa de trauma.

—Hubo una pausa de dos segundos—. Doctora O’Malley.

Tenemos un código rojo entrante en aproximadamente veinte minutos.

Dos varones adultos. El primero requiere excarcelación compleja; el segundo viene con neumotórax a tensión y posible taponamiento cardíaco.

Necesito dos quirófanos despejados y el equipo de trauma avanzado en la azotea esperando al Beta Dos.

Colgó el teléfono y volvió a la emisora de los helicópteros, ajustando el volumen mientras el sonido de los rotores del Beta Dos llenaba el canal.

Me quedé allí, en silencio, observando la línea tensa de su espalda y la rapidez de sus movimientos.

La admiración se mezcló con el deseo, creando una combustión interna imposible de apagar.

Era la maldita jefa. Y yo nunca en toda mi vida había estado tan seguro de que esa mujer, con su mal genio, sus muros de hielo y su talento, era la única que quería a mi lado.

✽✽✽

El último de los helicópteros confirmó su aterrizaje en la azotea del Hospital Regional y la luz roja de emergencia en la consola principal dejó de parpadear.

El zumbido de la estática murió en los altavoces, dejando tras de sí un silencio denso en la sala de control.

Clover se arrancó los auriculares de diadema con un movimiento cansado, dejándolos caer sobre el teclado.

Apoyó los codos en la mesa, hundió la cara entre las manos y soltó una exhalación larga, temblorosa, dejando que toda la adrenalina de los últimos cuarenta minutos abandonara su cuerpo.

Me despegué de la pared, rompiendo mi inmovilidad.

—Ha sido impresionante —murmuré, con la voz un poco más ronca de lo normal.

Clover levantó la cabeza de golpe y giró la silla hacia mí.

Sus ojos turquesas se clavaron en los míos.

Vi cómo tomaba aire, cómo su mandíbula se tensaba y sus labios se entreabrían, preparando la artillería pesada para soltarme alguna réplica sarcástica que me pusiera en mi sitio.

Estaba tan acostumbrado que casi me preparé para el impacto.

Pero el dardo nunca llegó.

Clover cerró la boca. Parpadeó, tragó saliva y la tensión de sus hombros bajó un par de centímetros.

—Gracias, Patrick —dijo en voz baja, esquivando mi mirada hacia el vaso de café vacío.

El sonido de mi nombre sin el tono despectivo habitual me aceleró el pulso. Di dos pasos hacia su consola, deteniéndome justo en el borde de su espacio personal, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón táctico para no ceder al impulso de tocarla.

—Enséñame cómo lo haces —le pedí, señalando con la barbilla la compleja red de radares y pantallas térmicas—. Cómo funciona todo el engranaje aquí arriba. Los vectores, las frecuencias cruzadas con los de tierra.

Ella frunció el ceño, desconcertada, volviendo a mirarme a los ojos.

—¿No deberías estar abajo, en el hangar? —preguntó, señalando el reloj digital de la pared que marcaba mi retraso evidente—. Tu clase de prácticas empezó hace diez minutos.