Flare (Wildwater Falls 5) NUEVE #2
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NUEVE #2

Patrick soltó un suspiro largo, giró el volante y se incorporó a la carretera secundaria, iluminando los pinos con los faros.

—Sé que estabas en una cita —dijo, sin apartar la vista del asfalto oscuro—. Me lo dijo Violet esta mañana antes de irme a la base.

La poca compostura que me quedaba se desmoronó. Me hundí un poco más en el asiento, con la vergüenza quemándome las mejillas bajo el maquillaje.

—Simplemente le dije al chico que no iba a funcionar —solté, cruzándome de brazos a la defensiva—. Le dejé claro que éramos incompatibles, su ego de cavernícola no lo soportó y se largó. Me dejó tirada antes de los platos principales. Eso es todo.

—Hijo de puta.

Giré la cabeza para mirarlo. Estaba mortalmente serio.

La luz verdosa del salpicadero delineaba el perfil tenso de su mandíbula y el ceño fruncido.

Sus manos apretaban el volante de cuero con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

No había ni rastro de su habitual sonrisa chula o de la actitud relajada que lo caracterizaba. Parecía furioso.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. No tenía ni idea de qué pasaba por esa cabeza suya, ni de por qué estaba reaccionando con tanta intensidad a algo que ni siquiera le incumbía.

—¿Qué estás pensando? —pregunté, con un hilo de voz inseguro.

Patrick parpadeó, aflojó ligeramente la tensión de sus manos y giró el rostro hacia mí durante un segundo. La oscuridad de sus ojos chocó con los míos.

—Estaba pensando en pedirte el nombre de ese capullo para ir a darle una buena paliza por dejarte tirada en mitad de ninguna parte —soltó con total seguridad —. Y después, darle las gracias por ser tan reverendamente imbécil como para pasar de ti.

Bufé, girando la cabeza hacia la ventanilla para que no viera cómo se me aceleraba la respiración.

No dije nada. Preferí guardarme el hecho de que no me importaba lo más mínimo que Brad se hubiera largado, porque lo que realmente me estaba haciendo temblar, lo que me tenía el pulso desbocado y la piel erizada bajo el vestido de lana, era tenerlo a él tan cerca.

—¿Has cenado algo? —preguntó Patrick al cabo de unos kilómetros, rompiendo mi monólogo interno.

—No —admití, tocándome el estómago con un gesto instintivo—. Solo me dio tiempo a picar un par de aperitivos y a beberme casi de trago una copa de un vino horrible.

Patrick asintió y, en el siguiente cruce, giró el volante con brusquedad, desviándose de la ruta que llevaba al centro de Wildwater Falls.

—¿A dónde vamos? —pregunté, incorporándome en el asiento.

—Al restaurante de los Pierce —respondió con naturalidad —. Necesitas comer comida de verdad.

Diez minutos después, el enorme edificio de troncos rústicos del restaurante asomó entre la nieve.

Patrick aparcó justo delante de la puerta principal, apagó el motor y me miró.

Yo me quedé paralizada, agarrando mi bolso.

Bajar del coche significaba sentarme a solas con él, compartir una mesa, exponerme a esa sonrisa y a esa tensión física casi irresistible.

Él captó mi duda al instante. Se desabrochó el cinturón, se giró hacia mí y apoyó un brazo en el volante.

—Tranquila, muñeca, no muerdo —me provocó, bajando el tono—. No seas gallina.

Mi genio prendió como la pólvora.

—No soy ninguna gallina, O'Malley —repliqué, abriendo la puerta del copiloto y bajando por mi propio pie antes de que pudiera decir una palabra más.

Él soltó una carcajada ronca que se perdió en el viento frío y me siguió hacia la entrada.

Nada más cruzar las puertas dobles, el calor de la chimenea de piedra nos recibió. Y junto con el calor, apareció Maggie Pierce. La madre de Logan era una mujer extravagante, ruidosa y con un corazón enorme, vestida con su característico delantal de colores y unos pendientes de aro gigantes.

—¡Por todos los santos! —exclamó Maggie, abriendo los brazos y acercándose a nosotros con efusividad—. ¡Mirad quiénes están aquí! Clover, Patrick. Qué alegría tan grande volver a veros juntos, chicos.

La frase flotó en el aire, inofensiva para ella, pero no para mí. La sonrisa se me congeló en la cara. Ese recuerdo de hace trece años golpeándome con fuerza.

«Te odio.»

El aire se me atascó en la garganta. El peso aplastante de la culpa me oprimió el pecho con tanta fuerza que casi doy un paso atrás.

Tragué saliva, parpadeé rápido y aparté el recuerdo de mi mente con un portazo violento, empujándolo al fondo de la caja fuerte donde guardaba todas mis pesadillas. Me obligué a sonreírle a Maggie.

—Hola, Maggie. Nos vendría bien algo de cenar —logré decir, manteniendo la voz firme.

—Claro, cariño, venid conmigo.

Seguí a Maggie por el comedor de madera rústica, sintiendo la presencia constante de Patrick justo detrás de mí. Nos acomodó en una de las mesas del fondo, algo apartada, y nos dejó la carta.

Ni siquiera la miramos. Ambos pedimos el plato casero del día, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo telepáticamente.

—¿Y para beber? —preguntó la camarera joven que se acercó a tomar nota.

—Una cerveza sin alcohol para mí, por favor —pidió Patrick, entregando la carta. Luego, clavó sus ojos oscuros en mí al otro lado de la mesa de madera—. ¿Y tú? ¿Vas a pedir la cerveza artesana?

Me quedé helada.

La sorpresa debió reflejarse en mi cara con una claridad absoluta. Habíamos compartido muy pocas comidas siendo adultos. Sin embargo, él recordaba perfectamente que odiaba el vino y que siempre, sin excepción, elegía la cerveza.

Lo miré fijamente durante un par de segundos que parecieron alargarse una eternidad, intentando descifrar cómo lograba meterse bajo mi piel con tanta facilidad.

—Cerveza —le dije a la camarera, sin apartar los ojos de Patrick—. Una artesana de tirador, por favor.

La chica asintió y se marchó.

Patrick cruzó los brazos sobre su pecho, se apoyó lentamente en el respaldo de su silla, estirando sus largas piernas bajo la mesa hasta rozar la punta de mis botas, y me dedicó una media sonrisa de una seguridad tan aplastante, tan malditamente sexy y depredadora.

Cada vez era más difícil resistirme a él.

Sentí un latigazo de pura necesidad, un impulso salvaje de alargar los brazos por encima de la mesa, clavar los dedos en el cuello de su camisa de franela, tirar de él hacia mí y devorarle la boca hasta borrarle esa maldita sonrisa de chulo a base de meterle la lengua hasta el fondo.

Mis manos temblaron sobre el mantel. Tragué saliva, aparté la vista hacia el servilletero y me obligué a volver a la realidad antes de cometer el mayor error de mi vida.

—Octavia tiene su primera competición de judo oficial dentro de una semana —solté de golpe, cambiando a un terreno neutral, seguro y libre de minas—. Violet y yo estamos preparando unas camisetas personalizadas para hacer el ridículo en las gradas. Supongo que querrás una.

Patrick parpadeó, sorprendido por el repentino cambio de tema. La sonrisa depredadora se suavizó, pero no desapareció del todo.

—Por supuesto que quiero una —respondió, ladeando la cabeza—. No pienso perderme cómo Octavia estampa contra el tatami a críos que le sacan dos cabezas.

Asentí, rígida, y opté por darle conversación, quizá así menguara la necesidad de comérmelo a besos.

Le pregunté por el horario de sus rotaciones en la base de rescate.

Luego por los instructores de la academia.

Por el nombre de sus compañeros. Por el tipo de simulacros técnicos que hacían los viernes.

Por los protocolos de mantenimiento del helicóptero.

Disparé una pregunta tras otra, utilizándolas como un escudo.

Patrick respondió a cada una de ellas. Con calma, apoyado en el respaldo, dándole pequeños sorbos a su cerveza sin alcohol. Pero tras responder a mi octava pregunta sobre los manuales de meteorología de vuelo, se quedó en silencio. Dejó el vaso sobre el posavasos y me miró fijamente.

—No es que me esté quejando, muñeca, teniendo en cuenta que esta es la conversación seguida más larga que hemos tenido desde que volví al pueblo —murmuró, arqueando una ceja—, pero ¿a qué viene este interrogatorio de tercer grado?