NUEVE #3
Me puse a la defensiva al instante. El calor me subió al rostro.
—Solo estaba intentando ser educada, O'Malley —le espeté, cruzándome de brazos—. Intentaba mantener una maldita conversación civilizada contigo. Pero si te resulta tan incomprensible que alguien intente interesarse por tu trabajo sin segundas intenciones, es tu problema.
Patrick levantó ambas manos con las palmas abiertas, en un gesto de rendición. Una risa ronca y corta escapó de su pecho, vibrando en la mesa.
Me mordí el interior de la mejilla. Me había pasado. Él solo había hecho una observación y yo le había saltado a la yugular.
El silencio cayó sobre nosotros justo cuando Maggie apareció con las bandejas humeantes.
Nos sirvió el estofado de pollo y setas de la casa y unas gruesas rebanadas de pan rústico.
El olor de la comida de verdad hizo rugir mi estómago, recordándome que llevaba más de ocho horas sin meter nada sólido en el cuerpo.
Agarré el tenedor y empecé a comer con un hambre voraz.
Al cabo de un par de minutos, levanté la vista.
Patrick no había tocado su plato. Tenía un brazo apoyado en la mesa y la barbilla descansando sobre los nudillos.
Me estaba mirando. No era una mirada casual.
Sus ojos oscuros seguían el movimiento de mis labios, la forma en que masticaba, con un brillo de deseo tan crudo y evidente que me cortó la respiración.
Bajé la vista hacia el guiso. Mi corazón empezó a latir con golpes sordos contra mis costillas.
—¿Por qué lo haces? —pregunté en un susurro, incapaz de mirarlo a los ojos—. ¿Por qué me cuidas, Patrick? Siempre que te llamo, vienes. Sin hacer preguntas. Sin reproches. Simplemente... apareces.
Patrick bajó la mano y se enderezó en la silla. El ambiente a nuestro alrededor pareció encogerse hasta que solo quedamos él y yo.
—Siempre iré cuando me llames, Clover —dijo. Su voz era baja y mortalmente seria—. No me importa el porqué, ni el cuándo, ni el cómo. Si tú me llamas, yo iré.
Tragué aire, sintiendo que me asfixiaba bajo el peso de su lealtad.
—Te hice un juramento la tarde antes del accidente de autobús, sentados en el bordillo de tu casa —continuó, y la suavidad en sus ojos me desarmó por completo—. Te dije que siempre podrías contar conmigo. E iba en serio, muñeca.
Por un segundo infinito, dejé caer los escudos.
Me permití sentirlo. Dejé que la intensidad de sus palabras me calara hasta los huesos.
Me dejé envolver por su olor a frío, por el calor que irradiaba su cuerpo, por la seguridad aplastante de que Patrick O'Malley sería capaz de quemar el mundo entero para mantenerme a salvo.
Y entonces, los recuerdos se agolparon tras mis párpados. El porche de su casa. Te Odio. Portland. Y yo sola. Siempre sola.
Levanté la barbilla, con los ojos cristalizados por un hielo repentino, y lo apuñalé con lo único que podía decir en voz alta sin desvelar mi secreto.
—Esa promesa quedó invalidada el día que me gritaste que me odiabas. Como bien demostraste después.
Patrick se echó hacia atrás, impactando contra el respaldo de madera. Fue un movimiento brusco, como si le hubiera cruzado la cara de una bofetada física. El brillo de sus ojos se apagó de golpe, sustituido por un dolor oscuro.
—Tenía doce años, Clover —replicó en voz baja, con la mandíbula apretada—. Era un crío. Y también estaba jodidamente herido. Y ¿Qué quieres decir con después? ¿Qué hice que fue tan imperdonable?
—Déjalo, Patrick —lo corté, agarrando el tenedor con los dedos temblando—. Por favor. Deja el tema.
Él cerró los ojos un segundo. Asintió de forma casi imperceptible y me concedió la retirada.
El resto de la cena transcurrió en un silencio sepulcral.
Cuando Maggie trajo la cuenta, saqué mi cartera y dejé un billete sobre la mesa, insistiendo en pagar mi mitad.
Esperaba una discusión, el típico gesto de macho alfa intentando invitarme, pero Patrick simplemente asintió, puso su parte y se levantó sin decir palabra.
El trayecto de vuelta al apartamento fue una tumba. Ni sonrisas arrogantes ni miradas ardientes.
Apoyé la cabeza contra el cristal frío de la ventanilla del coche, observando el perfil de Patrick de reojo. Conducía con la vista clavada en el asfalto iluminado por los faros, con los hombros tensos y las manos apretadas en el volante.
Sentí un pinchazo de culpa en el pecho.
Quizá estaba siendo demasiado dura con él.
Había utilizado el dolor de cuando éramos unos niños para castigarlo por lo que sucedió en Portland.
Sabía, con una certeza absoluta, que no podía perdonarle lo que había pasado en la universidad.
Aquello me había destrozado de una forma que aún no terminaba de sanar.
Pero mientras observaba la forma en que apretaba la mandíbula, me di cuenta de que seguir destrozándonos el uno al otro en cada interacción nos iba a terminar matando a los dos. Estábamos en el mismo equipo, en la misma base, en la misma maldita familia.
Quizá... quizá sí era hora de aceptar esa tregua. Por el bien de mi propia cordura.