Flare (Wildwater Falls 5) NUEVE
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NUEVE

Clover

E l tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana del restaurante L'Auberge se me estaba clavando en el cerebro como un picahielos. Todo a mi alrededor era pretencioso, desde las lámparas de cristal del techo hasta el chico sentado frente a mí.

Apoyé el codo sobre el mantel de hilo blanco, trazando el borde de mi copa de vino con el dedo índice, intentando mantener una expresión vagamente interesada en el rostro.

Al otro lado de la mesa, Brad —alto, rubio, con el atractivo evidente de quien se pasa el día cortando madera en el aserradero local— llevaba hablando sin pausa desde que me recogió frente a mi apartamento.

—...así que el capataz me dijo que el puesto de supervisor será mío antes del verano —estaba diciendo Brad, devorando uno de los aperitivos de cortesía—.

Es un buen sueldo. El tipo de estabilidad que necesitas cuando tienes claro que lo más importante en esta vida es asentar la cabeza y formar una familia joven.

Asentí mecánicamente, dándole un sorbo al vino tinto.

Estaba tan seco y áspero que tuve que reprimir una mueca.

Daría la mitad de mi sueldo por estar sentada en un taburete mugriento sosteniendo una cerveza helada.

Pero nada más sentarnos el camarero había llegado para tomar nota de nuestras bebidas, no me dio tiempo a abrir la boca porque Brad ya había pedido sendas copas de vino con un nombre rimbombante. Así que me tocaba aguantarme.

La voz monocorde de Brad se desvaneció en el ruido de fondo del restaurante, sustituida por imágenes que llevaban días saboteando mi mente.

La textura de la toalla húmeda cayendo al suelo del pasillo.

Los ojos dilatados de Patrick devorándome.

La línea de sus clavículas brillando bajo la luz fluorescente de la cocina.

Lo malditamente competente que estaba enfundado en el mono rojo de vuelo, jugándose el cuello en una cornisa de hielo con una calma que me ponía los vellos de punta.

—...porque no es lo mismo ser padre a los veinte que a los treinta y tantos, ¿verdad, Clover?

Parpadeé, aterrizando de golpe en la realidad. Brad me estaba mirando fijamente desde el otro lado de la vela del centro de mesa, esperando mi respuesta.

—Eh... no, claro. Supongo que no —murmuré, recolocándome en la silla.

—¿Tú quieres tener hijos pronto? —disparó, con la naturalidad de quien pregunta por el tiempo.

Me atraganté ligeramente con el aire. Era nuestra primera cita. Apenas conocía su segundo nombre y el tipo ya estaba planificando mi calendario de ovulación.

—Yo... bueno, supongo que sí. En un futuro —respondí, esquivando su mirada.

Brad sonrió, satisfecho, apoyando los codos en la mesa.

—Yo quiero al menos cuatro. Una casa llena de ruido. Además, con mi sueldo de supervisor no haría falta que trabajaras. Podrías dejar esa fase tuya en la base de helicópteros. Contestar emisoras de radio está bien para pasar el rato, pero criar a cuatro críos es un trabajo a tiempo completo.

¿Qué?

El poco apetito que me quedaba se evaporó, sustituido por una claustrofobia asfixiante.

Ahí estaba otra vez. Mi radar infalible para el desastre.

Conocía a un chico agradable en apariencia, y en menos de dos horas de conversación se transformaba en un idiota con ínfulas de patriarca del siglo pasado, dispuesto a convertirme en una esposa obediente y una incubadora.

Ignoraba, a propósito o por pura estupidez, que mi trabajo no consistía en "contestar emisoras".

Era la jefa de Comunicaciones de una base táctica, y estaba certificada como técnica sanitaria de vuelo.

Podía salir a colgarme de un cabrestante en un rescate de alto riesgo en cualquier maldito momento si así se me requería.

Suspiré, cruzando las piernas bajo la mesa.

Ajusté el bajo de mi vestido de lana de invierno, sintiendo la tela negra ciñéndose como un guante a mis muslos.

Me había puesto mis botas de tacón alto de ante y había invertido cuarenta minutos frente al espejo maquillándome, oscureciendo mis ojos y perfilando mis labios.

Un esfuerzo titánico que Brad estaba malinterpretando como interés, pero que en realidad...

Cerré los ojos un segundo, tragándome la humillación de admitirlo.

Me había arreglado así esperando que, al salir del apartamento, Patrick estuviera en el salón.

Quería que me viera. Quería que se le secara la boca al ver cómo me iba por la puerta con otro.

Pero el apartamento había estado vacío. Patrick había pasado olímpicamente de mí, marchándose a The Switchback con sus compañeros para repetir su ritual de los sábados por la noche. Solo que hoy era martes.

—Brad —lo interrumpí, apoyando las manos sobre la mesa y cortando su monólogo sobre la importancia de comprar un monovolumen—. Esto no va a funcionar.

Brad detuvo su tenedor a medio camino. Frunció el ceño, desconcertado.

—¿El qué? ¿El filete que escogí par ambos?

—Nosotros. —Fui directa, sin anestesia—. Somos completamente incompatibles. Buscamos cosas muy distintas y creo que lo mejor es dejarlo aquí.

El desconcierto en su rostro se transformó en un instante en orgullo herido. Su mandíbula se tensó y el tono amable de su voz desapareció por completo.

—Claro. Entiendo —escupió Brad, tirando la servilleta de tela sobre el mantel—. Eres una Donovan. Te crees demasiado buena para un simple trabajador del aserradero, ¿verdad? Estás buscando a alguien que te baile el agua. Pues buena suerte, princesa.

Se puso en pie, sacó un billete de veinte dólares de la cartera, lo tiró sobre la mesa y se marchó a grandes zancadas del restaurante, sin mirar atrás.

Pues vale.

Me quedé mirando el billete arrugado junto a mi copa. Solté un suspiro largo y agotado, agarré el tallo de cristal y me bebí el vino amargo de un solo trago, dejando que el alcohol me quemara la garganta. Asqueroso.

Pagué mi parte de la cuenta y salí del restaurante. El viento helado de la montaña me abofeteó la cara. L'Auberge estaba a veinte kilómetros del centro de Wildwater Falls, en una carretera secundaria rodeada de pinos. Estaba bajo cero, no llevaba abrigo pesado y no tenía coche.

Saqué el teléfono del bolso, tiritando, y marqué el número de Violet.

—El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.

Maldije por lo bajo. Últimamente no tenía ni idea de dónde se metía.

Mi pulgar se detuvo sobre el contacto de Caleb, y luego sobre el de Cormac.

Negué con la cabeza al instante. Si llamaba a mis hermanos, tendría que soportar el interrogatorio sobre mi desastrosa cita, y no estaba de humor para sermones paternalistas.

El frío empezó a calarme los huesos a través de la lana del vestido y el fino abrigo de felpa. Mis dedos estaban rígidos cuando deslicé la pantalla hasta encontrar el único nombre que me quedaba.

Patrick.

El corazón me dio un vuelco nervioso. Estaría en mitad del bar, rodeado de ruido, música y chicas. Seguramente ni siquiera lo escucharía. Me llevé el teléfono a la oreja encogiéndome de hombros para combatir el viento.

Un tono. Dos tonos.

—¿Clover? —Su voz al otro lado de la línea sonó alerta, firme y sin rastro de música de fondo.

Tragué saliva, sintiéndome de repente muy pequeña y miserable.

—Hola —murmuré. Mi voz salió temblorosa por el frío—. Yo... me he quedado tirada. ¿Puedes venir a buscarme?

El silencio en la línea fue sepulcral.

—¿Estás bien? —La pregunta fue seca y despojada de cualquier burla. Solo parecía... preocupado.

—Sí. Sí, estoy bien, te lo juro. Solo... necesito que alguien me lleve a casa.

No le dije que mi cita me había abandonado en mitad de la cena. El ego no me daba para tanto.

—Dame la ubicación.

—Estoy en L'Auberge , en la ruta 42.

Escuché una exhalación pesada y un insulto ahogado al otro lado.

—Joder, eso está en la otra punta del condado —maldijo Patrick, y escuché el sonido metálico de unas llaves tintineando y la puerta de un coche abriéndose—. Llego en veinte minutos. Métete dentro, no esperes en la calle. Te mandaré un mensaje cuando esté aparcando.

—Vale. Gracias.

Colgó sin despedirse.

Bajé el teléfono, mirando la pantalla oscura mientras el viento me helaba las piernas.

Me abracé a mí misma y caminé de vuelta hacia el vestíbulo del restaurante, con la mente hecha un lío absoluto.

Lo odiaba. Me esforzaba cada día por recordarme a mí misma por qué debía mantenerlo lejos.

Y, sin embargo, era incapaz de comprender por qué Patrick O'Malley, el chico que me había dado la espalda tantas veces, era la única persona en el mundo dispuesta a tirar abajo cualquier muro para ir a rescatarme en cuanto yo lo llamaba.

✽✽✽

Exactamente dieciséis minutos después de colgar, la pantalla de mi teléfono se iluminó con un mensaje corto.

Imbécil O’Malley: Estoy fuera.

Igual tenía que cambiar el identificador de llamadas.

Empujé la pesada puerta de cristal del restaurante y el viento helado de la montaña volvió a golpearme, pero esta vez no me importó. El todoterreno oscuro de Patrick estaba aparcado con el motor en marcha frente a la entrada. Abrí la puerta del copiloto y me metí en el habitáculo.

El contraste térmico fue instantáneo, pero lo que realmente me envolvió fue el olor. Cuero, aire frío y ese aroma que siempre lo acompañaba.

Cerré la puerta. El sonido del motor ronroneando llenó un silencio que, segundo a segundo, empezó a volverse insoportable.

Yo estaba sentada rígidamente en el asiento de cuero, muy consciente de mi vestido ajustado, de las botas de tacón y del maquillaje oscuro en mis ojos.

Me sentía expuesta. Ridículamente arreglada para acabar la noche en el asiento del copiloto del hombre al que se suponía que debía mantener lejos.

—Gracias por venir —murmuré, rompiendo el hielo, manteniendo la vista fija en la guantera.

Él encogió un hombro, con la mano derecha descansando casualmente sobre la palanca de cambios, y me miró de reojo.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí. Perfectamente.